El entierro prematuro

El entierro prematuro

―Me imagino que Atilio fue preso por matar a su hermano ―comentó Rodolfo cuando oyó la conclusión del relato. Virginio solo sonrió de costado sarcásticamente y respondió...

Sr. Zantata

"El mundo de nuestra triste humanidad puede asumir la apariencia de infierno"
Edgar Alán Poe | El entierro prematuro.

La luna se cernía enorme, brillante y majestuosa sobre el horizonte. El frio glaciar de los primeros días de junio se calaba en los huesos de los oficiales que estaban escondidos en el cementerio de Lujan de Cuyo a la espera de que el ladrón de tumbas se apareciera nuevamente. Un vil y vulgar ladrón que se metía en el panteón de noche y robaba cuanta cosa de valor encontrase.

Era el invierno de 1890, unos de los más largos y crudos de los que se tiene registro. Una suerte de cuerpo policial, formada por soldados del ejército, se las apañaban lo mejor que podían, escondiéndose en grupos de dos en dos a lo largo de la hectárea y media que conformaba el lugar del suelo santo.

El grupo compuesto por Virginio Zanon, un hombre muy serio y respetado de sesenta años; y el otro del joven Rodolfo Montaña, estaban detrás de un mozuelo y un pequeño grupo de tumbas que se disponían ordenadamente detrás del mismo bajo unos pinos que, por su altura, alcanzaban a ocultar la luz lunar y creaban, sin querer, el escondite perfecto.

Era la cuarta noche consecutiva en la que este par se escondía en el cementerio y, a pesar de lo que se decía en esa época sobre apariciones y casos paranormales, los dos hombres jamás sintieron miedo, hasta esa noche, cuando Virginio, luego de acomodarse en un tronquito de pino que le sirvió de asiento improvisado vio, gracias a la iluminación artificial del astro nocturno, el nombre que yacía impreso en la lápida que estaban custodiando.

―¡La puta madre! ―exclamó asustado. En ese momento, Rodolfo se volvió sorprendido, pues conocía la presencia y la personalidad de don Virginio, no era un hombre de decir groserías ni mucho menos.

―¿Le pasa algo? ―inquirió Rodolfo con un evidente aire de preocupación en su rostro.

El anciano lo miró seriamente, como dudando en cortarle lo que estaba pensado. Intentó resistirse, sin embargo, el miedo y las ganas de desahogarse fueron abrumadoras, por lo que respondió:

―Esa es la tumba de don Pascual Segura, uno de los hombres más acaudalados que vivió en Lujan, dueño de muchas fincas y hectáreas de tierra.

―¿Y qué tiene señor? Le pasó algo en especial con este hombre cuando vivía.

―No, en realidad nunca lo conocí. Solo sé que sufría una terrible enfermedad y que tenía un miedo aún más terrible.

―¿Qué enfermedad?

―Era cataléptico. ¿Conoces el terminó?

―Sí, mi abuela padecía de esa condición, es cuando una persona aparenta estar muerta, pero en realidad sigue viva, a muchos los han enterrado vivos así. Mi abuela pidió que la veláramos una semana porque una vez se demoró cinco días en despertar.

―El caso de don Pascual era peor, dicen que una vez estuvo dormido casi diez días, el hombre tenía un gran miedo a ser enterrado vivo, por eso diseño tres dispositivos para asegurarse que, si se despertaba, podría escapar o ser rescatado. Según me contaron a mí, se despertó dentro del cajón y…

***

―No, no puede ser ―dijo el hombre sumido en la peor de las oscuridades― estoy atrapado, lo sabía, lo sabía, ¡maldición! Sabía que esa estúpida de mi mujer no iba a esperar el tiempo suficiente y me enterró, Dios mío, por favor ayúdame. ―En ese momento le propino dos golpes al cajón que terminaron lastimándole un poco los nudillos.

Tranquilo, Pascual, tranquilo. Recuerda que diseñaste esto, el cajón es poco más grande que el convencional, tenés más aire para respirar; además, hay el sistema de bisagras y resortes, solo tenés que tirar de las palancas, eso va a abrir un poco el cajón y el cuidador te va a oír; después de todo, el mausoleo está al lado de la entrada. ―Entonces, Pascual Segura comenzó a buscar el sistema de palancas, respirando tranquilamente, casi con timidez. Al encontrar el sistema, sintió que su cuerpo encontraba un poco de alivio, no obstante, cuando tiró del mismo, ambas palancas se cortaron en seco en el lugar donde se fijaban con un tornillo.

