Cumbre: el día que conocí a Pepe Mujica

Cumbre: el día que conocí a Pepe Mujica

A lo largo de su vida, Lobesia Botrana, ha tenido la fortuna de conocer gente influyente. Hoy es el turno del día que conoció a este hombre inmenso.

Redacción MDZ Online

El montaje que implica recibir presidentes de otros países es monumental. En 2012 vinieron muchos más que los del Mercosur porque se iba a tratar el golpe de estado a Lugo en Uruguay, así que habrían dos cumbres: Mercosur en la mañana y Unasur en la tarde.

No voy a detenerme en el armado de tamaño evento porque es aburrido, pero quienes viven cerca de los hoteles en donde se alojaron presidentes, cancilleres y ministros saben a qué me refiero.

La recepciones presidenciales tienen un protocolo que los militares conocen bien y en la IV Brigada Aérea de Mendoza estaba todo más que dispuesto. Uruguay no tiene avión presidencial, con ese dinero compró un helicóptero de última generación con quirófano incluido para ser usado en emergencias sanitarias.

Ya todo el rollo del recibimiento con alfombra roja y honores militares le debe revolver el estómago a Don Pepe. Lo acepta porque entiende que es a su investidura y no a él. Es un campesino que llegó a la presidencia por sus convicciones políticas, pero no dejó de ser un campesino.

Llegó a Mendoza con el tiempo justo para ir derechito a la Bodega Escorihuela, en donde se celebraba la cena de honor que encabezaba la presidenta para sus pares. Otro bodrio para Pepe, que tiene que comer con varios cubiertos y copas.

En la IV Brigada había una carpa de prensa para que los mandatarios dieran su primera visión sobre lo que venían a hacer a Mendoza. Con ese tonito que a uno le dibuja la sonrisa dice como si fuera una nimiedad la cosa más obvia: “Hay que respetar el votito”. Dejo claro que para Uruguay, en Paraguay se había producido un golpe de Estado.

Con la misma ropa que llegó, sin corbata y con un suetercito debajo del saco, se mandó para la Bodega. Ahí estaban los Granaderos recibiendo a Cristina con “Avanti Morocha”, a los demás los recibieron con algunas marchitas militares e himnitos.

Su postura desentona y por eso mismo su presencia destaca. Su pelo medio revuelto lo delata como un rebelde. No anda con secretarias ni traje de diseñador.  En la valija debió traer un par de camisas, medias y calzoncillos, porque el traje y los mocasines fueron todo  el tiempo los mismos.

No hace apología de la pobreza, sino de la sobriedad. Afirma que la sociedad de consumo nos consume la vida porque cuando pagamos las cosas que compramos, en realidad, no lo hacemos con dinero sino con el tiempo de vida que nos ha costado conseguir ese dinero, y que gastar la vida en lo que no necesitamos realmente es una insensatez.

Le di la mano, como a todos; le señalé su lugar, como a todos; le sonreí, como a todos.  Me hubiera gustado entrevistarlo pero no era mi rol.

Al día siguiente, al ingresar al salón, me miró y me sonrió con cansancio. Había amanecido temprano y ya había participado de varias reuniones. “Estás en todos lados vos”, me dijo entendiendo que también estaba cansada. En efecto, después de la cena en la Bodega desistí de la invitación de Helmut Ditch a tomar algo (esa es otra historia porque a él ya lo conocía) porque a las tres de la madrugada llegaba a la IV Brigada el avión de Brasil con Dilma.

Me ubiqué en el sector de sillas atrás de Don Pepe porque ahí nos tocaba a los que trabajábamos en el lugar. Escuché todo, vi todo. Cada uno con su propio ego y nación encima. Había, en general, murmullo durante los discursos. Murmullos disimulados, cabezas que giran, teléfonos en las manos, cosas que se dicen al oído. Hasta que tomó el micrófono Pepe.

Con su voz de abuelo, con sus ojos caídos, con su tonada campesina y los silencios propios de un orador sencillo que piensa antes de hablar y dice las cosas más duras tomándose el tiempo de mirar a los ojos de cada uno, Pepe hizo que el silencio reinara. Me impresionó. Me emocionó.

Estaba diciendo que la incorporación de Venezuela al Mercosur no se había hecho correctamente sino que había sido más un acuerdo entre Argentina y Brasil que del Mercosur. Le faltó decir que fue una charla entre mujeres. Todos mudos, nadie cruzó mirada con nadie. Los ojos de todos puestos en él. Y después tiró la bombita: el Mercosur no sirve, hace veinte años que hacemos lo mismo y no pasa nada; y con Unasur, igual; hay que integrar ambos o seguimos a la deriva. Le había tocado a Ecuador, le estaba tocando a Paraguay y seguirían los demás porque no había bloque de nada. La política y la economía van juntas y con el pueblo o no van a ningún lado.

Ese hombre añoso, que había estado preso diez años, con su postura encorvada y su apariencia desdeñada era el más respetado de la sala. No era respeto a su país o a su investidura, era respeto a él, a su compostura, a su seriedad y a la verdad que los demás no se atrevían a decir y él no se atrevía a callar. Un hombre íntegro. Un ser humano sin fisuras.

Todos buscaban “la foto” con Cristina, con el lindo de Rafael Correa, con Dilma. Chávez ya estaba enfermo así que no vino pero hubiera sido estelar verle la cara en el discurso de Pepe. La foto con Pepe no cotizaba tanto, es un irreverente con el poder y para nada farandulero. No se siente una estrella y hasta da vergüenza pedirle una foto porque es descubrirse un pelotudo ante tamaño estadista.

Cuando terminó la cumbre, y todos se levantaban a seguir la agenda protocolar, le volví a dar la mano aunque volvería a verlo en la entrega de regalos y en la foto final. Pero él entendió que le daba la mano por otra cosa y me acarició la cabeza. “Ustedes son los únicos que escuchan, acá”, me dijo.

Tenía razón y lamenté no haber grabado el discurso porque tenía que tener el teléfono liberado y atender a la locutora de la presidencia que me preguntaba cosas para “twittear” las frases en el perfil de su jefa. A mi jefe le daba tranquilidad tenerme a la vista y que estuviera al lado de ella.

Me gustaba el perfil de Don Pepe Mujica, pero desde ese día lo admiré no sólo como político sino como hombre.

No he conocido a ningún político como él, y no me refiero sólo a su estilo de vida sobrio (no digo austero porque, según él, a la palabra austeridad la han prostituido) sino a su cabalidad y coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. No tiene siquiera idea de cuánto inspira y no le interesa, su compromiso es con los valores esenciales: la libertad, la dignidad, la igualdad. Un hombre al que debemos mirar, escuchar e imitar. Un hombre al que el sistema no pudo comprar.

El poder suele nublar la vista, pero él no usa anteojos porque tiene la mirada bien nítida, y la memoria muy clara. Es un hombre que la historia recordará como un visionario y, quizá, como el último de una generación de utópicos que se atreven a vivir su ideal y que no pierden la esperanza en la juventud, que tan golpeada viene en los últimos tiempos.

 

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