Arriba las manos: ¡esto es un plagio!

Arriba las manos: ¡esto es un plagio!

Tras largos meses de espera, Duque Blanco aprovecha su tiempo libre para hacernos un par de confesiones y librarnos de la culpa de tener o compartir ideas parecidas a la de los demás.

Duque Blanco

No olvidar lo que ves ya se ha visto ya
Profecías, de Vox Dei

ADVERTENCIA: LA SIGUIENTE NOTA NO CONTIENE REFERENCIAS AL COVID-19, SALVO POR ESTA ÚLTIMA.

Cuando tenía dieciséis años escribí mi primer cuento, que en ese entonces era para mí todo un logro de ingeniería mental. Hasta ahí lo único que escribía eran las primeras páginas de un montón de novelas inconclusas que siempre lograban aburrirme. Todo eso cambiaba con mi primer cuentito: trataba de un hombre-que podía ser o no inglés, pero con toda seguridad era un aristócrata- al que las mujeres de su familia torturaban buscándole una esposa. Cada una de las candidatas era peor que la anterior, lo que hubiera sido lo mismo que decir que eran iguales a su madre, a su tía y hasta a su hermana, las antagonistas del relato.Luego de insoportables citas- pero divertidas de leer y escribir-el protagonista abandona una de ellas y mientras deambula por la ciudad, tropieza con una prima lejana- lejanísima- con la que solían jugar de pequeñitos. La mujer era todo lo que él quería y esperaba: era inteligente, independiente, había viajado por el mundo y, lo más importante, disgustaba de asistir a esas tediosas reuniones sociales a la que su familia lo obligaba a asistir. Luego de algunas idas y vueltas la convence de contraer matrimonio y,cuando todo parece acercarse a un cierre feliz, su nueva esposa lo sorprende regalándole un esmoquin nuevo para que ir juntos a una fiestita que una amiga de ella organizaba.

No era la gran cosa, pero me gustaba mucho ese cuento: que una idea mía pudiera tener un inicio, un nudo y un desenlace era como descubrir que tenés poderes mágicos. Como sucedería con todo lo que escribiría más adelante, mi novia fue la primera en leerlo. Nunca esperé la respuesta que me dio: Esta bueno, dijo, pero es igual a un cuento de Saki. Efectivamente, la historia era punto por punto un cuentito suyo que se llamaba Té, y que yo tenía en una antología que me habían hecho leer en la escuela. Yo ni era consciente de que lo había copiado:Bueno, no será para tanto, respondí, hay cosas distintas. Pero a cada diferencia que yo señalaba ella me lo refutaba leyendo algún pasaje del cuento. Hasta los nombres copiaste; el tuyo es Jaime y el original es James, y ya con eso detalle fue tal mi vergüenza que rompí las hojas y guardé el Word en una carpeta que se terminó por perder en algún back-up.

Ahí hubiera quedado todo; pero ordenando el otro día mi casa encontré la susodicha antología, lo que me hizo pensar un montón de boludeces que- creo yo- valen la pena explorar un poquito más en profundidad.

Ya del vamos, que te acusen de plagio es bastante incomodo: es una palabra muy fuerte y muy fea. Tiene ese aire de criminalidad parecido al de otras palabras grotescas, como sabotaje, rapiña o perjurio. Investigando un poco encontré un posible motivo para tal repulsión: para los romanos, plagio era el tipo que secuestraba ganado, esclavos o hasta niños. Si fuera por pura literalidad estaría a la altura de pederasta o un barco negrero; pero para mi suerte, la palabra llegó bastante diluida a nuestros días, y hoy es solo un delito más de estafa o defraudación. Plagio es ahora un tecnicismo con el que se castiga el acto de copiar o reproducir algo y hacerlo pasar por propio: por ejemplo, al francés Michel Houellebecq lo denunciaron por copiar y pegar fuentes de la Wikipedia en su novela El mapa y el territorio, sin usar comillas o indicar cuál era la fuente original. Algo más propio de un alumno de polimodal que de un posible premio Nobel.

Obviamente, es muy raro que alguien copie de forma íntegra el todo o una parte de una obra; sucede, como cuando pescaron que en un libro de Jorge Bucay habían más de sesenta paginas idénticas a las de otro libro de una tal Mónica Cavallé. Pero la gente es más viva, y sabe disimular: te cambia una palabrita, unos colores o hasta altera el orden de los factores. Pero todo esto solo es válido para un terreno frío como el de la publicidad, el periodismo o hasta de los trabajos académicos, donde es tan fácil pescar este tipo de prácticas que hasta existen programas que pueden detectar los ejercicios de reflejo y camuflaje con mucha facilidad. Así lo pescaron a Peña Nieto hace algunos años cuando descubrieron que en su tesis doctoral había reproducido como diez trabajos diferentes sin ningún tipo de crédito.

