El médico que se hizo "famoso" por esta historia papelonera

El médico que se hizo "famoso" por esta historia papelonera

El Dr. Bomur nos deja una conocida historia que circula por los pasillos de famoso hospital mendocino.

Redacción MDZ Online

Esta historia podría ser como una especie de “leyenda urbana”, de esas que se van contando de boca en boca y arrancan como una polenta para terminar convirtiéndose en una parrillada, de esas que empiezan como un Fitito y terminan siendo una Ferrari… descapotable y con putas despampanantes dentro. Y si a eso le sumamos mi capacidad como “exagerador” de anécdotas, el resultado sería una bomba tragicómica, imposible de imaginar. Pero no es el caso.

El caso es que es real, y su actor principal es un conocido doctor de famoso hospital mendocino. Por cuestiones de pedido expreso de él, no daremos ni nombres ni detalles. Lamentablemente es algo que todos en ese nosocomio conocen, así que seguramente su historia volverá a rebalsar de risas los pasillos.

Por otro lado, por una cuestión literaria, la voy a contar tal cual se la escuché, contada en primera persona, como si me hubiese ocurrido a mí, porque además de ser más graciosa, quienes me han leído un poco, saben cuál es uno de mis principales problemas en la vida… cagarme encima, así que voy a usar mi capacidad empática y contarla así. Arrancamos con la historia:

Apenas me subí al bondi me agarró un pequeño malestar en la panza. Dudé en bajarme y volverme a mi casa para ir al baño, pero ya iba jugado con los tiempos y fue solo una sensación, así que la deje pasar. Media hora más tarde, cuando estaba llegando al hospital el malestar se había transformado en unos retorcijones tremendos. Al caminar hacia mi trabajo pareciese que la cuestión se fue gestando y formando, para convertirse en un tremendo monstruo que pujaba por salir.

Como mucha gente en la vida, me da un poco de vergüenza ir a baños ajenos, así que supuse que podía aguantarme tranquilamente mis ganas toda la jornada. En cuanto pisé el hospital me di cuenta de que me conozco poco, así que con urgencia partí derecho para los baños. Lo que me encontré no fue agradable… los baños estaban siendo refaccionados, no había un puto inodoro en pie. Camine por unos pasillos hacia la zona nueva del hospital, para observar que aún los baños no estaban terminados… ni siquiera había agua en el lugar.

Puteando a cuatro motores le pregunté a la gente de administración por un baño, ya iba frunciendo cachete y con un tsunami de porquería vibrando en mi panza. Ellos usaban los mismos baños que yo… o sea, ninguno.

Afiebrado y con imposibilidad de caminar completamente erguido me crucé a una especie de antro de mala muerte que hay frente al hospital, algunos lo llaman bar, otros lo llaman restaurant, yo sinceramente prefiero nombrarlo como antro, tal vez inmundicia impenetrable.

Entré apurado y le pregunté al mozo por el sanitario. Me contestó con un seco y cariculico “es para los clientes”. Rápidamente compre una botellita de Coca, transformándome en cliente, y volví a pedirle por el puto baño. “Esta al fondo” respondió destapando la Coca que dejé sobre la barra con la misma cara de ojete.

Desesperado corrí como esos nenes en los cumpleaños que están justo comiendo torta cuando avisan que van a explotar la piñata hacia el fondo. Unos rugidos guturales manaban de mi abdomen, algo estaba por estallar y yo esperaba que no fuese en mis calzoncillos. Divisé el inodoro con la misma emoción que un perdido en el desierto divisaría una laguna y apuré el tranco, ya rengo y acalambrado de tanto fruncir.

