El cuadro

El cuadro

Un extraño cuadro llama la atención de Julián, quién lo compra sin dudas sin escuchar las recomendaciones del vendedor de mantenerlo tapado. Entonces todo comenzará a ponerse más oscuro.

Mendoza Escribe

Julián era un pibe tranquilo. Vivía por Godoy Cruz, trabajaba medio día en un local en el centro por la San Martín y los fines de semanas aprovechaba a estar con su familia o amigos. Cada tanto le gustaba acercarse hasta la Alameda y ojear los tablones con los libros, charlaba algo con los vendedores y a veces se llevaba algo para leer en su casa o para regalar, o simplemente para darles una mano con las ventas a los muchachos.

Él nunca se consideró un amante del arte, pero sí le gustaba ver las pinturas. Sentía una atracción rara por las pinturas que solo tenían en ellas objetos, o que aparecieran pocas cosas representadas. Le daba una sensación de paz, según él. Nunca se permitió comprar nada, muchas pinturas eran demasiado caras para él y no podía permitirse generar un gasto tan grande para su departamento. Pero un día, recorriendo los tablones de los libros, observó que cerca de ellos había un hombre con un puestito de libros nuevo. Se acercó a él, era un hombre de unos cuarenta y pocos, pelado con una barba larga y desprolija. Vestía con ropas cómodas y tejidas, quizás por él mismo al deducir por arriba el estilo de vida de él. “Neohippie” hubiera dicho Marcos al verlo. Se acomodó el morral en el hombro y se acercó al hombre que estaba sentado en un banquito leyendo. Éste, al verlo llegar, cerró su libro y lo recibió con una enorme sonrisa.

— Buenas, buenas, mi amigo. ¿Qué busca? —le dijo el hombre extendiéndole la mano a Julián.

— No lo había visto antes por acá— respondió estrechándole la mano—, y eso que paso casi todos los días.

— ¡No, no! —respondió riendo un poco— Soy nuevito por acá, estoy de paso y bueno. Conseguí ponerme por acá para vender algunas cositas— comentó mostrando con su mano las cosas que estaban sobre el tablón.

Había libros, algunos platos y antigüedades de plata oscurecida por los años, unos relojes detenidos en horas viejas y algunas cosas más repartidas en su mantel. Pensó que le iría mejor en la Alem que por acá, pero sabía que algunos vendedores eran muy celosos de sus territorios ante las caras nuevas.

Mientras miraba algunas cosas y ojeaba los libros ante la atenta mirada del vendedor, comentaba algunas cosas al pasar sobre autores que reconocía o recuerdos que tenía de objetos parecidos que había visto de chico en la casa de sus abuelos. Cuando el hombre dio un paso al costado para enseñarle un candelabro que, según él, tenía unos cien años, Julián notó que detrás del banco había una caja un poco más grande cubierta por una sábana negra. El hombre notó la mirada posada sobre aquello.

— Vaya que sos curioso— dijo riendo mientras tomaba una de las puntas de aquella tela y comenzaba a levantarla con cuidado.

— Perdón—respondió Julián saliendo como de un trance—. Es que me llamó la atención que estuviera escondido. No quise ofender.

— ¡Para nada! —respondió y terminó de levantar la tela. Julián observó con brillo en los ojos unos diez cuadros de distintos tamaños parados en aquella caja de madera— Los tenía guardados para mostrarlos más tarde, pero puedo hacer la excepción con vos— y tomó con precaución la caja y la puso sobre el banco.

Con un gesto de su mano invitó a Julián a que se acercara, invitación que él aceptó con gusto. El hombre le fue mostrando uno por uno los cuadros. En uno había un niño con un perro, en otro una manzana mordida sobre un plato junto a otros cubiertos. Le llamó la atención un atardecer sobre un lago, pero ninguno le terminaba de convencer como para admirarlo más de lo debido. Terminó de verlos y se acomodó inconscientemente el morral en el hombro.

— ¿Alguno de tu interés?

— Mmm… No. La verdad que no— respondió mientras el hombre los volvía a guardar en el cajón, pero mientras daba media vuelta para irse, notó que debajo del tablón había otro cubierto con un trapo marrón— ¿y ese? —dijo, señalando ligeramente con la cabeza.

El hombre al verlo, endureció un poco el rostro.

— No. Ese no está en venta— dijo sin más.

