La cripta del deseo

La cripta del deseo

Hay una cripta escondida en una antigua bodega, en ella se celebran encuentros reservados para pocos... y esta noche la misma arderá de pasión

El Príncipe

Hacía tiempo quería llevarla. Le había comentado del lugar, le había mandado unas fotos para entusiasmarla. Sé que le gustan los sitios tenebrosos. Ella es oscura, una dama negra con ojos de vampiro y una boca que busca presas para dejarlas sin alma.

Había probado esa boca y me metí sin saber que entraba en un lugar sin fondo, un laberinto del que no se puede escapar.

La cripta está en una vieja bodega. Hay en todas, pero no muchas tienen acceso. Son lugares reservados para pocos, en donde las reuniones tienen diversos objetivos: logias, aquelarres, orgías…

Cómo llegué a obtener el permiso de usarla no viene al caso. La clave para abrir los candados de acceso está en una caja fuerte y yo tengo la clave de esa caja. La primera vez que entré se me erizó más que la piel y no pude sacarme de la mente la imagen de ella tendida sobre el mesón, a mi servicio y voluntad.

Obviamente que accedió a acompañarme. Era luna llena y las ruinas de la bodega eran un espectáculo difícil de resistir. Sólo le pedí una cosa: portaligas negro debajo de la ropa. Ella le agregó el maquillaje oscuro en los ojos, el labial rojo sangre, joyas de perlas y nácar, y negro en las uñas. Se había puesto un vestido que dejaba ver las medias negras encima de los tacones y me había pedido que usara camisa blanca con gemelos.

La tomé de la mano al bajar del vehículo, estaba oscuro a pesar del cielo iluminado. Sólo se oían nuestros pasos sobre las hojas húmedas de rocío.

Le pedí que con el celular me alumbrara mientras hacía encajar los números del candado. Estoy seguro de que los memorizó. Cuando se abrió la enorme puerta de madera, entramos a la cueva, a oscuras. Cerré la puerta y puse el candado por adentro. Ella se mordió los labios.

En uno de los tres escalones hacia abajo había una vela. La encendí y ella apagó el celular. De nada le servía ahí, no hay señal. Las sombras se reflejaban en la curvatura de las piedras sobre nuestras cabezas. En la primera curva del túnel volvimos a quedar a oscuras. Le ordené que se quitara la ropa que llevaba encima de la lencería. Yo también iba a hacerlo pero me pidió que no. Le obedecí.

Las pupilas se estaban acostumbrando a la visión nocturna y distinguí las curvas y contracurvas de su cuerpo. Caminé unos pasos hasta el perchero en donde se encuentran las capas. Me coloqué una y le coloqué otra a ella. Me acerqué a subirle la capucha y sentí su respiración agitada. “No podemos entrar sin esto”, le dije aunque ella no me preguntó nada, sólo lamió el lóbulo de mi oreja. Luego apreté el interruptor y se encendieron pequeñas luces sobre el piso arcilloso y húmedo. No la miré, me dirigí directo al portal de rejas que tenía otro candado y otra clave. “¿seis, seis, seis?”, preguntó con una cadencia que me hizo percibir la sonrisa en su boca infernal.

Al abrir las rejas se encontró con la cava. Cientos de botellas de vino y espumante añosas, cubiertas por el polvo y con algunas huellas de dedos que las habían acariciado en el paso. Eligió una con la etiqueta de una libélula en dorado, año 1983.

Luego, llegué al portal de la cripta, apenas iluminada por una lámpara incandescente en el rincón. Me quedé bajo el umbral para darle el paso. Recorrió los pocos metros que separan el mesón negro de los anaqueles con libros y candelabros. Dejó la botella sobre la mesa. Acarició las piedras en las paredes y prendió una a una todas las velas del lugar, con un encendedor que encontró al lado de un libro.

Tomó dos copas, se sentó en la mesa abriendo sus piernas y sus cejas encorvadas me indicaron que me tocaba descorchar a la libélula. Mientras lo hacía sí la observé. Sostén y diminuta braga en encaje negro encima de una piel que con la luz de las velas se veía menos pálida de lo que es. Su cuerpo y la lencería sobre el forro rojo de la capa eran una obra de arte que me iba a encargar de destruir a mordidas. “Te queda bien esa capa arriba de la camisa” me dijo mientras el ruido seco del corcho dejaba escapar el gas de la botella. Me extendió las copas, pero sólo serví una. “¿No vamos a brindar?”, preguntó. “No con las copas”, respondí dejando la botella en el piso.

Se humedeció los labios con la lengua y acercó la copa para beber el primer sorbo sin dejar de mirarme, después cerró los ojos y me la extendió. Bebí sobre el borde pintado que había dejado y el sabor del vino se mezcló con el de su lengua cítrica, ácida, eléctrica.

Abrió llevó una de sus piernas al extremo de la mesa, giró su cuerpo hacia mí y extendió su cuerpo sobre la tabla y me expuso las manos para que las amarrara. Tomé las cuerdas del cajón, las até y las extendí por encima de su cabeza, después las anudé a las patas de la mesa.

Subió las piernas y apoyó los tacos. Mientras la amarraba vi sus senos erguidos, sus pezones tensos debajo del encaje y el movimiento de sus caderas. “Desprendete la camisa”, me pidió, mordiéndose los labios.

Las llamas de las velas hacían titilar mi sombra sobre la pared. Ella observaba mis movimientos. Tomé la copa, humedecí los dedos y le mojé los labios. “¿Mas?” le pregunté. Asintió con la cabeza y la boca abierta. Me quité el pantalón, subí a la mesa, humedecí mi miembro en la copa y se lo introduje en la boca.

Ella usaba su lengua, sus dientes, su garganta para jugar conmigo como quería. Yo sólo entraba y salía de su boca dejándome ir en el placer de sentirla. Tomé un sorbo de vino y dejé caer restos de humedad desde mis labios hasta el vientre. Ella succionaba y bebía. Lamía y tragaba.

Así nos tomamos la primera copa.

Cuando me levanté a servir más ella se dio vuelta sobre sus manos y quedó en cuatro. “Ahora bébeme vos”, dijo. Le levanté la capa y quedó su cola expuesta. Primero observé su intimidad que abría y cerraba en espasmos, después lamí su humedad natural, su olor a hembra excitada y luego mordí sus labios vaginales para escuchar el primero de sus gemidos.

Bebí de la copa y se la acerqué para que bebiera con su propio sabor. Le quité la capucha y le mordí el cuello. Su lengua pedía más. Dejé caer el vino sobre sus vértebras y llevó el mentón a su pecho para lamerse. Mojé mis dedos en vino, con una mano le extendí la copa hacia sus labios y con la otra le introduje los dedos húmedos en los otros labios. No sé elegir entre sus bocas, todas son adictivas. Ella encorvó la espalda y después arqueó la cintura. Dejé caer la capa hacia un costado y le rocié la espalda. La bebí, por dios que la bebí en cada parte de su piel y mi erección no podía más.

La desaté. Ella tomó la cuerda, me sentó sobre la mesa, se arrodilló sobre mí, se anudó la cuerda a su cuello y me dio las riendas de su orgasmo. “Domame, si podés”, dijo y se penetró ella misma sobre mí, extasiada y poseída por ese instinto salvaje que deseaba absorber tal y como la imaginé desde que entré a esta cripta por primera vez.

Escrito por "El príncipe"

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