―No, no, no, Dios, por favor ayúdame, qué hago ahora, ¡qué hago! ―El hombre comenzó a gimotear y las ganas de llorar lo acongojaron―. Esta estúpida, tarada y palurda no aceitó el mecanismo antes dejarme acá. Lo primero que voy a hacer cuando salga es golpearla hasta dejarla inconsciente… ―Ipso facto, accionó el segundo mecanismo que no le parecía tan seguro como el primero. El mismo constaba de una cadena finita que, a través de una polea, accionaba dos funciones: una liberaba una trampilla que le permitía el acceso a aire al féretro y la otra activaba una campiñita muy ruidosa. Pascual Segura tiró de ella y el pánico se hizo aún más grande cuando sintió que la misma se cortaba.

En ese momento, su miedo se volvió más real que nunca y comenzó a moverse de un lado al otro para activar el ultimo mecanismo, en que constaba de unas pequeñas ruedas de madera que se movían sobre un riel arriba de la estructura que sostenían el cajón, unos segundos después, notó que no se estaba moviendo ni un milímetro, entonces lo comprendió: su esposa lo había sepultado bajo tierra. El odio, el miedo y la ira, crecieron exponencialmente en el cuerpo de Pascual y estavez le propinó un golpe tan fuerte al cajón que su mano lo traspasó. Al ver que tapa del cofre se había debilitado, la golpeó nuevamente una y otra vez, hasta que hizo un hueco lo sufrientemente grande como para poder escapar. Dolorosamente, comenzó a escarbar metiendo de a poco la tierra dentro del cajón. Unos segundos después, logró salir y se levantó de su tumba.

Era de noche y la ausencia de luna le sirvió como camuflaje perfecto para escapar del cementerio sin ser visto por el cuidador.

Caminó por las calles que tanto transitó estando en vida y, luego de treinta minutos, llegó a su hogar. Después de abrir la reja de hierro forjado, se dio cuenta de que la casa estaba pintada de otro color, entonces dijo:

―En diez días que llevo fallecido ya pintó la casa. Es una malparida, una mal agradecida.

Al acercarse más, vio que su vehículo había sido reemplazado por otro. Esto lo puso más furioso; y, sin decir nada, solo llenándose de ideas negativas, buscó la forma de entrar en la casa.

Después de revisar las ventanas, descubrió que la de la cocina estaba abierta. Al entrar, vio que la misma había sido remodela por completo. Hizo un pequeño tour por la casa y vio que todo, absolutamente todo estaba cambiado: el recibidor, el living, su estudio, etc. Todo esto lo desanimó, sin embargo, solo quería hacerle daño, ya que aún la amaba. Se desplazó hasta su dormitorio y antes de entrar, algo le llamó la atención.

―La muy sin vergüenza se casó con Atilio, mi hermano ―murmuró indignado, mientras que levanta un pequeño retrato en el que se veía que su esposa había contraído nupcias―. Esto no puede ser, solo diez después de mi muerte me hacen esto. Lo tenían todo planeado, estaban esperando que me durmiera para hacerme esto.―El odio lo hizo su prisionero y una sed de venganza incontrolable se apoderó de todo su ser.

Entonces, se abalanzó sobre la que una vez fue su amada y empezó a ahorcarla. La mujer, al verlo, se asustó tanto que no podía hablar, abría la boca lo más que podía para gritar, pero el aire se le escapaba, como un niño intentando recuperar un globo atrapado en la brisa.

―¡Asique pensante que me ibas a poder enterrar vivo, creíste que no iba a volver! ―farfulló molesto.

En ese momento, su hermano se despertó y cayó al piso al ver la escena, simplemente no podía creer lo que sus ojos le mostraban, pensó por unos segundos que se trataba de una pesadilla, la peor de su vida; no obstante, el dolor que le propinó la caída, le dio a entender que estaba viviendo en la realidad. Atilio comenzó a arrastrarse hasta el ropero donde escondía una escopeta.

Pascual seguía ahorcando a su ex esposa sin parar, esperando a ver como el alma abandonaba su cuerpo; hasta que Atilio disparó. El tiro fue muy certero y le dio en la cabeza, Pascual cayó de costado, pero se levantó inmediatamente, como si nada hubiese pasado y dijo:

―¡Sobreviví a la muerte que ustedes me impusieron para volver y matarte! ―exclamó enojado señalándolo con las manos cubiertas de sangre y tierra.

Atilio disparó nuevamente y el proyectil reventó el pecho de Pascual Segura. El impacto fue tan fuerte que lo lanzó hasta la pared dejándolo inmóvil en el suelo. Inmediatamente, se colocó sobre él y le dio tres escopetazos más, hasta que se aseguró que su hermano no se iba a levantar. Una hora después, la policía llegó y los encontró a la pareja abrazada sobre la cama…

***

―Me imagino que Atilio fue preso por matar a su hermano ―comentó Rodolfo cuando oyó la conclusión del relato. Virginio solo sonrió de costado sarcásticamente y respondió:

―No, no pudieron meterlo preso.

―¿Por qué?

―Conoces algún caso en donde el enfermo se halla despertado después de diez años…

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