— Pero solo quiero verlo— respondió Julián mirándolo a los ojos.

El hombre torció los labios en reproche, se pasó las manos por el chaleco y asintió a regañadientes. Se agachó, lo tomó y lo sacó, destapando el cuadro tirando del trapo sucio. Julián observó con una mirada radiante el cuadro más hermoso que había visto en su vida. Una mesa de madera, un pasillo con una puerta cerrada al fondo y una ventana abierta. Algo tenía ese cuadro que necesitaba tenerlo con él.

— ¿Cuánto por éste?

El hombre lo miró serio.

— No está en venta.

— Pero te lo compro, ¿cuánto pedís? —respondió sacando de su bolsillo la billetera.

— No, flaco. No lo vendo.

— Si no lo vendieras, no lo hubieras traído al puesto— respondió Julián, sorprendido ante la agresividad de su respuesta.

El hombre se pasó la mano por la barba, acariciando su oculta barbilla.

— Te lo dejo en doscientos.

Julián, ajeno a los precios que se podían adquirir por estas cosas, accedió al instante. Sacó el billete de su billetera y se lo extendió. El hombre demoró unos segundos en aceptarlo. Volvió a cubrir con el trapo el cuadro y se lo dio.

Cuando Julián se estaba por ir, el hombre le tomó el brazo y, sin mirarlo a los ojos, le comentó:

— Mirá. Este no es un cuadro cualquiera. Tiene algo… particular— le dijo. Julián pensó que sí, debería tenerlo para que haya respondido de esa forma al frenesí de compras—. Este cuadro tiene un detalle. Mientras más lo mirás, más cosas le vas encontrando. Yo te recomiendo que lo tapes, como lo hice yo. Es un consejo nomás, pibe.

— Gracias— respondió Julián y se alejó sin ser consciente de la mirada clavada de aquel sujeto en sus espaldas.

Ni bien llegó a su casa, dejó el cuadro contra la pared al lado de la puerta y buscó un lugar donde dejarlo. Pensó en su pieza, pero no quería que quedara oculto para él. Estaba orgulloso de su compra y quería que todos los que fueran a su casa a verlo pudieran apreciar el primer cuadro que compró, por lo que decidió que lo colgaría en la sala de estar, sobre la mesa que tenía empotrada contra la pared.

Tomó un martillo y un clavo, midió la distancia en la que lo quería y, sacando el clavo entre sus dientes, lo tomó y de cuatro golpes lo enterró en la pared. Comprobó que estuviera firme y, orgulloso del trabajo, tomó el cuadro, lo destapó y lo colgó. Dio unos pasos atrás y lo observó una vez más. Era hermoso. La mesa se veía brillante con la luz que entraba por la ventana. El pasillo tenía una profundidad perfecta para enmarcar la distancia hasta la puerta y las paredes estaban pintadas de un celeste claro. No recordaba haber visto el color de las paredes la primera vez, pero recordó lo que le dijo el vendedor: “mientras más lo mirás, más cosas le vas encontrando”.

Sin quitar la vista del cuadro, tomó una silla, se sentó y se quedó mirándolo, embobado, por horas.

La vibración en su bolsillo lo desconcentró. Quitó la vista del cuadro, sin saber cuánto tiempo estuvo mirando, y observó la pantalla de su celular. “Jesi” rezaba, con una foto de su hermana. Atendió.

— ¡Nene! —la estridente voz de su hermana hizo que alejara el oído del auricular— Te están llamando hace rato y no atendés, ¿qué te pasa? ¿Estás cogiendo con la Tefy?

— No, boluda— respondió de mal humor—. Estaba en casa y no escuché las llamadas. ¿Pasó algo?

— Sí. Quieren saber si van a comer el finde.

Julían se levantó y se dirigió a la cocina. Abrió la heladera y observó el interior.

— Mmm… deciles que sí. Incluso, deciles que vengan a comer a casa. Hacemos unos ravioles o algo así. Y de paso les muestro lo que compré nuevo.

— Ay, el señorito tiene chiche nuevo— dijo en tono juguetón su hermana—. Dale, yo les aviso. Nos vemos, Juli. Saludos a la Tefy si la ves.

— Dale, chau— y cortó la llamada.

