La redención

La redención

Una lectora nos deja una hermosa leyenda de pueblo, un espectro acosa a quienes vagan por los bosques, hasta que interviene un chamán mapuche para detener al fantasma.

Mendoza Escribe

Era de noche. Reinaba el silencio. Solo un ladrido se escuchaba a lo lejos. Un grupo de acampantes se refugiaban alrededor de un fogón, contando historias y tomando café para calentarse. De repente un ruido proveniente de los arbustos los sobresaltó. —¿Qué fue?, ¿Qué fue ese ruido? —se preguntaban.

Pasado un tiempo, y viendo que todo seguía en silencio continuaron, hablando, deshilvanando cuentos, mientras saltaban del fuego doradas chispas.

Nuevamente los ruidos se escucharon más fuertes y más cerca. Ya los campistas, alarmados, se pusieron en pie y con ojos ansiosos, escudriñaron la maleza.

De repente, un hombre desaliñado y de aspecto feroz, apareció ante sus aterrados ojos. Gruñía, emitía sonidos guturales y agitaba los brazos. Tenía la barba crecida, aspecto semi-animal y vista de espanto.

Los acampantes dando un grito, huyeron despavoridos.

Parece que aquí termina la historia. Pero otro incidente parecido les ocurrió a un grupo de paseantes que caminaban por el bosque. Esta vez el “monstruo” se les apareció royendo una liebre como si fuera un animal. Cara y manos ensangrentadas. Otras aparecía con la cara con barro, otras montado a un árbol como un mono.

Hechos parecidos se sucedieron hasta que llegaron los comentarios a los oídos del alcalde del pueblo. Quedó muy preocupado por el asunto, pues ya eran muchos los que habían presenciado incidentes parecidos. Decidió convocar a una reunión con la gente de la comarca para hablar y definir medidas a tomar.

El día pautado, estaban casi todos, y como era un pueblo chiquito se conocían entre sí.

 —¿Qué les parece que puede estar sucediendo? —Preguntó el alcalde a la asamblea.

Muchas fueron las opiniones y conjeturas, hasta que alguien dijo —A mi me parece que esa bestia rara se parece mucho a José.

—¿José? —dijeron todos.

—Si, José, todos saben que era un tipo raro. Hace años se encerró en su casa y no quiso salir más.

Retrocedamos 50 años atrás.

Erase una casita de troncos, en una lomita, en medio de bosque. Un matrimonio que se amaba mucho vivía ahí. Eran muy felices. Esa felicidad fue interrumpida por un lamentable hecho. Un día, llegó el hombre y, abriendo la puerta, se encontró con su mujer que yacía en el piso con un puñal en la espalda… ¡¡Oh, tragedia!!, ¡¡oh, espanto!!

Se arrodilló al lado del cuerpo yaciente de su amada esposa. Gritó, lloró, se golpeó el pecho, se le nubló la mente. ¡Esto no puede ocurrir!, ¡no cabía en su cabeza! Gritando, jura que los humanos son malvados y que nunca más volverá a relacionarse con ninguno.

La oscuridad de la locura cayó sobre él…

Él era José. Hombre bueno y trabajador. Querido por todo el pueblo. Conocido de todos. Solidario. Siempre que podía ayudaba. Pero desde aquel desgraciado momento, se abandonó, no hablaba con nadie y solo salía cuando era imprescindible. Vagaba como un animal, gritando y emitía sonidos, comía animales como si él también lo fuera. Los roía ahí mismo donde los atrapaba, sin sacarles la piel. Sin orientación, ni guía, así vagó José, años.

—Pero —dijo otro habitante, —ya han pasado muchos años, ¿cómo podría todavía estar vivo?.

—Quizás —dijo otro —se trata de su espíritu, que vaga por ahí, cómo alma en pena, ¡ay, pobre José!

—No podemos saber —dijo el alcalde —quizás el indígena Nehuen, sabio y chaman del pueblo pueda saber qué hacer que hacer, consultémosle.

***

El chaman escucho atentamente y dijo —yo se que hacer, no se preocupen.

Preparó un ritual con el cual invocó a José. Al tiempo, un espectro pálido y desaliñado apareció...

—¿Qué quieres?, ¿a qué me traes? —preguntó.

—José —dijo el Chaman —¿por qué vagas de esa manera, asustando a la gente?

—A mí la gente no me importa —lanzó.

—José —dijo dulcemente el chaman —ni tú, ni tus semejantes tienen la culpa de lo que te pasó, deja atrás el pasado y deja que tu alma descanse en paz.

 —¡¿Por qué me molestas?!, ¡¿por qué me lo recuerdas?!, ¡no quiero recordar, no quiero saber!, ¡no tienes derecho a hacerme esto!

El espectro cayó de rodillas, lanzó un grito agudo, largo y fuerte que se escuchó en muchos metros a la redonda. Lloró y lágrimas de sangre, roja, como la sangre derramada de su mujer, manaron de sus ojos cansados. Exhausto y como herido por un rayo cayó al piso. El chaman, despacio se acercó, lo cubrió de pétalos y cantó una canción mapuche.

Poco a poco, el aspecto del espectro cambió, se suavizaron sus rasgos y su figura entera se desvaneció en el aire...

A partir de aquel momento la tranquilidad volvió al lugar. Nunca más volvieron a repetirse estos incidentes. Nunca más su fantasma vagó por ahí. El alma de José, estaba en paz.

Escrito por Claudia Sartori

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