Por contraste, a muchos el plagio los indigna más que un simple delito contra la propiedad; lo consideran una afronta a la creatividad, contraria al espíritu humano, a la dignidad o que hasta a la moral pública. En sus discusiones traen a la mesa la figura del artista sufrido, el que desde un altillo llora poemas, pinturas o novelas que hablan verdades profundas. Puras boludeces que- creo yo-solo pueden sostenerse si naciste en los países donde tus abuelos fueron inmigrantes y se construyó por eso el relato de que el sufrimiento era la única forma de alcanzar lo querido. Aclaro que la creatividad tiene su lado malo, pero es más parecido al tedio o la frustración que a las lumbalgias por trabajar en la finca. Pero al asimilar el sufrimiento con esfuerzo construyen una trampa en la que sí podemos caer todos: a nadie puede caerle bien un tipo holgazán o flojo, vago o hasta pajero. Y con esta lógica uno atraviesa el murallón del club para quedar parada la tribuna de la cancha. A este tipo de dolencias la suele acompañar una fiebre catastral muy específica, como cuando Juan José Saer acusó a Schrader y Scorsese de copiar una idea suya para usarla en la película TAXI DRIVER- encima de todo, la historia Saer se titulaba “El Taximetrista”. Otros casos similares fueron Hombre mirando al sudeste con el de las yanquis K-PAX y Mr. Jones; el comic argentino Cybersixcon la serie Dark Angel – a la que no siguieron demandando porque se quedaron sin guita; y el de la francesa El año pasado en Marienbad, que es una adaptación no oficial- lo que significa que no pusieron un peso- de La invención de Morel.

Y así podría seguir enumerando un sinfín de casos para el enojo de todos nosotros. Pero el arte es más que la enumeración de- guarda la palabra, que es larga- hechos u ocurrencias plausibles de reproducción. Nuestro placer estético nace de la mezcla de elementos artísticos, según la intención de un autor, y condicionada por la respuesta que puede o no producir en su público: por dar un ejemplo, en la literatura, el modo en que emplee las palabras puede hacerte llorar o enfurecer; aun cuando lo que yo buscaba era hacerte reír con alguna ocurrencia.  Te digo más: podría tener la capacidad de retórica de un diccionario, pero solo existen un puñado finito de historias para contar: venganza o rescate, persecución y fuga, búsqueda de tesoros, asesinatos o hasta triángulos amorosos. Tarde o temprano, terminaría por repetir el núcleo principal de acciones o eventos. No por algo la mayoría de los héroes son huérfanos o los mentores mueren antes que termine el segundo acto. Lo mismo pasa con la música, que tiene siete notas, o en la pintura, porque salvo que seas daltónico todos los videntes tenemos la misma cantidad de conos y bastones para percibir los colores.

Por eso, lo importante- y hasta lo interesante- es ver como distintas personas trabajan sobre un material parecido; o como repiten los profes de comunicación social, el arte es más sobre el cómo que sobre el porqué. Volviendo con el ejemplo de la música, un compositor dispone del tono, el ritmo o las armonías para diferenciar su canción de las otras. Como no soy músico, mi ejemplo va a ser más largo y de novela: el libro Cosecha Roja, escrito por Dashiell Hammett, trata entre otras cosas sobre un detective que logra sacarse de encima a cuatro mafiosos engañándolos hasta que se maten entre sí. El mismo modus operandi fue trasladado por Akira Kurosawa al Japón medieval en Yojimbo. Tanto le gustó la idea a Sergio Leone que grabó la misma peli, pero con vaqueros y Clint Eastwood, filmando así Por un puñado de dólares, del que Kurosawa opinaba que era una muy buena película, pero que seguía siendo SU película. Años después, los hermanos Coen sumaron su granito de cinismo con De paseo a la muerte(Miller´s Crossing en ingles), con un prota que juega a dos puntas por toda la película hasta lograr su objetivo.

