Crónicas de amor a la mendocina | Mujer Bonita

Crónicas de amor a la mendocina | Mujer Bonita

Sara nos deja otra de sus atrapantes crónicas... ¿de amor? a la mendocina, en esta ocasión la historia de un yuppie suizo con un pequeño problemita oculto.

Sara Berlin

¿Qué puede salir mal en un viaje a Córdoba en moto con un tipo que corría en la Fórmula 3 italiana? Pues podría ser que la Vespa tenga poca autonomía y no alcances a llegar a recargar nafta en Las Catitas. O podría caer granizo entre San Luis y Mina Clavero (todos los que han andado en moto en la ruta saben lo jodida que es la lluvia… porque cada gotita de agua, al pegarte a 120 km/h, es como una pequeña aguja que se te clava en la piel... y a eso sumale el viento que te cala hasta los huesos cuando estás empapada… con tormenta eléctrica al fondo). También podría pasar que el tipo se ofenda porque le insistís con que cojan en la noche (¡!¡!) y te deje varada en la capital mundial del Fernet con Coca. Suena a riesgos poco probables. Pero háganme caso, ténganlos en cuenta a la hora de decidir si viajan o no. Porque pueden pasar.

Cuatro meses antes de encontrarme sola en la ciudad de Córdoba recuperándome de una hipotermia, me deslumbré con un suizo que se sentó junto a mí en un viaje de avión de Lima a Santiago de Chile. Yo estaba leyendo Los hombres que no amaban a las mujeres y tenía mi pasaporte europeo en la mano. En eso llegó este chico a sentarse en el asiento de al lado, y al ver mi libretita roja me preguntó en alemán cómo me llamaba. Yo, que no tengo de europea más que los papeles que mi madre gestionó como medida desesperada en el consulado durante la crisis del 2001, le respondí en un inglés chapurrado que era Sara Berlín y que cómo se llamaba él… Cerré el libro que tenía en las manos.

Robert trabajaba haciendo consultorías financieras, donde le pagaban 2.000 USD por día. Me contó que había cenado en Astrid y Gastón, el mejor y más caro restaurant de Lima. Y me explicó cómo funciona el mundo del Golf, y qué significa tener hándicap. También me contó que su sueño frustrado era ser ingeniero de Ferrari, que era hijo de un diplomático español, y que durante su tierna juventud, en un ataque de rebeldía y ansias de independencia, había trabajado como escort. Todo un personaje, incluso para mis estándares.

Cuando me pasó su tarjeta para que lo llamara si quería tomar un café, la dejé en un bolsillo y aparatosamente volví a agarrar mi novela (sí… ya había leído “Por qué los hombres aman a la cabronas”). Tras aterrizar, al tener que llenar mi declaración jurada para entrar a Chile le pedí prestada una lapicera… me pasó con desparpajo una Montblanc que me puso nerviosa, por miedo a que se me cayera y tener que vender un riñón para devolverla, pero salió todo bien. Más tarde, en un exceso de galantería, me ofreció llevarme a mi casa con su chofer. Pero yo me iba en micro, y dignamente decliné su invitación. Antes de desaparecer me pidió el teléfono.

Por entonces, yo tenía que volver a Mendoza para rendir mi última materia. Pero al otro día, cuando me llamó el suizo y me invitó a almorzar a un barrio que no sabía que existía, decidí quedarme unos días más en Santiago de Chile. Fuimos a un concierto de Sarah Brightman (yo tampoco la conocía). Él con un traje de seda de Ermenegildo Zegna y yo con jeans y una remera que había comprado en un persa en Lima (en las fiestas de 15 a las que estuve invitada después de 12 aprendí que suele ser mejor estar menos arreglada que el resto y no al revés. Asi que iba tranquila y lo convencí de que quien no entendía los códigos sudamericanos era él). Supongo que me creyó, porque a la noche siguiente me invitó a comer ostras con Kir Royal en el W de Isidora Goyenechea (y yo mantuve mi código extra hippie sin OSDE de vestimenta) y al otro día fuimos a Fantasilandia (la versión chilena y sin onda del Parque de la Costa). En ese momento me debería haber resultado sospechoso que no me insistiera con que pasáramos una noche juntos, pero lo interpretaba como una prueba de que le gustaba en serio (Sí, tienen razón. Si le hubiera gustado en serio sí hubiera querido acostarse conmigo, tomen nota chicuelas).

