La soledad

La soledad

Germán es un diseñador de primer nivel adicto al trabajo, cambia cualquier plan por trabajar, es su mayor deseo, su único anhelo... y daría cualquier cosa por ello.

Sr. Zantata

“Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de la soledad".
Guy de Maupassant.

―¿¡Qué mierda está pasando!? ―dijo envuelto en pánico.

***

Germán se encontraba desde hacía dos horas con su familia en un centro comercial festejando el cumpleaños de su hija. El día se volvió muy pesado y tedioso para él, ya que no soportaba las aglomeraciones de personas y los espacios reducidos. El ruido, los empujones, las luces; lo habían puesto de muy mal humor y añoraba, más que a nada en el mundo, volver a su estudio de diseño para poder estar solo y concentrarse en su trabajo.
Germán es el típico personaje adicto a su trabajo y al éxito personal, era uno de los más importantes diseñadores gráficos de su país y quería seguir manteniéndose en ese puesto, aunque eso significase perderse el cumpleaños de su primogénita.

Fue entonces, que elaboró un plan absurdo y asqueroso. Cuando la familia salía de la sala de juegos de arcade se dispuso a ir al baño, Germán acompañó a sus mujeres hasta la puerta y, una vez que se aseguró que no lo podían oír, llamó por teléfono a su socio:

―Hola, Martín, ¿Cómo estás? Perdóname que no te deje hablar, pero necesito un favor urgente ―comentó velozmente.

―Decime ―respondió su interlocutor con voz monótona, demostrando que ya estaba cansado de ese tipo de conversaciones.

―En cinco minutos llámame por teléfono y decime que tengo que ir si o si a la oficina a terminar un trabajo para un cliente muy importante y que no puede esperar.

―Otra vez una mina, Germán, ¿por qué no te dedicas a tu familia y te dejas de joder?

―No se trata de una mujer ―…“Imbécil ―pensó en descalificarlo intelectualmente, sin embargo, se frenó en el último segundo y cambio el insulto por el nombre de pila de su socio―, Germán. Estoy hace dos horas acá en el cumpleaños de mi hija y ya no me banco a las personas, hay muchísima gente. Y después de todo, no es mentira, quiero ir a la oficina a adelantar un proyecto. ―Por unos segundos la voz del receptor se quedó muda, como si las señales de los celulares hubieran muerto. German no hacía más que ir y volver en dos metros que conformaban el ancho de pasillo rascándose la cabeza, percibiendo como su angustia y ansiedad parecían querer engullirlo, como si se tratase de arenas movedizas en el fondo de un río.

―Está bien ―respondió Martin claramente desanimado―. Sinceramente, no sé por qué soy tu amigo, no me gusta nada de lo que haces, Germán. En vez de disfrutar de tu esposa y de tu hija salís con tonteras como estas. De verdad que no te entiendo.

“Que te importa lo que haga con mi vida”, pensó German, no obstante se contuvo, suspiró profundamente y luego de calmarse respondió ―Sí, tenés razón, tengo que cambiar. ―Su amigo pudo imaginar la cara falsa de German por unos segundos mientras decía esa frase y colgó. German guardó rápidamente su teléfono y vio que su esposa y su hija ya estaban saliendo del baño.

―Bueno, gordo ―dijo su mujer afectuosamente―. Ahora vamos al cine, la peli ya está por empezar. ―Sin embargo, en ese momento, el celular de Germán comenzó a sonar, y la cara de su esposa, al oír el sonido emitido por el dispositivo, se deformó, como si una abeja le hubiese picado en el centro de la cara.
German atendió el llamado y después de treinta segundos le dijo a su esposa que se tenía que ir.

―Siempre lo mismo, German― farfulló enojada.

―Es mi trabajo, gorda. ¿Qué querés que haga?

―Que te quedes con tu hija, eso es lo que quiero. ―German no supo que responder, se sintió derrotado y humillado. Intentó pensar rápido en una respuesta, pero fue en vano, su esposa ya había tomado de la mano a su hija y le habían dado la espalda para marcharse.

German salió al pasillo y observó cómo su esposa se marchaba enojada caminando velozmente. Su hija se volvió un segundo sobre su hombro para ver a su papá. La niña se encontraba acongojada con el llanto en la puerta de sus ojos. Germán se apenó un poco por ello, pero pensó que el engaño ya estaba hecho y que ya era tarde para arrepentirse. En ese momento sintió un ligero dolor de cabeza, tan potente como fugaz. Cerró sus ojos, y luego de intentar calmar el dolor a través de su respiración, se trasladó hasta el ascensor.

Subió con tres personas más que le parecieron un tanto extrañas por su aspecto sucio y desaliñado, como si se trataran de vagabundos. Sin embargo, no les dio mayor importancia, porque junto a la puerta había una mujer muy hermosa, de cuerpo exuberante con prendas muy cortas y ajustadas, que operaba el tablero del elevador.

Sin preguntar, presionó el botón de planta baja. Unos segundos después, el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. La luz en el recinto de se había apagado. Esto no le pareció extraño a Germán que pensó que probablemente había una falla eléctrica aislada en ese sector. Entonces la mujer dijo, con voz casi mecanizada ―Planta baja. ―Las personas de aspecto desaliñado y poco pulcro se bajaron de allí, mientras que German pensaba “por fin voy a estar solo”. Cuando estuvo a punto de poner un pie fuera del elevador, vio que cinco o seis personas venían corriendo en la oscuridad, apresuradas para entrar con él y con la mujer hermosa. Germán entró en pánico y velozmente presionó el botón del segundo, tercer, y cuarto piso al mismo tiempo. La desesperación no le ayudó a apuntar y prácticamente apretó todos los botones juntos.

Las puertas se cerraron antes de que las persona llegaran y el ascensor comenzó a moverse hacia abajo. En ese instante, varias preguntas se aglomeraron en la mente de German: ¿Por qué el ascensor seguía bajando si él sabía muy bien que el centro comercial no tenía subsuelo? ¿Por qué esas personas querían entrar corriendo al elevador, como si algo las persiguiera en la oscuridad? ¿Por qué la mujer permanecía inmóvil y estática, como si se tratara de un robot y no dijo absolutamente nada cuando él la sacó del medio para presionar todos los botones?

Un segundo después, el ascensor se detuvo, las puertas se abrieron y la mujer, con la misma voz mecánica de hace unos momentos dijo ―Planta baja. ―El paisaje seguía siendo el mismo, oscuro, desolado y muy tétrico. German comenzó a desesperarse y puso a la mujer contra la pared.

―¿¡Qué mierda está pasando!? ―dijo envuelto en pánico. En el momento en el que vio el rostro de la mujer hermosa pensó que iba a caer en la locura, ya que el rostro era el de un maniquí. Soltó el cuerpo inanimado y este se desarmó completamente en el suelo. ―¿Qué mierda está pasando? ―repitió saliendo del ascensor, caminado por inercia, sin poder comprender que es lo que sucedía, en un estado de shock similar al de las personas que sufren una explosión cercana.

Caminó unos metros más y de repente oyó que las puertas del ascensor se activaban. Entonces vio que la mujer maniquí se había reincorporado. El rostro de la misma denotaba una sonrisa burlesca, socarrona y llena de maldad.

―¿Acaso no quería usted estar solo? ―dijo y la puerta de elevador se cerró con German corriendo velozmente, observando como la última luz que vería en su vida se desvanecía lentamente…

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