Cuando me senté la gloria se hizo en mí. Sin siquiera cerrar la puerta del pequeño lugar me agarré de los bordes del inodoro, como preparado para despegar. Me tiritaban las piernas y sudaba frío. La primera embestida fue brutal, como el minuto 1 del año nuevo. Exploté con el mismo ruido que hacen las escopetas de los videojuegos al pegarle un tiro en la cabeza a un zombi. Era como apretar un sifón de soda el cuál fue agitado durante dos horas, temblaba como si estuviese nadando en Alaska. Fue casi orgásmico, al punto que se me cerraron los ojos de placer. Un suspiro de tranquilidad me llevo a recargar energías para pujar la segunda parte de mi nefasto hijo de heces. Entonces abrí los ojos y volvió la vida a tomar color.

Lo primer que hice fue atinar y cerrar la puerta del baño, cosa que por la desesperación no había hecho. Me llamó poderosamente la atención que el mismo no tuviese puerta… antro berreta, ¿cómo puede ser que no tenga puerta? Una vergüenza, la municipalidad no debería habilitar lugares así. Es más… ni marco había, impresentables. Entonces pasó ante mí un mozo flaco y desgarbado, llevando una bandeja con café. Mi miró y siguió su paso gracioso. Debo reconocer que me dio un poco de vergüenza, pero mi depuración continuaba a raudales, por lo que mucho no me calentó.

Luego miré hacia los costados, para ver si había papel higiénico, sabía que la cosa venía para larga. No che… tampoco. Era de esperar, no había puerta… ¿cómo iba a haber papel? Por suerte, por mi profesión, siempre ando con un bolsito con gasas, así que el problema estaba resuelto. Entonces vuelvo a ver pasar al flaco choto del mozo, con dos latas de Coca. Mi mira… un segundo, dos, tres… y sigue su paso. ¿Qué le pasa a este boludo? ¿Nunca vio a un tipo cagando? ¡Si el baño de mierda este no tiene ni puerta! Deben ver todo el tiempo gente meando.

Me agarre la cabeza, riendo un poco de los últimos estallidos del legado infernal que iba a dejarle a las cloacas mendocinas. Mucho más relajado miré hacia el otro costado del inodoro. Veo unas cajas de pisos, unas canillas y dos bolsas de cemento. Que grasas estos tipos guardar materiales de construcción en el baño, pensé. Bastante caliente ya y pensando en cómo se denuncian en la municipalidad estos casos miré hacia el techo… naaa ¡no te lo puedo creer! El techo era de chapa, todo agujereado y atado con alambre… ¡que grasada por dios! Por tercera vez pasó el mozo re pelotudo mirándome y llevando dos cafés y tortitas… ¿qué le pasa a este choto? Corrí una chapa que había cerca de las cajas de pisos y vi cal, pastina, y la mochila de un inodoro… entones miré hacia mis espaldas…

No había mochila… tampoco estaba ese botón copado ese contra la pared, no había cañería. Pasé la mano por detrás del inodoro y ¡chan!… ¡no estaba conectado! Entonces apresurado me limpié con las gasas, y cuando me paré para tirarlas al inodoro vi que no había agua en el fondo… solo mis desperdicios en cantidades infernales. El corazón me comenzó a latir a mil, algo andaba mal… Me subí los pantalones y salí del baño. Apenas salí miré para el costado y vi un cartelito que decía “Baño” a unos cinco metros de donde estaba yo. Una puerta entreabierta dejaba ver un inodoro, un lavamanos y un espejo, entonces me di vuelta y caí…

El inodoro estaba completamente desconectado, junto a un montón de materiales de construcción… o sea, ¡¡¡el inodoro era uno más de esos materiales de construcción!!!, almacenados ahí para ser colocados vaya a saber dónde, vaya a saber cuándo, ¡por eso el pelotudo del mozo me miraba desconcertado! ¡Les re cagué el depósito! ¡No saben el olor que manaba de ese lugar!

Apresurado, con toda la vergüenza del mundo, y deseando que el mozo tarde en ver el paquetito que les había dejado lo que yo tardaba en entrar corriendo al hospital, salí del bar. Pobres muchachos… les inauguré el inodoro antes de la presentación oficial. Aclaro que jamás volví a pisar el antro aquel, probablemente aún me estén odiando.

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