La señora de las estampitas

La señora de las estampitas

Cuando estaba a punto de salir, una mano delgada, larga, con uñas cortas y resquebrajadas lo tomó por sorpresa y le apretó el hombro.... cuentazo de terror de la mano de Sr. Zantata.

Sr. Zantata

“La santa cruz sea mi luz. No sea el demonio mi guía retirare, Satanás”

Matías Videla era un joven muy listo y atractivo que resaltaba fácilmente entre los demás. Tenía una inteligencia muy ágil, perspicaz y superior al del resto de sus semejantes. Tanto fue así, que logró ingresar a la facultad de medicina estudiando solo unos dos días antes del examen de ingreso. Su padre, que por cierto estaba muy orgulloso de los logros académicos de su hijo, hizo un esfuerzo económico sobre humano y, perdiendo parte de sus ahorros, le alquilo a su hijo un modesto departamento cerca de la Universidad Nacional de Cuyo. Dicho inmueble se encontraba sobre la calle Perú y en aparienciaera un lugar extremadamente tranquilo, a excepción de un pequeño detalle…

El día en que Matías se instaló en el departamento se sentía muy feliz, más que nunca en su vida, pues había logrado con solo dieciocho años lo que tantos anhelan: la independencia.

Desempacó todo su padre, armó a medias su residencia estudiantil y, cuando sus padres estaban por marcharse, su madre cometió el error de colgar un rosario en la puerta de entrada. Esto hizo que Matías comenzara a bramar de ira y sin poder contenerse, le dijo:

―Mamá, sabes muy bien que no creo en esas cosas, por favor te lo pido, llévatelo. ―Su madre se encogió de hombros y retrocedió un poco, como si le tuviese miedo a su propio hijo; y, es que, cuando se trataba de discusiones, Matías siempre encontraba la forma de ganarlas, nunca les faltaban los argumentos sólidos para refutar las ideas de los demás y dejarlos, la mayoría de las veces, en ridículo. Matías era un fiel teísta, creía en la existencia de algún ser supremo que creo todo lo que conocemos, sin embargo, desaprobaba todas las religiones porque, según él, las religiones Abrahámicas eran el cáncer de la sociedad, y el resto de las creencias mundiales: como el budismo, el hindú, etc, eran la metástasis.

Como don Videla conocía el accionar de su hijo, y también le había tomado cierto respeto, respondió por su mujer de forma inmediata:

―Mati, ya sabemos lo que pensas, pero eso es un regalo de tu mamá, por qué no lo dejas en la puerta ―dijo calmando las aguas―. Después de todo, no creo que te moleste y no se ve mal. ―Está vez, fue el muchacho el que se encogió de hombros y decidió quedarse callado respecto al tema cuando vio el rostro acongojado de su madre. No obstante, no fue capaz de ocultar el enojo y respondió:

―Está bien, papá lo voy a dejar. Por qué vos me lo pedís ―musitó despectivamente, dando a entender que lo tiraría en cuanto ellos se fueran.

Unos minutos más tarde, hubo una despedidamuy fría y poco conmovedora, pues Matías tenía muy mal genio y eran contadas las ocasiones en las que dio el brazo a torcer respecto a una decisión.

Apenas se fueron sus padres, se tiró sobre su cama mirando el techo. Miró el rosario y se sintió un poco de enojo, entonces se dio vuelta y no pudo evitar observar por la ventana, ya que su balcón daba de frente con otra residencia bastante similar a la suya, pero que carecía de cortinas.

Matías ajustó su vista y lo que vio lo llenó de pavor. Tras el sucio cristal había una mujer horrorosa, de aspecto famélico, cara alargada y ojos tan negros como las alas de un cuervo. La vista lo impresionó tanto que se quedó sin aire unos segundos. “Debe tener demencia senil" pensó. La siguió mirando durante unos segundos y sentía que la mirada de aquella anciana se le calaba en los huesos. Estaba muy seguro de que también lo estaba mirando. Entonces, el joven, preso del miedo, se levantó y caminó lentamente hasta la ventana para cerrar la cortina. Cuando estaba llegando a su destino, la mujer se reincorporó de donde sea que estuviese sentada y se acercó al cristal que la separaba del balcón.

El muchacho percibió como el pánico lo envolvía y un frio gélido y espeluznante comenzó a trepar por su espalda baja. Cerró la cortina y se acostó bajo las sabanas, como un niño pequeño después de ver una película de terror.