Se quedó un rato mirando la nada. Estaba perdido, no sabía cuántas horas habían pasado, pero tenía hambre. Agarró una pera de la heladera y, dándole un mordisco, salió de la cocina. Se sintió cansado y observó por la ventana que ya era de noche. Dejó la fruta a mitad de comer, se duchó y se acostó.

Al día siguiente, salió rápido de su casa. Tomó las cosas y, mirando de reojo el cuadro, salió apurado al trabajo. Estuvo todo el día con la mente dispersa, no dejaba de pensar en aquella pintura. Le fascinaba, debía admitirlo. Cuando terminó su jornada, se encontró con Estefanía, su novia y la invitó a cenar a su casa. Allí aprovechó el momento para enseñarle el cuadro, lleno de orgullo.

— Mirá, amor. ¿Qué te parece?

Estefanía observó la pintura sin mucho entusiasmo, cosa que a Julián le molestó un poco.

— Pues… ¿bonito? —aventuró su novia, pero al ver la cara de decepción de su pareja, agregó riendo— Sabés que mucho el arte no me gusta, Juli. No te enojes— y le dio un tierno beso en los labios.

Julián le respondió el beso y luego fue a preparar la cena. Hablaron un poco de su día, ella le comentó que en el hospital había un tipo que lo habían apuñalado para robarle la billetera, él le comentó que estaba podrido de que lo putearan por las cagadas que se mandaba la empresa de celulares para que la trabajaba. Cenaron tranquilos, viendo una serie y luego se fueron a acostar. En la cama, ambos se pusieron melosos y, entre besos y caricias, se desvistieron mutuamente. Mientras Julián besaba el cuello de ella, un golpe en el living los alertó a ambos.

— ¿Qué fue eso? —preguntó Estefanía en un susurro, cubriéndose instintivamente el cuerpo con la sábana, mientras Julián se levantaba.

— No sé— respondió él, y se encaminó a la puerta para salir de la habitación.

— Esperá, no me dejés.

— Voy acá nomás, no te asustés. Ya vuelvo y terminamos lo que empezamos— le dijo con una sonrisa pícara, y salió.

Comenzó a caminar con cuidado, alertando sus sentidos ante cualquier sonido demás que estuviera en el lugar. Cuando llegó a la sala de estar, prendió la luz y observó el lugar. No había nada raro, excepto que notó que el cuadro estaba caído. Se acercó, lo levantó y en el suelo, cerca del marco, estaba el clavo que lo había sostenido hasta unos minutos antes. Lo tomó entre los dedos, observó la pared tocando el hueco que había quedado en ella y se decidió dejarlo en la mesa hasta mañana, que volvería a colgarlo.

Apoyó el cuadro sobre la mesa y le dio un último vistazo. Allí estaba la mesa, la ventana abierta y el pasillo con la puerta al final. Las paredes estaban pintadas con ese celeste llamativo y sobre la madera había un plato y un vaso.

Observó curioso ese detalle. Se aseguró a sí mismo que un detalle tan chico como ese era muy probable que se le hubiera pasado por alto. Miró con detalle un poco más, a ver si encontraba algo que llamara su atención, pero no vio nada que destacara.

— Juli, ¿estás vivo? —gritó su novia desde la habitación.

— Sí. Sí, ahí voy— le respondió él y, dándole una última mirada al cuadro, volvió a la cama.

— ¿Qué pasó? —preguntó Estefanía cubierta con las sábanas.

— Nada. Se cayó el cuadro. Se aflojó el clavo y se soltó.

— Ah, bueno. Mejor que no fuera nadie… Entonces, ¿en qué estábamos? —dijo ella con una mirada cómplice y, con un beso, hicieron el amor.

Desayunaron juntos y luego cada uno se fue a su trabajo. Julián ese día pensó en pasar por el puesto de los libros y ver de comprar algo para leer. Lo que tenía ya lo había terminado y estaba interesado en adquirir algo de literatura americana. Terminó de trabajar, salió a la ruidosa calle del centro mendocino y, acomodándose el morral en el hombro, se encaminó a la Alameda. Ni bien llegó, comenzó a ojear los libros, a escuchar recomendaciones de los vendedores y revisar algunas contratapas de los que le interesaban. Mientras miraba un libro de un autor mendocino desconocido, sintió que le tomaban del brazo. Giró asustando, pensando que le iban a robar, pero se encontró con el sujeto que le había vendido el cuadro.

