Los hombres miran para abajo y las mujeres para arriba

Los hombres miran para abajo y las mujeres para arriba

Carlos Pérez Grullo nos deja una explicación sobre porqué elegimos pareja mirando en dirección opuesta hombre y mujeres.

Heriberto Pérez Grullo

En estos momentos seguro hay un masculino sintiéndose desolado porque cierta reina, diosa o criatura celestial ahora no le da bola. Es parte del aprendizaje. A todos nos tocó o nos tocará. Y la explicación está en esa manera que tenemos cuando somos púberes en salirnos de la norma. Y la norma es: los hombres miran para abajo, y las mujeres para arriba.

En un capítulo de House, una mujer espectacular, terrible potra, cae enferma de algo indefinible. Estaba casada con un ser nada favorecido por la naturaleza, pero millonario. El ácido Doctor decía que eso no podía ser, que los ocho se juntaban con los ocho, y no los tres. Obvio que esa mujer era el tres. Al final, ella era mansa sociópata y amenazó al equipo médico con exponer cierta mala praxis, si la delataban y perdía en algo su matrimonio.

También lo expone Alejandro Dolina en su breve ponencia “Porque no nos dan bola las que nos gustan y si las que no nos gustan”. De hecho el postula la existencia de una escala. Y da un ejemplo, que el hombre en pos de la especie se autoconvence que las de inferior calificación, son superiores. Y se llega a enamorar y todo.

A jugar juegos de grandes.

Y es que todo sucede muy rápido. En un momento estamos juntando figuritas, y al otro nos hemos dado cuenta que las mujeres no solo existen sino que son hermosas. Y salimos a la cancha con lo que tenemos puesto. Y ante la primera caído, vemos que no tenemos botines sino alpargatas. Que la cancha es demasiado grande. Etcétera.

Hay que admitir que todos tenemos una lista de candidatas. Hay una allá arriba siempre. La vemos en la calle, la seguimos en Faceboock, y cuando se nos cruce en el Parque o en la Peatonal se nos cambia la vida. Pero tenemos la certeza que pertenece a otra liga. Nos sentimos en el fondo de la tabla de la primera D metropolitana y ella juega en el Barcelona. Se nos cruza más de una vez el pensamiento: si nos sacamos el Quini le tiramos los galgos.

Y entonces alguna nos da bola.

Las féminas un día se levantan por la autoestima por el piso. Este sombrío estado puede durar horas, días o años. Y apuntan a lo primero que ven. Mejor dicho, apuntan al primero que les dice algo bonito. Y es allí donde la supervivencia de la especie entra en juego. Un 78 accede a un 10. Porque como dice Dolina, “si todos esperáramos el favor de la 3 o la 1, nos extinguiríamos rápido”.

Pero las mujeres de pronto ganan confianza, y se empiezan a fastidiar hasta con la forma de respirar de ese ser inferior y pum, afuera. De seguro, hasta ya está elegido el candidato. Si están en el correcto natural proceder, es alguien igual o superior en la escala. Antes de poner objeciones, quiero que me comenten si alguna vez una doctora se ha casado con un enfermero. ¿Cuantos ejemplos se saben de doctores casados con enfermeras y/o secretarias?

Es que, como dice el título de esta nota, el hombre mira para abajo y la mujer para arriba. La razón es biológica. Evolutiva. La hembra quiere asegurar el mejor futuro para su proyecto reproductivo, en cambio el hombre la pone en donde puede. Y si es afortunado, hasta puede que elija.

¿Y?…

¿Por qué entonces quedamos sufriendo por meses o años? Fácil. Porque el hecho de haber sido bendecidos por la atención de ese diez, nos creemos diez. Que merecemos al menos un once. Pero, al ver que ni siquiera un veinte nos da bola, queremos que esa diez vuelva.

Flaco, yo ya lo viví. Todos los que aprendemos un poco del asunto lo hemos vivido. Sos setenta y ocho. Admirala de lejos, y aceptá que no es para vos. Es más, vas a descubrir que cerca de ti puede (o no, ojo) que haya una ochenta, o noventa en donde podrás explayarte. Los afortunados que concretan largas historias de amor con féminas superiores, son muy pocos. Y por eso tienes noticias de ellos. Porque su nivel es tan legendario, que se escriben historias.

Para algo sirven estas desavenencias amorosas. Para juntarse con los amigos y describir cerveza tras cerveza su belleza. Para descubrir talentos ocultos, escribir poemas, componer canciones, plantar rosas, hacer chocolate, etc con el fin de subir en la escala. Para escribir e inmortalizar a alguien. Pero, resulta que después, dejamos de lado la musa y nuestro arte tiene vida propia.

Un abrazo a todos.

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