Randonautica | Final

Randonautica | Final

Transcurridas algunas semanas de la visita al altillo, los amigos habían quedado no usar más la app maldita… ¿podrán resistirlo? Final de este atrapante relato de terror.

Sr. Zantata

Haceme caso, lleva el ojo adonde pertenece y por nada del mundo veas la app.

Habían transcurrido tres semanas desde la visita a la casa del Altillo y la vida de los participantes de la macabra aventura había dado un vuelco rotundo de ciento ochenta grados. Para empezar, ya no se reunían todas las noches como era habitual; Alán se encontraba sumido en un pánico atroz y constante, desde que se levantaba hasta que se iba a dormir, se cubría con las sabanas, aunque la temperatura en su habitación subiese a más de treinta y tres grados Celsius durante la jornada. Su situación era la más complicada de los tres, tenía los aparatos electrónicos desconectados y no apagaba las luces por nada del mundo. Sus padres se preocuparon tanto por la situación que terminó yendo a un psiquiatra.

Raúl, por otra parte, aunque vivía con miedo, intentaba volver a su vida normal. Más allá de que no se juntaba con ninguno de sus amigos solía salir en día, y por las noches, cuando estaba solo, subía al techo de su casa, se sentaba junto al tanque de agua, y mientras observaba el firmamento, anonadado por la poca cantidad de estrellas que alcanzaba a ver por la iluminación de mercurio del barrio, se preguntaba que habían visto realmente, si “eso” existía, y si “eso” estaba enojado. En más de una ocasión se quedó dormido sobre la membrana y terribles pesadillas lo invadían.

Se veía a si mismo en la bañadera, maniatado y amordazo sin posibilidad clara de escape. Entonces, elevaba la vista y veía a una mujer hermosa, de ojos claros, pero con una apariencia descuidada y harapienta. Ella elevaba un bisturí y entre lágrimas le pedía perdón. El brazo bajaba con la velocidad y precisión de un samurái y se deslizaba velozmente con un roce mínimo, firme y continuo. El muchacho sentía como una línea carmesí se dibujaba debajo de su mentón y un ardor indescriptiblemente doloroso su apoderaba de todo su pensamiento. Veía como unas gotas rojas se impregnaban en el todo el rostro de la hermosa mujer. Siempre era en este punto donde despertaba, tomándose el cuello y mirándose las manos para ver si estaban manchadas con sangre.

En ese momento veía en dirección a la casa del Altillo, donde la oscuridad plutónica gobernaba sobre el paisaje de la tierra baldía y podía vislumbrar un tono grana donde seguramente apuntaba la casa. En ese momento su celular sonó y al responder se le heló la sangre al oír lo que su amigo Alán, al que nunca más volvería a ver, le contaba lo que estaba pasando.

Germán vivía sus días como si nada hubiese pasado, siguió saliendo, pero con otro grupo de amigos. Por las noches se ponía a oír música y miraba durante horas al ojo de vidrio. Cuando algún pensamiento de la casa rondaba por su mente, lo desviaba habilidosamente. A veces sentía miedo, no obstante, siempre supo como suprimirlo, al punto en el que el recuerdo de la casa desaparecía.

Sin embargo, un día todo cambio. Germán se encontraba caminado por la calle, sin nada que hacer, había salido de su hogar porque desde la mañana sentía que había algo que le oprimía el pecho, una especie de vacío interior le robaba el aliento y lo debilitaba. Al doblar en la calle Echegaray se dio cuenta que sin darse cuenta estaba caminado en dirección a casa de Alán. No se sorprendió al ver a Raúl sentado en el gabinete de gas de la casa de su amigo.

―Te he estado llamando ―dijo Raúl en tono de reproche.

―No tenemos nada de que hablar ―respondió Germán fastidioso.

―No te has juntado más con nosotros, pero tenemos un problema en común. Tenemos que volver a la casa y devolver lo que nos llevamos. ―Germán comenzó a sonreír.

―Ni en pedo lo devuelvo, es mi premio por meterme en esa casa de mierda y llevarme algo

―Pero…

―Pero me chupa un huevo, Raúl, no soy cagón como ustedes.

―Por lo menos escúchame, Alán se fue a vivir a San Luis con sus viejos, no les contó lo que pasó, pero el psicólogo le recomendó que fuera.

―Se fue por el miedo, pero que imbécil. ―Al concluir su dialogo soltó una cargada forzada, en la que, evidentemente, fingía.

―En serio, tenemos que hablar…

Germán lo ignoró completamente, y se marchó sin darle ni la mínima importancia a la advertencia de quien era su amigo.

Pasó alrededor de un mes desde la partida de Alán, y la opresión en el pecho de Germán era cada vez más grande, como si una roca gigante estuviese sobre su estómago y no pudiese respirar. Las llamadas de Raúl eran constantes, al principio eran cinco o seis por día, pero comenzaron a disminuir paulatinamente. Los meses siguieron pasando y la opresión era cada vez mayor; Germán ya no salía de la casa, prefería quedarse, solo iba de la escuela a la cama.

Hasta que un atardecer, cuando estaba solo en casa, el teléfono sonó. Al ver que era Raúl decidió responderle en vez de denegar la llamada como siempre:

―Hola.

―Por fin me atiendes…

―¿Cómo estás?

―Bien (Raúl se sorprendió ante la pregunta), gracias por preguntar. ¿Vos cómo estás?

―Bien.

―Te he estado llamando desde hace mucho para hablar con vos… por lo de la casa.

―Si estás en tu casa voy y hablamos personalmente.

―No vivo más en el barrio. Me fui a Chile a vivir con mi hermano. ―Germán enarcó las cejas sorprendido.

―¿Cuánto hace?

―Como seis meses.

―¿Te fuiste por lo de casa?

―Sí, pero déjame hablar así te cuento lo que me dijo Alán me cuándo me llamó por teléfono la noche antes de que se fuera. Tanto él como yo teníamos pesadillas muy feas, con la mujer que vivía en la casa. ―Germán trago saliva, él también tenía pesadillas horribles, pero nunca las aceptó y las olvidaba al poco tiempo de despertar.

>>Alán esta mejor ahora, hablamos permanente y cada día nos olvidamos más de lo que pasó en la casa. Lo que te quiero decir que mientras más te alejas de la casa mejor te sentís. Alán tenía miedo porque se metía todo el tiempo en la aplicación y… ―La llamada se cortó. Entonces con un mensaje de texto.

“Anda a la casa en el día, cuando el sol este más alto y devolvé lo que llevaste y no uses la aplicación por nada de mundo. Le pedí a uno de los chicos que la usara y la ubicación ya no da en la casa del Altillo. Haceme caso, lleva el ojo adonde pertenece y por nada del mundo veas la app.”

German observó el mensaje, lo releyó seis veces como mínimo y se tiró en la cama sosteniendo el ojo de vidrio. Abrió la app, por morbo, por curiosidad o por simple estupidez. Colocó todos los parámetros y vio que la ubicación, efectivamente había cambiado, ahora el punto azul del mapa se encontraba específicamente sobre su casa. Un frio espeluznante trepó por su espalda y se le secó la garganta. Se levantó de la cama, se puso de espaldas a la puerta y se agachó, colocando la mirada entre sus piernas; y, para su terror, vio que una mujer hermosa, con un camisón blanco, empapada en sangre seca; se aproximaba lentamente a él.

FIN

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