— Hola— saludó Julián, incómodo.

— Hola— respondió aquel hombre, sin soltarle el brazo. Su mirada estaba como ida.

— ¿Necesitás algo? —preguntó Julián soltándose de la presa de aquel tipo.

— No… Bueno, sí. Devolveme el cuadro— no era un pedido ni una pregunta.

Julián lo observó sorprendido.

— No. Me gusta mucho, y la verdad que estoy feliz con la compra.

— Te devuelvo la plata. Devolvemelo.

— No, loco. Gracias— respondió Julián y comenzó a caminar para alejarse del tipo, pero éste lo comenzó a seguir.

— Pibe, damelo. Me arrepentí de venderlo.

— No, chabón. Es mío ahora. Dejame en paz— Julián comenzó a sentirse incómodo con la situación.

— Flaco, no te lo estoy pidiendo. Devolvemelo.

Julián comenzó a asustarse ante la insistencia de aquel sujeto, que temió que se subiera al mismo micro que él en un arranque de locura. Paró un taxi, subió y, mientras este se alejaba, observó por el vidrio de atrás como aquel tipo se quedaba parado en la esquina, mirando al coche alejarse y mezclarse entre tráfico.

Entró a su casa, estaba nervioso por la situación vivida recién. Se sirvió un poco de agua y se sentó a la mesa, sujetando su cabeza y cerrando sus ojos. El tipo estaba loco, absolutamente. ¿Cómo le iba a pedir a una persona que le devolviera lo que le vendió? Definitivamente aquel sujeto estaba de la cabeza.

Levantó poco a poco la vista y observó una vez más el cuadro que descansaba sobre la mesa. La pintura le transmitía paz, una tranquilidad incomprensible. Se deleitaba mirando los detalles de las pinceladas sobre el lienzo y pensó en el autor y su capacidad para pintar tantos detalles. La mesa presentaba un marrón oscuro característico de la madera trabajada, la ventana, abierta con los postigos hacia fuera, marcaba con claridad los rayos de luz que entraban por ella. El pasillo y la puerta mostraban una escala de sombras y tonos que marcaban casi con perfección la profundidad del lugar y las cortinas se mecían por la brisa de un viento que renovaba aquella casa con aires nuevos.

Las cortinas. Antes no estaban. ¿O sí? Estaba seguro que no, pero el color era muy claro para que lo viera a simple vista. Contrastaba con el celeste de la pared, pero las sombras las volvía evidentes. Y el plato sobre la mesa ahora estaba acompañado por una botella de vino a medio tomar.

Maravillado, observó la pintura con una fascinación enorme. Definitivamente ésta había sido una de sus mejores compras, sin duda alguna.

 “Por fin viernes” pensó Julián para sí mismo. Tomó las cosas de su box y guardó todo en el morral. Lo tomó por la correa y, cuando se lo estaba por colgar al hombro, su jefe lo llamó a la habitación que usaban de oficina con un gesto de su mano. Se acercó y miró al hombre que le invitaba a tomar asiento. Se sentaron a la vez, separados por el escritorio.

— Juli, quería hablar con vos sobre tu rendimiento— le dijo su jefe, cruzando las manos sobre la mesa.

Julián trago saliva, nervioso.

— Sí, Fran. Decime.

— Estamos bastantes conformes con lo que estás haciendo y, escuchando tus audios, se nota que le ponés bastante onda a esto— Julián se relajó al oír aquello. Últimamente a todos los que habían llamado a la oficina los habían despedido por bajo rendimiento—. Creo que podemos ofrecerte un cambio en tu área. ¿Qué te parece ser capacitador?

Julián abrió los ojos sorprendido. No esperaba esto, realmente.

— Sí, me gusta la idea.

— Perfecto— respondió Franco sonriendo—. El lunes venite un toque más temprano así te comentamos como viene bien la mano y te ponen en ambiente las chicas de Recursos, ¿te parece?

— Sí, genial. Gracias— le respondió y se dieron la mano.

