Randonautica | Segunda Parte

Randonautica | Segunda Parte

Los chicos deciden usar la famosa app y les ha dado el dato de una abandonada casa siniestra que ellos conocen.... ahora es momento de entrar.

Redacción MDZ Online

LEER CAPÍTULO 1

“La oscuridad estaba surcada por la blancura de la noche. El resplandor. Stephen King”

***

―Dale, entremos, Germán, no seas cagón ―desafió Alán sin saber en el terrible predicamento que se estaba metiendo.

***

Saliendo de la finca, cruzaron un pequeño descampado, donde la temperatura se sentía increíblemente baja. Los tres jóvenes lo percibieron, no obstante, nadie lo comentó. Era como si supiesen que, si lo mencionaban, algo malo ocurriría esa noche.

Por fin llegaron a la calle del Altillo, ya habían estado en ese lugar cientos de veces cada vez que deseaban refrescarse en el rio que estaba cerca, solo que, esta vez, en vez de seguir de largo, doblaron hacia el sur; donde la calle se volvía escarpada y más angosta.

La oscuridad de la noche, sumado a la gran cantidad de piedras, hacia más dificultoso el tránsito en la calle.

―Tendríamos que haber seguido caminando por la viña ―murmuró Alán arrepentido.

―No podíamos, guacho ―respondió Raúl―. Acordarte que el contratista vive por ahí, si nos veía nos iba a cagar de un tiro.

Alán quería seguir hablando, pero había algo extraño en el ambiente que cada vez se volvía más visible, más real, era como si, al acercarse a la casa del Altillo, se aproximaran a un agujero negro. La percepción del tiempo se volvía lenta y engorrosa, la luna en cuarto creciente apenas alumbraba el camino y el ultimo kilometro a la casa se volvió una tortura psicológica para cada uno de los muchachos.

Al fin dieron con la vivienda, se pararon frente a la misma y pudieron notar como las chapas de zinc, que servían de cierre, se encontraban corroídas por los años de inclemencias climáticas, éstas, le daban un toque más espeluznante a la residencia. Las ventanas, estaban completamente torcidas y salidas de los marcos; las chaspas de los techos estaban levantadas y colocadas en posiciones imposibles de comprender para la mente, ya que, debido a los vientos y tormentas, ya deberían estar en el suelo desde hacía tiempo, sin embargo, por alguna extraña razón, aún estaban en lugar; las tablas que conformaban la parte frontal estaban corroídas y encorvadas.

La casa sugería un rostro, no un humano, sino más bien un rostro moustroso y apabullante. Los muchachos no podían identificar el nuevo tipo de sensación que estaban experimentando. Se trataba de miedo, pero no un miedo común, como cuando vez una película de terror, cuando sueñas que te caes, o cuando te asustas por salvarte por poco de un accidente o de un golpe fuerte; no, se trataba de un miedo irracional, inexplicable, un miedo que los hacía sentir minúsculos e indefensos, como si no pudiesen escapar de allí por más que lo deseasen.

En ese preciso momento, el corazón de los tres jóvenes casi se detuvo cuando una notificación de ubicación sonó en el celular de Raúl. El muchacho sacó el móvil de su bolsillo y se sorprendió al sentir tanto frio en pleno enero. Incluso sus manos parecían rajarse por la baja temperatura que percibía. Sus dedos temblaban ante el nerviosismo e hizo un esfuerzo sobre humano antes de comenzar a hablar para que su voz no se notara débil y asustadiza. Entonces, leyó el mensaje en voz alta:

―Llegaste a la ubicación. Por favor, reconsidera antes de seguir. La empresa Randonautica no se hace responsable si decides seguir de este punto. ―Al concluir, miró fijamente la cara de sus amigos y, a pesar de la oscuridad, alcanzó a ver las expresiones en sus rostros―. ¿Quieren seguir? ―preguntó.

―Y, ya estamos acá ―susurró Germán el borde del ataque de pánico

―Dale, entremos, Germán, no seas cagón ―retó Alán sin saber en el terrible predicamento que se estaba metiendo. Sabía que, si ganaba la apuesta en ese momento, por fin lograría tener algo de respeto, pero la respuesta de su amigo no fue la que esperaba. Germán corrió una chapa con cuidado para no lacerarse los dedos y entró.

Los otros dos chicos los siguieron lentamente, como si se sintieran atraído o como si supieran que al estar juntos hubiese más posibilidades de sobrevivir. Raúl se demoró un poco más, porque llevó la chapa consigo hasta la parte trasera de casa.

―¿Por qué hiciste eso? ―cuestionó Germán un poco fastidioso.

