La maldición

La maldición

Una chica es víctima de un exorcismo atroz, nada puede contra el demonio que la acosa. Nota terrorífica para un día oscuro.

Sr. Zantata

“Has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija.

Willian Blatty. El exorcista”

La mujer sintió como un frío sepulcral subía por su espalda y tiró el auricular al suelo. Salió corriendo lo más rápido que pudo para alcanzar a Vanina.

La presencia del sol era insoportable para la pobre joven, así como también lo era la oscuridad que la arropaba en su cuarto. El aire parecía bullir en una atmósfera densa y pesada, una combinación de hedores como: azufre y eses, se elevaban sobre el ambiente. La pequeña Vanina, de solo quince años, estaba sumergida en un problema muy grave por desafiar a las leyes de la naturaleza e invitar a su casa a un demonio jugando sola la ouija.

― ¿Quién eres? ―le preguntó la inocente muchacha. El espejo comenzó a moverse sobre el tablero, como si estuviese levitando, buscando una a una las palabras que formarían la profecía nefasta y maligna que pronto se avecinaría como un huracán sobre la vida de la pobre muchacha.

― “Tu pesadilla” ―leyó Vanina en voz baja. Entonces soltó el espejo y para su horror vio como el espejo se seguía moviendo solo frenéticamente, como si estuviese siendo impulsado por un psicópata. La pequeña no tuvo más opción que gritar, debido a que estaba muy asustada como para salir corriendo. Cinco minutos después, sus padres la encontraron escondida debajo de la cama, sufriendo lo que parecía ser un severo ataque de epilepsia. La llevaron al hospital y los médicos se encontraron con una barrera al no poder explicar los golpes que simulaban ser manos abiertas sobre las piernas de la muchacha; y, lo peor de todo era que, aparente, trepaban.

Las marcas eran todas iguales, como pequeñas manos de seis dedos, o garras, en el peor de los casos y formaban una especie de quemadura fría, ya que el aspecto de la herida denotaba el aspecto de una quemadura de tercer grado, sin embargo, al tacto de cualquier ser humano era tan fría como la noche más larga de la Antártida.

Ya habían pasado quince días desde el nefasto suceso y la situación estaba lejos de mejorar. Las marcas seguían trepando como una culebrilla diabólica y repercutían de forma espasmódica en el cuerpo de Vanina. En solo tres días dejó de caminar casi por completo. Las manos eran casi inútiles, con suerte se podía valer de ellas para limpiarse en el baño o para arroparse en la noche. Eso, fuese lo que fuese, era como un cáncer terminal que estaba por llegar al clímax de su metástasis.

Habían agotado ya todos los recursos médicos, económicos y religiosos. No había poder capaz de eliminar la presencia maligna. Hasta que, el padre de Vanina, investigando, logró dar con un sacerdocio budista ubicado a unos cien kilómetros de su hogar, internado en el medio de las montañas.

Era la única esperanza, ya que las marcas de las manos, estaban muy cerca del cuello y los padres sabían muy bien que ese era el punto final. Pactaron una reunión con uno de los monjes luego de explicarle la situación y sin perder ni un segundo de tiempo, cargaron a la niña moribunda en el auto y la llevaron al templo.

El sacerdote budista, apenas vio a la joven, sintió un gran dolor de cabeza, como si la presencia pudiese detectar la amenaza que él significaba. A través de la meditación, descubrió como sucedido todo y comprendió contra que estaba luchando.

Les pidió a los padres que la salieran de la habitación. Entonces, se sentó frente a ella y comenzó a meditar. Internándose así en el cuerpo de la joven. Una vez que rompió la barrera física y se situó en la mente de Vanina, pudo ver al demonio que le estaba robando la vida.

Era un ángel caído de aspecto femenino, al principió lo vio hermoso, incluso se sintió atraído, no obstante, tantos años de meditación lo prepararon para no sucumbir ante los deseos carnales del súcubo. Meditó con más fuerza que nunca y le pidió a buda que le ayudará a afrontar semejante desafío.

Luego de una hora de batallar contra eso, un humo verduzco comenzó a salir de la boca de la joven y fue absorbido por el monje budista. Las marcas en el cuerpo de Vanina, una a una, fueron desapareciendo. Dejando a la muchacha radiante nuevamente, aunque aún estaba muy débil.

El monje se levantó como si nada y se dirigió a la habitación contigua donde lo esperaban los padres de Vanina.

― Fue un éxito ―comentó orgulloso―. Por un momento pensé que me iba a dominar a mi también, pero logré salir adelante.

Los padres de Vanina no pudieron contener el llanto y rompieron a llorar a los pies del monje, sin saber cómo demostrar el agradecimiento. Luego de recibir una limpieza espiritual, los tres se marcharon, despidiéndose del grupo de monjes y especialmente del que le salvó la vida a su hija; que, según les dijo, debía pasar tres días seguidos meditando en ayuno para eliminar completamente la presencia.

Los tres días pasaron rápidamente, y Vanina ya era una chica común de quince años de edad. Ese día quedó en salir con su mejor amiga. Salieron de la casa y la madre sintió un poco de alivió al ver que todo volvía a la normalidad.

Fue hasta la cocina y se comunicó con el sacerdocio budista para volverle a agradecer y para preguntar como se encontraba el monje que la ayudó con el exorcismo.

― Hola, ¿qué tal? Hace tres días lleve a mi hija por…

― Sí, la recuerdo ―interrumpió estrepitosamente la voz mecanizada del otro lado de la línea―. Justo estaba por llamarla.

― ¿Por qué? ―inquirió la mujer preocupada.

― El monje que asistió a su hija se suicidó hoy y dejó una carta diciendo que lo perdonara por no haber podido ayudar. ―La mujer sintió como un frío sepulcral subía por su espalda y tiró el auricular al suelo. Salió corriendo lo más rápido que pudo para alcanzar a Vanina.

Una vez que dio vuelta en la esquina, vio que la amiga de su hija intentaba reanimarla; la joven yacía en el suelo. La mujer, muerta de miedo y sin aire porque sabía que se iba a enfrentar al peor día de su vida se acercó al cuerpo inanimado de su hija y se posó en el costado. Le quitó el cabello que de encima y vio, para su pavor, como seis dedos, muy similares a garras, envolvían el cuello de Vanina.

FIN

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