Salió del edificio y comenzó a caminar hacia la parada del micro. Ni bien llegó, se sentó en el asiento del lugar y comenzó a mirar alrededor mientras tamborileaba con los dedos sobre su bolso. Vio doblar por la esquina su micro, se levantó, le hizo señas para que se detuviera y subió. Tomó asiento y, apoyando la cabeza en el vidrio, observó con miedo que, parado donde hace unos minutos atrás estaba él sentado, estaba el pelado que le había vendido el cuadro. Estaba extraño, con la barba más desprolija de lo habitual y los ojos hundidos en el rostro. Ninguno de los dos rompió el contacto que tenían hasta que el micro se alejó lo suficiente.

Entró asustado a su casa. El tipo lo había seguido y él ni lo había visto, ni siquiera se había dado cuenta de que lo tenía detrás suyo. Sintió una fuerte sensación de romper en llanto, pero se contuvo. Se dio una ducha para relajarse y calmarse un poco, puso algo de música y se hizo un café. Mientras bebía y sentía el calor en el cuerpo, se puso a pensar qué es lo que podría tener el cuadro que aquel hombre lo quería con tanto esmero… O que lo acosara de aquella manera.

Lo observó y se dio cuenta que había un detalle que desconocía. No sabía ni el nombre del cuadro ni el del artista que lo pintó. Con la taza en las manos, se acercó y comenzó a buscar en los bordes, buscando las siglas o el nombre trazado, pero no vio nada. Dejó la taza, tomó el cuadro y lo volteó, pasando los dedos por el reverso buscando algún nombre o algo escrito. Nada. Desilusionado, volvió a voltearlo dejando la pintura a la vista. Allí estaba la mesa, la silla y la ventana. La cortina mecida por el viento, el pasillo iluminado tenuemente y el vaso estaba quebrado. Ese detalle llamó su atención y acercó un poco más el rostro para verlo mejor. En efecto, el cristal del vaso estaba quebrado, como si se hubiera caído o golpeado contra el suelo… No, era imposible. El cuadro debía tener ese detalle, pero desde la distancia no se pudo haber notado. Además, como un cristal pintado se quebraría por un golpe de la pintura. Imposible.

Lo volvió a dejar sobre la mesa cuando notó que, por la misma caída, sí se había roto un poco la madera que enmarcaba la pintura. Pasó su dedo, levantando un poco la madera con la uña y notó que debajo de la fina placa, había una inscripción en un trazo blanco. Fue a la cocina, tomó un cuchillo y regresó al living. Puso el cuadro sobre la mesa del centro y con ayuda del tramontina, levantó con cuidado el marco. “El Hombre con Sombrero”, leyó. Observó el cuadro, buscando a aquel hombre, pero no encontró nada nuevo ni que destacara. “El Hombre con Sombrero” se repetía en un confuso eco en su mente. Como pudo, volvió a poner la madera en el marco y lo colgó una vez más. Hizo un nuevo intento, observando con detalle cada pedazo del lienzo, buscando alguna silueta en la ventana o en el fondo. Pero no encontró ni vio nada.

Desilusionado, volvió a sentarse cuando lo sobresaltó la vibración de su celular.

— ¿Hola?

— Hola, amor.

— Tefy— respondió aliviado al reconocer la voz de su novia del otro lado—. ¿Cómo estás?

— Bien, ¿vos?

— Bien. Bah, “bien” podría decir.

— Te noto preocupado…— dijo del otro lado la chica.

— Es que… no sé, es raro…

— ¿Qué cosa? La otra noche dormiste mal, estabas como agitado.

Eso sorprendió a Julián, no recordaba haber soñado nada.

— ¿Agitado?

— Sí. Bruxaste mucho.

— Puede ser el estrés del trabajo, nada importante— desestimó Julián.

— Calmate, bobi. Me preocupaste mucho. No sos de bruxar.

— No te preocupés. ¿Querés venirte esta noche y vemos algo?

— Dale— respondió animada su novia del otro lado—. ¿Qué tenés en mente?

— Lo que vos quieras, yo invito las pizzas.

— Ok. Esta noche te veo, te amo.

— También te amo— y la línea enmudeció.

Dejó el celular sobre la mesa y volvió la vista al cuadro. La mesa y su característico color, el vaso y la botella sobre ella y la silla ligeramente corrida, como si alguien se hubiera sentado a comer. La cortina meciéndose con la brisa y la ventana abierta, dejando entrar aquel aire fresco al hogar. El pasillo y sus sombras y la puerta entreabierta, invitando a pasar a la habitación.