Hay más ejemplos de esto que películas de Bollywood, y por eso no dudo cuando digo que el plagio ofende como lo hace porque malgasta nuestra capacidad de asombro. Vivimos hambrientos de novedades. Si ya vimos o leímos una historia, ¿para qué carajo voy a querer perder el tiempo en algo que ya se hizo bien? Mejor sería que ese artista encontrara un nuevo problema o una nueva solución para entretenerme, y si es posible mejor y más grande que la última vez. La música y el dibujo zafan de esto un poco por el tema deloscovers, y porque solote piden un minutito de tu atención; ¿pero una novela, que te exige como dos semanas para enterarte que es El corazón de las tinieblas,pero ambientada en la guerra de Kosovo? Eso al catálogo de Netflix no le conviene- excepto que tenga los derechos para su distribución internacional- porque te hace perder todas esas series nuevas que graban como si se tratara de video de quinceañeras. Con este esquema mueren los matices y las opiniones, la forma de narrar o hasta los detallespor los que volvernos locos opinando y comentando. Mi viejo me cuenta que nunca habló más de quince minutos seguidos con su papá en toda la vida; pero de lo que jamás se va a olvidar- y me lo cuenta cada domingo en la mesa- era cuando su papá- mi abuelo- veía que en la tele que pasaban alguna peli de John Wayne, y cómo durante esas dos horitas el mundo entero se detenía para el viejo, que tanto se aflojaba que podía hasta largarse a llorar aún con los hijos y la mujer dando vueltas por ahí cerca en la cocina. Eso solo lo podés sentir si miraste una y otra vez la misma peli, como si se tratara del sueño de tu vida o de algún recuerdo de tu niñez. A diferencia de lo que muchos piensan, cada nueva visita que hagamos a aquello que alguna vez nos emocionó es una invitación a lo imprevisible, porque nos puede volver a gustar tanto o más que la primera vez, o hasta nos puede desilusionar, y hay que tener un buen nivel de madurez para darse cuenta que el pasado no era tan bonito como se recordaba sin sentirse un boludo importante.

De seguir así, este nuevo estilo de vida que compartimos va a matar a la mística. El que es hincha de Quilmes no lo es por haber ganado el Metropolitano del ´78, sino por todos los otros partidos que hubo antes o después, donde festejó con un abrazo, lagrimeó con el descenso o peor, se aburrió por ver tantos empates. Nosotros pretendemos obtener la misma experiencia completa en trece episodios o menos, para de ahí seguir adelante con la siguiente cosa en la lista de cosas por hacer. Sonaré moralista, pero nos fastidia más bancar a un artista “perezoso”que el darnos el lujo de holgazanear cuando tenemos una vida tan corta.

Pero peor la pasamos los artistas. Esta mentalidad nos separa y divide, porque con esa lógica no seríamos más que unos guardianes de ideas y eventos, siempre al borde de la paranoia para que nadie nos afane la invención. Bajo esa mentalidad nunca hubiera nacido Breaking Bad, porque durante una fiesta un amigo de Vince Gilligan le contó sobre la idea que tenía cómo se podía ganar dinero- y sin que te atrapasen- cocinando droga en una casilla rodante en medio del desierto. ¿Podríamos decir que ese tipo inventó Breaking Bad? Ni en pedo, porque todo lo que nos enganchó y emocionó salió del genio de Vince y de los cientos de personas que trabajaron con él.

Preparando esta nota, envié una pregunta al programa de radio “Un Mundo Feliz” de Sebastián de Caro, el único humano capaz de realizar las triangulaciones de datos culturales que esta nota necesitaba. Durante el programa en vivo mandé varios mensajes por WhatsApp - preguntando por casos similares a los que comenté más arriba- y tal fue mi insistencia que Sebastián pensó que buscaba mierda por el solo gusto de sentir el olor a caca. Se enojó bastante, y si bien no recuerdo textual sus palabras, me preguntó en vivo- sin decir mi nombre- porque carajo buscaba quilombo cuando los tenía a ellos tres, a Saer, a Schrader y a Scorsese, a esos tres genios juntitos ahí para que los disfrutara por igual. Tenía razón, y creo intuir otro motivo más para su descontento: en 2007, Seba lanzó un comic llamado Domestico, que trata de un chabón que, para impresionar a la chica que le gusta, se viste de superhéroe y combate el crimen. Si la historia te suena, es porque casi un año después Mark Millar lanzóKick-Ass, no solo con una trama similar, sino que hasta los trajes eran iguales: ambos eran verdes y con algunas líneas amarillas como detalle. ¿Apropiación imperialista o plagio inconsciente? Eso es de revista de chimentos o curiosidades. Si algo aprendí escribiendo esta nota- y con la puteada que me comí- es que las coincidencias existen; accidentes felices, detalles con los que reírnos y que, para los artistas, los une en un mismo barco o misión. Sabiendo todo esto, yo no soy quien para quitarle a Seba esa feliz coincidencia con un tipazo del calibre que es Millar en los comics.Cada cual cuenta esa historia a su manera, y eso debería bastarnos a todos. Nunca hubiera pensado lo afortunado que fui por compartir con Saki, un tipo muerto hace ya décadas, de tan bonita diversión.

Las ideas no se matan, se copian.

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