Pilar

Pilar

La cuarentena nos permite experimentar situaciones increíbles... y Marcos Valencia nos lo deja en un increíble cuento.

Marcos Valencia

Se llama algo así como Bilai, o Bilash, o Bilas, no sé, pero todos los que vamos al chino le decimos Pilar. Es linda. Rara, pero linda. Una belleza singular, más aún en una mujer que no le interesa mostrarse linda.  Antes de la cuarentena podíamos hablar y nos reíamos. Siempre me reta por algo, o porque no tengo 5 pesos, o porque no traje bolsa, o porque compro algo que le llama la atención, y discutimos un poco y nos reímos. Bah, mentira, yo me río, pero intuyo que ella se ríe aunque de otra manera. Lo intuyo porque le divierte cuando llego a la caja. Bueno, intuyo que le divierte. Tampoco me importa tanto.

Una vez me reclamó algo que no lograba entender, algo que terminó involucrando a dos personas de la fila con los que íbamos adivinando lo que me exigía. No es fácil, pero poco a poco se fue formando una relación simpática que hizo que ir al chino sea más entretenido. Cuando me aiende la mujer mayor, que también es simpática, no es lo mismo, porque no se ríe. Intuyo que no se ríe, pero es agradable. Tiene una extraña composición corporal porque siempre viendo su cara de mala y de mujer mayor interpreté que andaba por los cincuenta y casi sesenta, hasta que un día pasó caminando y me impactó con un jean que le denunciaba un cuerpo destacable. Pero siempre está detrás de la caja y lo único que ofrece es su cara de mala.

En cambio Pilar, con sus anteojos redondos y grandotes, su cara de niña y su eterna inexpresión de alguna manera atrae. Cuando llegó la cuarentena y empezaron los barbijos desarrollamos un lenguaje de señas y balbuceos. “Bsumbsumis silmblusisiu”, y yo le sonrío. Funciona a la perfección porque continuamos alegrándonos cada vez que me toca pasar por la caja.

—Bsumsubusiumius bisumus
—Sí, es tremendo el frío que hace.
—Misusumusuimus
—No, ahora me voy a casa y me instalo con Netflix.
Y todo así.

Tuvimos un problema tiempo atrás por el tema de los 5 pesos. Siempre me terminaba llevando chicles, pastillas, caramelos, hasta que un día le dije “no, no quiero caramelos”, y me miró como si me hubiese materializado de pronto frente a ella. Detrás de sus anteojos redondos insistió en que seguro tenía ganas de unas monedas de chocolate, o un Marroc, pero le dije que no, y me volvió a mirar con la misma sorpresa. Pero de pronto recordé que me había olvidado de comprar algo más, y cuando volví a la caja el número era redondo, ella se rió, esta vez notoriamente, y me fui. No lo volví a hacer, me dio pena verla mal, así que reincidí en pastillas y caramelos y continuamos con una relación que se iba solidificando.

Una vez la crucé en la calle con un chiquito.
—¿Es tu hijo? —le pregunté
Pero me habló a la distancia no sé qué cosas y lo dejé ahí. Temí que fuera uno de esos días en que no se le entiende mucho. Hay días en que no se le entiende mucho y todo es más difícil. Son los días en que no nos hacemos chistes ni perdemos el tiempo. Pasa los productos por el visor, me dice el monto mirando la fila y yo pago. Y mientras junto las cosas ella ya está atendiendo a otro. No me importa, no puede lastimarme con eso. Sé que un día de largas filas de tedio me va a ver en la fila y va a acomodarse, y a mover la cabeza, gesto inequívoco de que se alegra de verme.

Un día hacía frío y se lo dije, y me comentó que de donde venía ella esto no era mucho frío. Le pregunté de dónde era, y me dijo que de Hong Kong. Le pregunté si extrañaba, y me dijo que sí. “¿Vas a volver?” le pregunté con alguna melancolía, pero me dijo que no, que se va a quedar acá.

La cuarentena la expuso un poco, porque yo no me banqué mucho ese tema de los turnos para entrar y que te tomen la fiebre, y todo eso, y cuando entré no la saludé. Así que cuando llegué, a pesar de su barbijo, hizo un esfuerzo por contarme el oprobio que era ahora tener que usar barbijo, y el vidrio separador de las cajas de cobro, y esto y lo otro… Habló más de lo que le habló a su madre en toda su vida. Que debe haber sido poco, pienso.

Así que hoy cuando llegué, entré y casi sin mirar le dije “Hola, Pilar”, y con sorpresa encontré que en la caja estaba la mujer buena de cara de mala. Otee entre la gente y la vi en la otra caja. Me llamó la atención, pero seguí, estaba muy contento, y fui derecho a buscar una botella de caña de durazno, que en la crisis que estoy viviendo es más decente que robarle tragos a la salsa de soja. Cuando me tocó el turno en la caja, ahora sí estaba ella, con sus anteojos redondos, su campera rosa con sobre mangas de florcitas, con su pelo atado, su cola larga y su barbijo.
—¿Bsumiumsumsuni?
—Sí —le dije, y le sonreí.
Ella bajó la mirada y un poco sonrió. Lo sé porque sus pómulos le apretaron los ojos. Miré la pantalla, 135 pesos. Saque quinientos mientras seguía buscando en la billetera, ella me miraba, nunca estiró la mano. Y saqué cien y dos de veinte y le pagué. Ella me miraba. Los anteojos redondos le quedan muy bien. Abrió la caja, me volvió a mirar.
—¿Cinco peso?
Eso se le entiende perfecto.
—No, Pilar, no tengo.
—¿Seguro? ¿No tiene cinco peso?
—Y, no… —dije, y me puse a mirar entre los caramelos.
La sorpresa fue que cuando ya había elegido, ella, en silencio, me había estirado la mano ofreciéndome algo. Me acerco un poco, y eran monedas. Me estaba dando cinco pesos.
—¿Son… son cinco pesos? —le pregunto.
—Shhh —me hace con un gesto bajando la cabeza— Cinco peso.
Miré para atrás, y la china buena con cara de mala revolvía unos papelitos. La miré a ella que al tiempo que me miraba a mí miraba al de atrás de la fila por si la veía ofrecerme las monedas.
—¡Muchas gracias, Pilar!
Pero ella achicó sus ojos con los pómulos, bajó la mirada, aún con su mano en alto con las monedas, y comprendí que la estaba exponiendo. Tomé prontamente los cinco pesos y otra vez más la miré, para decirle con los ojos que estaba muy agradecido, que sabía lo que estaba haciendo, y que le quedaban muy bien los anteojos redondos, pero ella retiró su mano se tiró para atrás en la silla un muy breve momento, y recomponiéndose comenzó a pasar los productos de otro cliente.

Afuera una llovizna helada me acuchilló la cara hasta que llegué a la camioneta. Desde el parabrisas empapado intenté mirarla por entre las rejas de la entrada, pero era imposible. Así que arranqué y me fui.

La cuarentena tiene estas cosas.

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