Julián podía jurar que la puerta, las cien veces que miró la pintura, nunca estuvo abierta. Se paró incómodo, con la respiración ligeramente agitada. Se acercó despacio al cuadro para mirar eso. ¿Cómo podía ser que nunca se hubiera percatado de la puerta? Era imposible, porque las sombras no la ocultaban. E incluso una pequeña luz salía del interior. “El Hombre con Sombrero”, volvió a pensar inconscientemente cuando el golpeteó incesante en la puerta casi le provoca un infarto.

Secando sus manos en la ropa, miró por la mirilla de la puerta y del otro lado estaba Estefanía. ¿Cuánto tiempo había pasado mirando el cuadro? Había perdido la noción del tiempo y la tarde se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos. La chica del otro lado volvió a golpear la puerta mientras sacaba el celular del bolso, cuando Julián abrió.

— ¡Al fin! ¿Estabas dormido? Estoy hace un rato acá en la puerta llamando.

— No, no te escuché. Perdón. Estaba… estaba en el baño— mintió. Si Tefy se dio cuenta o no, no lo demostró.

— Bueno, está bien. ¿Ya compraste las cosas?

— No, te estaba esperando. Vamos acá a la vuelta que encargo una y venimos, ¿querés?

— Dale— aceptó la joven y, tomados de la mano, salieron.

Cuando llegaron, Julián ingresó al local. El olor a las masas cociéndose y el calor de los hornos le resultó extrañamente agradable. Pidió un combo con bebidas y unas papas, pagó y cuando comenzó a salir, notó que Estefanía estaba en la puerta hablando con alguien. Con el tipo que le vendió el cuadro. Inmediatamente sacó el celular y, hecho una furia, salió a la calle.

— O me dejás de romper las bolas y te las tomás, o llamo a la policía. Enfermo de mierda— le gritó al tipo.

Estefanía saltó del susto. Nunca había visto así a su pareja. El tipo, al contrario, lo miró fijamente sin emoción alguna. Se miraron unos segundos en un silencio profundo, acompañado solamente por la respiración de los tres. Julián miraba fijamente al hombre, éste a su vez no quitaba la vista de Julián. Estefanía alternaba entre uno y otro, asustada.

— ¿Todo bien? —interrumpió la extraña escena el chico del local.

— Todo bien— respondió el sujeto—, ya me iba. Sólo pasaba a saludar a un amigo, pero veo que ya no me quiere ver más— dijo el hombre y, dando media vuelta, se perdió entre las calles del barrio.

— ¿Qué pasó, amor?

— ¿Que qué pasó? Ese tipo no deja de seguirme, me tiene los huevos llenos ya.

— ¿Pero no es un compañero tuyo del trabajo?

— ¿Qué? ¡No! —respondió enojado Julián levantando las manos.

— Ah, porque me preguntó si te conocía y…— Julián la miró serio, ella sintió miedo.

— ¿Y…? —preguntó.

— Y si sabía dónde vivías…— respondió ella con timidez.

— Decime que no le dijiste. Por favor, decime que no le dijiste— le dijo tomándose la cabeza.

— Es que pensé que era un amigo tuyo, perdóname Juli…

— Pero, ¡cómo se te ocurre decirle a un desconocido dónde vivo!¡No pensés, preguntame! —le gritó enfurecido y se fue caminando, dejando sola a la muchacha al borde de un ataque de llanto.

Ni bien entró, corrió las cortinas dejando en oscuridad la habitación. La débil luz de la calle ingresaba con dificultad por los bordes de la tela en un intento inútil por iluminar un poco el lugar. Julián estaba enfurecido. Enfurecido y asustado. No sabía de qué más sería capaz este tipo de hacer para recuperar el cuadro.

El cuadro. Se volvió para mirarlo, iluminándolo con la luz del celular.

— Ay, la puta madre— dijo en un susurro aterrado, soltando el celular del miedo.

La ventana estaba cerrada y las cortinas corridas. Sobre la mesa, el vaso estaba medio lleno y, al final del pasillo, la figura de una persona de espaldas a la puerta, alejándose del pasillo, entrando a la habitación.

— Juli— la voz quebrada de Estefanía lo sobresaltó. Se acordó que la había dejado sola en la calle, y eso lo hizo sentirse peor.

