Mariposas boxeadoras

Mariposas boxeadoras

“...Cuando suena la campana, te sacan el banquito y uno se queda solo...”

Adrian Monetti

“…Cuando suena la campana, te sacan el banquito y uno se queda solo…”
Oscar “Ringo” Bonavena

No tiene muchas luces el Profe. Solo las funciones básicas, ninguna sofisticación de la naturaleza. Es buena gente pero tiene la crueldad necesaria que debe tener cualquier púgil que se digne de serlo. La fórmula: dos asaltos de dos minutos por un minuto de descanso. Una pelea de entrenamiento de alumno de boxeo avezado, un servidor, y el Profe, ex campeón mendocino y argentino en welter junior.

Primer round

El boxeo es para pensar, boxeador corajudo queda boludo.

Mala costumbre la del Profe, aprovecharse de su capacidad para bailarte. Para llevarte por todo el ring  siguiéndolo y pegándote cachetadas a diestra y siniestra, mientras se divierte  esquivando golpes torpes y arremetidas sin sentido. Pensar. Que la vorágine de movimientos confusos no te maree. Siempre pensar.

No lo busco a tontas y a locas. Dejo que él se venga a buscarme, lo llevo con el directo de zurda y lo cruzo con el uno/dos. Estupor. Las dos veces lo conecto, y le saco la sonrisa de la cara. Se arma la pelea. Me pega un par de veces en la cara. fuerte, y un gancho al hígado que me hace aflojar las piernas. Me agarro de él, aguanto el aire y retrocedo con un directo de derecha  que le acierta en el pómulo. Le dolió, estoy seguro. No lo busco. Me escapo y contraataco. Si quiere me mata a golpes, es obvio e innegable. Pero no puede, porque necesita conservar su trabajo de profesor. Sin embargo ya no se burla. Qué bueno es que te tomen en serio, aunque duela.

Pasan los dos minutos del primer round. Sin aire me voy para mi rincón y me  siento en el banquito con la vista nublada y con el estómago revuelto.

Segundo round

El boxeo es el arte de la anticipación.

Descubro que no soy de cristal. Tengo el pellejo duro. Como quedó demostrado en el primer asalto. El Profe decide que se acabó lo que se daba y empieza a boxear fuerte. Retrocedo y lo busco de contragolpe. Pensando. Moviéndome rápido hacia los costados. Cintureando. Él se mueve pendularmente de izquierda a derecha. Calculo y espero. Tiro el gancho de derecha no donde estaba el Profe sino donde iba a estar. Y estuvo. Le doy de lleno en el mentón. Sorprendido, da dos pasos para atrás. Rebota en las cuerdas, y se agarra de ellas porque sino se cae. Victoria por puntos. Quedan escasos veinte segundos, hay que aguantar. Paso cinco segundos casi corriendo para que no me alcance, otros cinco segundos con la zurda en punta como un ariete. Estoy muy cansado, no puedo levantar los brazos. Entonces lo abrazo y no lo dejo moverse mientras saco mi protector bucal en los labios para poder tomar más aire y que se me pase el ahogo. Ya termina. Replegarse y aguantar. Faltan cinco segundos. Profe mañoso,  por códigos no me puede pegar más y tampoco puede dejar pasar mi atrevimiento. Pero puede ocurrir un accidente.

Mientras lo tengo tomado y no lo dejo moverse, se agacha y se levanta de golpe. Eso se llama cabezazo y un punto menos. Es más viejo que Rocky Marciano. Se me pone todo blanco y huelo la sangre en la nariz y la saboreo en la boca. Se termino el match, los dos en el centro del ring. La victoria duele, pero es victoria al fin. Con la lengua me toco los dientes y descubro que me falta la mitad de uno, lo quebró del cabezazo. Como puedo me quiero sentar en el banquito de mi rincón, pero me lo sacaron y me dejaron solo. Entonces vomito.

Epifanía

Dos noches después tengo el diente partido con necrosis, llegando casi al umbral máximo del dolor. Tengo que esperar una semana que se baje la hinchazón, tomar Ketorelak y antibióticos como gomitas de colores.

No hay calma chicha, todo es mar tormentoso de dolor.

La luna llena ocupa casi toda la ventana que da al patio, al damasco que está lleno de flores blancas, lánguidas y sexuales. En eso aparece una mariposa chiquita pero morruda, de alas naranjas con círculos rojos y se acercó a una flor. Y como que se la empieza a chamullar, de a poquito, con timidez de lobo estepario. Las dos solitas entre tanta luna.

Absorbido por la desesperación del dolor me quedo mirando cómo se empiezan a conocer. Entonces aparece otra mariposa. Una flaca, huesuda, de un amarillo amanecer, quien sin tapujos la encara a la flor blanca, sin importarle un pepino que la mariposa anaranjada la estuviera cortejando primero. Y la cosa se pone áspera.

A la mariposa anaranjada no le gusta nada que le quieran “soplar” a su conquista; a punto tal que después de un diálogo tenso de mariposas enojadas se van a las manos, o las alas. La morruda anaranjada y la flaca huesuda amarilla se dieron una tunda feroz, mientras la flor del damasco mira desde un rincón, con deleite y excitación, como las dos se pelean por ella. Se trenzan durante unos vertiginosos segundos con golpes certeros y sanguinarios, mientras el dolor de mi diente llega al paroxismo.

Gana la mariposa amarilla y se queda con la flor a sus pies. La anaranjada se va con la cola entre las piernas. Entonces la revelación toma forma: las mariposas son buenas boxeadoras porque liban, no tienen dientes para perder.

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