Al día siguiente, estuvo más ofuscado que nunca. Por primera vez en su vida, no podía concretarse. Encima de todo eso, cuando llegó el almuerzo, le contó lo sucedido a sus compañeros y estos no hicieron más que mofarse de él porque le temía a una ancianita que no debía quedarle más de unos meses de vida.

Al llegar a su departamento, vio que la anciana estaba sentada en la vereda del frente. Bajó la mirada y entró tan velozmente que se golpeó con el filo borde de la puerta en la cara.

―¡La puta madre! ―exclamó―. Me estoy volviendo loco.

Se recostó sobre su cama, para poder conciliar el sueño perdido la noche anterior, sin embargo, hubo algo que lo dejó estupefacto. En el cielo raso, justo en sobre su cama, había una estampa de San Benito pegada con cinta adhesiva.

El muchacho bramó de ira, la rabia fue tal, que sus mejillas se pusieron rojas y comenzaron a arder. Entonces, se levantó, tomó la estampita y la rompió en mil pedazos. Al terminar, sintió un poco de satisfacción. Tiró los restos por la ventana y notó que la mujer estaba allí, mirándolo fijamente, inimputable, insípida, horrorosa; como una bruja sacada de una caverna. La piel blanca de la anciana daba de pensar que la misma llevaba un buen tiempo muerta, el muchacho se llenó de pánico y se fue.

A los cien metros de su residencia empezó a correr a toda velocidad hasta que llegó a la casa de su amigo Sebastián:

―Loco ―dijo intentando recuperar el aire en el portero de la casa―. Necesito que me ayudes, por favor. ―Entonces, Sebastián le respondió por el altavoz.

―Mati, estoy con una minita ahora, ¿qué pasó?

―La vieja que vive frente a mi departamento me sigue mirando mal.

En ese momento se pudieron oír unas risitas detrás y su amigo le respondió:

―¿Y qué querés que haga?

―Qué me acompañes a mi casa y te quedes a dormir.

―Vos te estas volviendo loco ―afirmó el joven en tono burlesco―. ¿Cómo podés tenerle miedo a una vieja? ―Inmediatamente, el altavoz calló y Matías comprendió que estaba solo. Decidió, entonces, llamar a su papá, sin embargo, cuando buscó su celular cayó en cuenta que se lo había olvidado cuando huyó del departamento.

Volvió a su casa caminado muy despacio, como un vagabundo que tiene todo el tiempo que perder. Llegó frente a la puerta de su residencia y sintió un poco de alivió cuando al buscar a la mujer de forma fugaz con la mirada, esta había desaparecido.

Entró al departamento y todo estaba oscuro, muy oscuro, se puso a pensar si había apagado las luces al salir. Por más que intentó recordarlo, no lo logró. La casa se veía diferente, un color lila, como el que suele haber en las noches de luna nueva se impregnaba en todos los puntos. El joven se desplazó con sumo cuidado; prendiendo luz por luz hasta que la oscuridad fue nula.

Volvió a la entrada y la cerró con llave. Respiró aliviado y se dirigió a su habitación para cerrar las cortinas. Cuando llegó, el miedo a morir lo apabulló de repente, se puso pálido, su boca se secó, y sus pupilas se dilataron más que nunca. Toda su recamara estaba cubierta por estampitas de San Benito, desde el piso hasta el techo. El joven comenzó a buscar a tientas su teléfono y no lo encontró, no podía recordar adonde lo había dejado.

Se desplazó de espaldas hasta la salida de su casa para volver a huir de allí y poder pedirle ayuda a la policía. Cuando estaba a punto de salir, una mano delgada, larga, con uñas cortas y resquebrajadas lo tomó por sorpresa y le apretó el hombro. El joven giró su rostro y vio que la vieja estaba ahí aprisionándolo sin dejarlo escapar por más que lo intentara. Entonces, Matías la golpeó en el rostro y la noqueó.

Unos minutos más tarde, la policía llegó y se llevó detenida a la mujer. Solo en ese momento, Matías pudo respirar. El resto de la noche lo dedicó a limpiar su habitación, sacando y rompiendo cada una de las estampas de San Benito.

Cuando terminó, notó que el rosario que su mamá le regaló estaba en piso, se reincorporó de la cama, lo levantó del suelo y lo rompió con más ira aun que las estampitas.

En ese momento, Matías Videla se dio cuenta de que estaba equivocado en dos cosas. Primero, comprendió que la mujer no lo estaba acosando, lo estaba cuidando; y segundo, descubrió, de la peor forma posible, que los fantasmas si existen.

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