Abrió la puerta, articulando las primeras palabras de disculpas, cuando observó que el tipo barbudo la tenía sujetada de un brazo y con la otra mano le apuntaba en la cabeza con un revolver. El rostro de ella era un mar de lágrimas.

— Correte— ordenó el tipo. Julián se hizo a un lado y, de un tirón, metió a la joven a la casa sin dejar de apuntarle— Bien, ahora a ver si nos entendemos mejor. Me vas a dar el cuadro o le abro la cabeza de un tiro a tu novia.

Cerró la puerta detrás de ellos y observó fijamente al muchacho. Julián miraba al tipo lleno de terror. La mirada vacía del sujeto le incomodaba y los sollozos de Estefanía no hacían más que ponerlo más alerta y nervioso.

— Prendé las luces— ordenó el tipo.

Se movió con rapidez y movió la llave al encendido. Demoraron los tres unos segundos en adaptar la vista. Cuando se le acostumbró a la nueva iluminación, Julián notó que el hombre revisaba el lugar, observando con el ceño fruncido cada rincón, buscando el cuadro. Hasta que lo encontró y abrió sus ojos en clara señal de sorpresa.

— ¡Te dije que lo cubrieras! ¡Te dije que tenías que taparlo! —gritó el hombre en un chillido ensordecedor, sacudiendo en cada palabra el brazo de Estefanía.

Julián observaba con miedo como agitaba a su pareja. El tipo estaba fuera de sí, descontrolado e ido. La boca entre abierta, emitiendo un jadeo al respirar en un evidente signo de terror y los ojos abiertos observaba la pintura. Julián también miró y reprimió un grito.

La mesa, la silla y los cubiertos acomodados. El vaso estaba allí, quebrado, en el mismo lugar y la botella a medio llenar seguía de pie al costado. Las cortinas seguían tendidas y los postigos de la ventana, cerrados. La puerta al final del pasillo se encontraba abierta, mostrando una habitación en penumbras y, parado a un lado de la mesa, un hombre de traje gris amarronado se ponía en un gesto estático un sombrero, cubriendo su rostro con el brazo.

— El hombre… el hombre con sombrero…— susurró Julián, llamando la atención del tipo barbudo.

— ¿De dónde sacaste el nombre?

— Lo… lo miré. Estaba debajo del marco…

— Lo llamaste…— dijo en un susurro, interrumpiendo a Julián— Lo llamaste— esta vez lo dijo en voz alta, mirando el cuadro. El hombre seguía allí, inmóvil en la misma posición. Firme cubriendo su cabeza y tapando su rostro.

El tipo barbudo avanzó dos pasos y tomó el mantel que cubría la mesa, tirando de él arrojando todo al suelo y lo arrojó sobre el cuadro. Julián aprovechó ese momento para saltar sobre él, en un intento para liberar a Estefanía de la presa de aquel desquiciado.

Golpearon ambos cuerpos y, ante la fuerza ejercida por el muchacho, ambos cayeron al suelo. El calvo golpeo con la cabeza el filo de la mesa donde estaba el cuadro, abriéndose un corte en el rostro, mientras que Julián cayó con todo su peso sobre una pierna, estallando el hueso ante la presión. Un disparo involuntario resonó en la habitación. Estefanía gritó de terror. Julián la miró asustado, rogando que no esté lastimada. Un golpe en su cabeza le hizo girarse con rapidez. El cuadro se había caído sobre él. Lo tomó con una mano y lo arrojó a un lado.

Sintió algo cálido entre los dedos con los que se apoyaba en el suelo, miró y notó un poco de sangre en ellos. Levantó la vista y observó que el hombre se levantaba y se cubría con la mano la herida en su rostro que sangraba. A un lado, estaba Estefanía cubriendo su rostro mientras lloraba descontrolada.

Julián intentó levantarse, pero la explosión de dolor en su pierna se lo impidió. El tipo lo miró, se acercó a él y le pateó la pierna herida, provocando que Julián aullara de dolor.

— ¡¿Por qué no lo tapaste?!— rugió. Esta vez le pateó las costillas— ¡Te dije que lo mantuvieras tapado! Me lo tendrías que haber devuelto…

— Dejalo— la voz quebrada de la joven llamó la atención de ambos. Estaba en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y en sus manos, en un temblor que poco a poco cedía al control, estaba el revolver con el que apuntaba al vendedor.