Cuando no puede hacerme más la boluda con el examen final que me esperaba en casa, decidí volver. La noche anterior, me dijo que quería que fuera su novia. Que con toda su experiencia en el mundo reconocía un diamante en bruto cuando lo tenía en frente, y que quería que tuviéramos una relación exclusiva y comprometida. No me gustó mucho la parte de “en bruto”, pero tampoco tenía ningún plan mejor para el verano, y honestamente, (pero no le digan a nadie), el tema de los rolex y las cajas para guardarlos que los dan vuelta para que no pierdan la pila, junto a las anécdotas en Eton y las historias de vivir en Londres y después de la fiesta ir a buscar Croissants para el bajón a París me tenían fascinada. Creo que es lo más cerca que he estado de ser una puta en toda mi vida.

Volví a Mendoza. Obviamente, lo primero que hice fue ir a la Galería Caracol a buscar un par de vestidos decentes para futuras salidas con el suizo de los relojes. Después me recibí y después, aún con rastros de violeta de genciana en el pelo, me presenté para Reina de la Vendimia en el Bermejo, representando a la biblioteca popular. La cosa sirvió para conocer una sidrera y ensayar sonrisas forzadas, caminando con tacos mientras con una mano saludás al público y con la otra te agarrás con todas tus fuerzas del gaucho improvisado que te asignaron para entrar al escenario. La aventura no pasó a mayores, lo que me dejó a comienzos del verano, libre para irme a ver al suizo con mis vestidos nuevos en la mochila.

Allá fuimos juntos a bares con terrazas en alturas poco recomendables para países sísmicos, también comimos asados con entrañas maceradas con finas hierbas y precios imposibles, y planeamos viajes a Londres y Barcelona. Pero en algún momento comenzaron a pasar cosas raras. Empezó a quejarse de que hacía mucho que no lo llamaban para alguna consultoría… De todos modos, cuando llegó la hora de volver a Mendoza, me ofreció que en vez de tomarme el micro de las 14 hs, esperara que se comprara un auto esa tarde y viajábamos juntos al otro día. Ante mi escepticismo, efectivamente se compró un escarabajo de 1980 y le pusimos “Ringo”, por el autor de la mejor canción de los Beatles. Esa noche me quedé en su departamento y me puse el camisón más sexy que tenía. Pero ante mi frustración, y después de que vi como si me interesaran las dos primeras entregas completas de El Padrino, tampoco pasó nada.

Todavía no entiendo por qué yo no me dí por enterada del problemita sexual de mi acompañante. Llegamos a mi casa y se lo presenté a mi madre (santa madre…) Después de eso vino el viaje a Córdoba, y desapareció por primer vez… (sí… hubo una segunda). De hecho, aquí esta: lamentablemente, fui de vacaciones a La Serena a fines de ese verano, y luego de algunos correos y declaraciones (otra vez…) rimbombantes, nos juntamos a tomar un café. Que todo se debía a que estaba estresado porque no lo llamaban para hacer consultorías. Y que si no trabajaba no cobraba. Y que no tenía plata para comprar comida, porque no estaba acostumbrado a medirse en sus gastos. Conmovida (y con algo de culpa, porque varios de esos gastos habían sido llevarme a mí a darme la gran vida por la capital del país trasandino) le pasé mis ahorros (¡¡¡Sara!!!). Ante mi sorpresa, volvió a desaparecer, y esta vez de manera definitiva.

Yo creo que a estas alturas ya debería haber aprendido a no volver con este tipo de boludos, pienso mientras tomo mate y me siento más pelotuda que la hermana de Flavio Mendoza. Pero quién me quita lo bailado… y ahora ya sé que los rolex y los palos de golf y los trajes de tiendas de la quinta avenida sólo ponen una capa de barniz a los mismos miedos con los que nos enfrentamos todos. Y las ostras… las ostras son un asco.

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