Breve ensayo sobre los apodos

Breve ensayo sobre los apodos

Adrián Monetti nos trae un ensayo sobre los famosos apodos que todos alguna vez utilizamos.

Adrian Monetti

Un apodo es un nombre que suele darse a una persona, tomado de sus defectos corporales o de alguna otra circunstancia. La mayoría de las veces no son demostraciones de respeto. Una situación trágica o una incapacidad son combustible para que los estigmas-apodos, se mantengan cruelmente en el tiempo. El mundo está lleno de personas, como un servidor, que poseen uno.

Ejemplos sobran. Tenemos el caso del Cholicho, que vivía en Gutierrez  pero se venía a pasar las siestas en Luzuriaga. Era callado por obligación ya que tenía un defecto en la dicción. No podía pronunciar las erres y las cambiaba por eles. En vez de decir corazón, decía colazón y de esa forma con todas las palabras que contuviesen una erre. Una noche va un grupo de gente, entre ellos el Cholicho, a comer a un carrito en Dorrego, en la calle Espejo. Cada uno pide lo suyo, que un lomo, una hamburguesa, papas fritas. El Cholicho pide un cholipán (traducido sería un choripán). El mozo al escucharlo lo mira  sin comprender y le pregunta: ¿un qué? Hizo esta pregunta con picardía cruel ya que conocía el problema del habla del Cholicho. Un cholipan repitió éste. Y el mozo se hacía el que no entendía.  La pregunta y la respuesta se repitieron varias veces, para alborozo de la gente que iba con el Cholicho. ¿Un qué? Un cholipán. Hasta que el Cholicho se enojó por primera vez en su vida, se levantó y gritó: ¡un cholipán, pan cholicho pan…Con cholicho no entendés! Cholicho y pan. Y desde ese momento fue nombrado de tal forma.

Los apodos no solo sirven para las personas, también pueden servir para identificar un lugar. Mi tío Juan tenía un bar en Maipú, a cinco escasas cuadras de la plaza; era un bolichón, un bar para tomar vino desde tempranas horas hasta entrada la tarde, todos los santos días. El vino se vendía en vaso par módicas sumas. Tenía un mostrador de madera surcado por el tiempo y el vino tinto derramado. Lleno de mesitas de mármol y de borrachos respetuosos, que tomaban y tomaban mientras filosofaban sobre fútbol, política y demás. Un día la municipalidad llegó a hacer una inspección de rutina. Le preguntaron a mi tío cómo se llamaba el local, a lo que él respondió que no sabía. Era solo el bar de la esquina. El municipal le dijo que tenía que tener un nombre. Entonces un comensal dijo: póngale “La Facultad” porque todos venimos a aprender algo acá. Y así quedó.

Otro caso es el del Rodolfo. A veces cuando salíamos los sábados por la noche él venía con nosotros; era grandote, tosco al hablar y tenía una dentadura repleta de caries y dientes torcidamente negros. Una noche en que nos habían echado de todos los cumpleaños de quince de Mendoza fuimos a tomar un helado a Emilio Civit y Belgrano, exquisitos y de nariz parada. Habíamos tomado café al cognac y estábamos envalentonados. Nos sentamos con nuestros cucuruchos a charlar y esperar que pasara el primer colectivo para Luzuriaga. En eso se detiene un auto último modelo y vemos que en él iban dos hermosos especímenes del sexo femenino. Nos miraron más con miedo que con otra cosa. Entonces el café al cognac le sugirió al Rodolfo que las chicas lo miraban a él. Se levantó y se dirigió decidido hacia el auto con una sonrisa generosa en el rostro que mostraba todas las irregularidades de su dentadura. Al ver que se acercaba, las chicas empezaron a subir las ventanillas del auto raudamente al tiempo que decían: cerrá, cerrá, que ese tiene sonrisa de tiburón. Y así el Rodolfo pasó a ser el Tiburón.

Recuerdo al Carlitos Laporla del que ya les hablé. Era esmirriado, flaquito, de pelo crespo. Su madre, la Tota, era la peluquera del barrio; pequeñita y gordita, dueña de unos senos gigantes. Una tarde estábamos jugando al fútbol frente a la casa del Carlitos y, como todas las casas de Luzuriaga de esa época, estaba en construcción. Era un verano ardiente. Entonces empezó a llover. Unas gotas generosas, gruesas caían cuando la Tota salió de la casa gritándole enloquecida al Carlitos, que estaba de arquero: ¡Carlitos, la porla, se nos moja la porla! Mientras sus senos se bamboleaban bajo el agua. Carlitos miró a su madre sin saber qué hacer. Ya era tarde para las bolsas de cemento Port Land, que habían quedado inutilizables y para él, que quedó estigmatizado con el mote de Carlitos Laporla.

En un caso más reciente está el Miguel que tiene una rotisería en la esquina de mi casa, y un carácter volátil, explosivo. Se enoja por la cosa más nimia, y eso tiene sus costos. Hace poco, después de un berrinche se le paralizó la mitad derecha de la cara. No podía mover ni el ojo, ni el pómulo, ni la boca. Luego de mucha rehabilitación pudo recuperar el control del ojo y del pómulo, no así el de la boca.  Por cómo le quedó de torcida le valió el mote de Siete de Espadas, por la seña en el truco.

A mí me dicen Toto, no es un apodo elegante, para nada, y como todos tiene su origen. Cursaba la carrera de cine y video en la escuela que quedaba en la calle Maipú y San Martín de Godoy Cruz, donde ahora existe un local de comidas rápidas. En primer año, en la materia Realización, había que presentar un cortometraje de tres minutos valiéndose de todo lo aprendido en el año lectivo. Mi cortometraje se basaba en hombres y mujeres desnudos pegándose (el día del rodaje fueron solo los hombres, pero eso no nos amilanó y grabamos igual) bajo el concepto de que la violencia tenía como uniforme la piel, solo eso. El resultado fue una serie de planos en donde hombres desnudos se pegaban a diestra y siniestra. Lo presenté en clase y mis compañeros quedaron boquiabiertos. Se generó un silencio atroz. Entonces el profesor, Alejandro no sé cuánto, dijo: tiene una estética de una película de Pier Paolo Pasolini. Lo dijo por decir algo y no decir que lo que había grabado era un delirio. Entonces la Beatriz, una compañera, dijo: a Pasolini le decián Toto, y así quedé, a la sombra del maestro Pier Paolo, y la verdad que mi apodo no me incomoda.

Y así es, nuestros apodos son tatuajes verbales. Con el tiempo los podemos odiar o sentirnos identificados. Pueden simbolizar una forma de aceptación o pueden estar motivados para despreciar o ridiculizar. Pero la realidad es que les pertenecemos, somos sus esclavos. Dejamos de ser nuestros nombres para ser lo que nos significa el apodo, y  así andaremos por la vida orgullosos con la carga en nuestros hombros.

Te puede interesar

¿Querés recibir notificaciones de alertas?