El hombre la observó y una incontrolable carcajada salió de su garganta.

— Dejalo y andate. Andate, o disparo— dijo Estefanía levantando el arma y apuntando. El tipo avanzó hacia ella. Un fogonazo, el estallido y el retumbar de la explosión los aturdió. El hombre gritó de dolor, la bala había penetrado en su hombro y salió casi con la misma velocidad, atravesando carne y piel.

De un salto, se puso junto a la joven, le arrebató el arma y con una mano la tomó del cuello, presionándola contra la pared, asfixiándola. Julián gritaba de desesperación, observando cómo su pareja se debatía para vivir. Golpeaba a aquel hombre en la espalda con las manos desnudas, mientras arrastraba los pies en un inútil intento de ponerse de pie. Pronto dejó de moverse, cayendo en una flacidez mortal.

Julián comenzó a llorar, mordiendo con furia sus dientes y cerrando su puño con tanta fuerza que sentía como sus uñas se clavaban en la piel. El hombre se paró y, dando media vuelta para mirarlo tirado en el suelo, apagó la luz. La oscuridad se adueñó del lugar. El dolor de su pierna junto al de la pérdida reciente oscurecía su vista y nublaba su pensamiento. Sintió los pasos del hombre acercarse y detenerse a su lado.

— Tenías que taparlo. Me lo tendrías que haber devuelto cuando te lo pedí— le dijo a Julián. Levantó el arma y le apuntó— Me lo tendrías que haber devuelto. Te dije que lo taparas— repetía como en un trance. Disparó.

Respiraba agitado, pero bajo control. Buscó el cuadro en la oscuridad y notó la figura rectangular tirada en un costado. Pasó sobre el cuerpo tendido en el piso que, poco a poco, se iba manchando de sangre y derramándola sobre el suelo. Se acercó a la pintura, la tomó en sus manos y la levantó. La miró esforzando la vista. Allí estaban la mesa y la silla, en el mismo lugar de siempre. La ventana presentaba un postigo abierto, al parecer por la sacudida del cuadro y las cortinas estaban corridas. Miró el pasillo y notó que la puerta estaba cerrada. Y el hombre no estaba allí.

El sonido de una puerta abrirse llamó su atención. Levantó el arma y se acercó con cuidado al lugar de donde provenía. Observó el pasillo y notó dos puertas enfrentadas una a la otra. Una estaba entreabierta, la otra se acababa de cerrar. En silencio se acercó y, apuntando al lugar donde estaría el pecho, abrió de una patada la puerta. Frente a él, un sujeto también armado lo recibió. Disparó dos, tres veces gritando. El cristal estalló ante el impacto de las balas y salpicó el suelo en millones de fragmentos. Aquel sujeto se insultó al darse cuenta que se había visto en el espejo del baño y, presa del terror, disparó sin más. Suspiró, pensando que estaba pensando demasiado cuando escuchó el sonido de las sirenas de la policía acercándose. Dio media vuelta y algo lo tomó por la espalda, arrastrándolo hacia la habitación, ahogando su grito en las sombras.

Cuando la policía llegó, la escena que encontraron fue grotesca. Una mujer tendida en el suelo con un charco de orina debajo, un joven con una pierna fracturada y un orificio de bala en su espalda. La sangre había salido tanto de esa herida como de la fractura al ser abierta de algún golpe violento. Caminaron por la casa, armas listas, buscando al agresor. Pero no encontraron a nadie. El baño con el cristal destrozado. Pero ninguna señal del asesino.

Afuera, dos móviles policiales están en la puerta iluminando en un molesto parpadeo las casas y los alrededores. Los vecinos solo se asoman por las ventanas intentando ver lo que sucede, pero es inútil. No hay nada más que aquella escena. En la vereda de enfrente, un sujeto de traje gris amarronado observa todo. Con su mano izquierda resguarda un cuadro bajo su axila, en su mano derecha lleva un sombrero que, despacio lo levanta, se lo pone y acomoda. Nadie vio su rostro oculto entre las sombras de la noche. Nadie puede recordar más que pocos detalles de su andar o vestir, incluso por momentos se olvidan de que estaba allí. Lo único que pueden recordar es que allí, parado frente a la escena del crimen, había un hombre con sombrero mirando.

Escrito por Diego Chia

Te puede interesar

¿Querés recibir notificaciones de alertas?