―En las películas de terror, cuando hay que salir corriendo, siempre se cierra la entrada. Alán sintió algo de alivio, Germán se veía aún más furioso.

―¡Terminemos con esta mierda! ―dijo exaltado. Y de una patada rompió el marco de la puerta y accedieron al interior de la vivienda.

―¿No era que te ibas a quedar afuera? ―preguntó Germán.

―Ni en pedo ―expresó, mientras encendía la linterna de su celular―. No quiero quedarme solo acá afuera.

―Bueno ―intervino Alán―, saca algo, mira por debajo de los pies, y vámonos.

―No, no, hermano. Me parece que estás equivocado. Ya estamos acá, exploremos un poco la casa. Quiero ver que hay acá adentro. ―Entonces, encendió su linterna y comenzó a caminar adentro de la vivienda.

El suelo de parqué debajo de sus pies rechinaba simulando el aterrador sonido de un gemido ahogado. Durante un segundo, por la mente de Alán, se atravesó la imagen de Eliana ahogando al niño que mató y cuya sangre usó posteriormente para darse un baño. German siguió avanzando, esquivando los muebles corroídos por la humedad y el añejamiento. Los otros dos lo seguían de atrás, muy de cerca, tanto que parecía que estaban a punto de tocarse.

Entraron en la cocina, que estaba en la parte trasera de la casa, y el horror de esos días se hizo presente aún con más claridad, ya que, la sangre seca manchaba los azulejos de la cocina y las maderas del suelo. La mancha era grande, deforme y muy oscura. El hedor en esa parte de la casa era terrible. Fue cuando, Germán tuvo la brillante idea de abrir los cajones de la mesada, allí encontró libros de medicina, algo de material quirúrgico y un frasco que parecía contener algo.

―¿Esto es lo que creo que es?

―Si ―indicó Raúl―, pero sin de vidrio. Es cierto lo que dicen en el documental entonces. La gente está acá un rato y no lo soporta. Incluso la policía dejó evidencia.

―Sabían que nadie iba a venir acá nunca más.

―No entiendo por qué no demuelen la casa y listo ―cuestionó German.

―Lo intentaron, dos veces para ser exactos ―murmuró Raúl―. La primera vez falleció el maquinista y la segunda, aunque parezca increíble, no pudieron encontrar la casa. El intendente decidió dejarla.

―¿No la encontraron? ―inquirió German con un tono tan escéptico que casi parecía una burla―. Deberíamos prenderla fuego. ―En ese mismo instante, una ráfaga de viento ingreso velozmente en la vivienda, golpeó en los muebles del living y terminó impactando en la pared que daba a la escalera.

―Allá arriba ―dijo Alán, sumido en sus pensamientos―. Allá arriba, era donde metamorfoseó a su familia.

―Vamos ―dijo German alegre.

―No, yo me voy ahora.

―Yo también ―secundó Alán.

―Al final, ustedes eran los cagones. ―German se agacho de forma tal que miró por debajo de su trasero. Cabe aclarar que existe un mito mexicano que dice que, si miras através de un espejo hacia atrás, o, como German, miras por debajo de tu cola, veras a un demonio. No fue exactamente lo que vio, ni lo que percibieron sus amigos. Entre las sensaciones que pudieron vislumbrar hallaron: tristeza, frustración, odio; pero, por sobretodo, sintieron ira.

German, que era el único testigo de la portadora de esas emociones, se quedó atónito y se fue hacia adelante, perdiendo el equilibrio. Su rostro se impregnó con los años de polvo acumulado del suelo, y, sin soltar el frasco de su mano entabló la huida. Solo unos segundos después, Alán y Raúl salieron detrás de él, pues, aunque no vieron a la preciosa figura cadavérica, vestida de novia, empapada en sangre, con sus dedos lastimados por escarba en la tierra, y con una sonrisa cuya expresión era delirante, no cabía duda que se trataba de la sonrisa de una persona perdida en un mundo delirante.

Al salir de la casa, podían sentir que eso los atraía, los engullía devuelta al interior. No obstante, lograron seguir corriendo, viendo como el alba comenzaba a aclarar.

Cuando por fin llegaron al barrio, los jóvenes se encontraron a sí mismos temblando, llenos de miedo y confusión. Alan, que estaba llorando, se fue a su casa caminado rápidamente y sin dejar de mirar atrás.

―¿Estás bien? ―inquirió Raúl.

―Si.

―¿Qué viste? Yo no lo vi, pero lo sentí.

―Nnn… nada ―respondió German tartamudeando―. Nada. ―Vio tenía en su posesión el frasco con el ojo de vidrio. Sostuvo una sonrisa triunfante y se marchó a su hogar.

Continuará…

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