Una noche ardiente con Sabina de cortina

Una noche ardiente con Sabina de cortina

Mina Murray nos deja un relato hot para ir terminando esta semana de sorpresas ardientes.

Redacción MDZ Online

Llamé para pedir un taxi. Cuando sonó la bocina, salí y estaba él. No me sorprendió verlo, desde que nos encontramos en el Face, intercambiamos números y nos estuvimos mensajeando. Fanáticos de Joaquín Sabina, nos escribíamos con frases de sus canciones, suena cursi pero era muy seductor… y le había contado que esa noche cenaba con las chicas pero no hizo ningún comentario.

– ¿A dónde la llevo? – Pregunto con una sonrisa pícara.

– A la Alameda – Respondí; asintió con la cabeza y arrancamos.

El viaje fue un solo silencio. No llevaba cara de buenos amigos y yo no tenía nada para contarle. Íbamos llegando pero estacionó el taxi unas cuadras antes de mi destino. Apagó el reloj, sacó el estéreo y dijo:

– Vamos – Mirándome fijo – tengo otros planes para tu noche.

Su voz era muy segura y firme, por lo que dije nada y solo bajé del coche. Yo me había ido lista para cenar con las chicas, no estaba en condiciones de pasar una noche con el chico que me gustaba desde séptimo. Él estaba bastante crecidito y muy bien puesto y ¡yo sin depilarme! Caminó delante de mí, no me esperó, ni me llevó del brazo, solo caminaba con sus piernas largas… y entramos a un telo de los alrededores, que tiene por nombre una letra griega. Quise quejarme; ¿a uno del centro me iba a llevar? Hace diez años que no nos vemos y me trajo a uno del centro. Pero por eso mismo me quedé en el molde… estaba tan bueno que valía la pena callarse. Yo esperaba a un costado con cara de póker, pero sin negarme mientras el pagaba, le daban la llave y esas cosas…cuando caí de lo que estaba pasando me tenté de la risa subiendo las escaleras, mis amigas seguro me estaban esperando para cenar y yo en un telo, con un flaco que no veo desde la primaria y que ni siquiera me preguntó si quería ir.

Entramos a la habitación, que era hermosa por demás… Él dejaba sus cosas, yo me quitaba el abrigo y mientras dejaba las luces bajas, en su celular comenzó a escucharse “Peor para el Sol”. Me miró y se sonrió, los dos sabíamos que me encantaba esa canción y siempre quise que la cantáramos juntos. Se acercó y quise hablar pero presionó suavemente mis labios con su dedo en señal de silencio, y me hizo cara acompañando el gesto, no pude más que sonrojarme. Comenzó a acariciarme los hombros, tenía las manos frías y yo el cuerpo tibio. Bajó la remera de sobre mis hombros, que tenía un escote que lo permitía y con su pecho en mi espalda me corría el pelo para iniciar sus besos en mi cuello. Besó mis hombros y sus educadas manos recorrían mi contorno.

Me giró y tomó mi mentón llevándolo hacia su boca. No podía menos que mirarlo. De fondo se escuchaba “No puedo enamorarme de ti”, mientras nos fundíamos en beso único. Su lengua era tan suave… besaba tan bien… y lo hacía sosteniéndome desde la nuca. El me gustaba tanto que yo estaba lista para que hiciera conmigo lo que quisiera. Se sentó en la cama y yo me quedé de pie a un costado de la misma, de manera que quedamos enfrentados. Me sacó por completo la remera y me desprendió el corpiño. Me lo saqué y me besó, acarició, apretó y mordió mis tetas como solo el podría haberlo hecho, yo hacía notorio que me gustaba y mis dedos se perdían en su pelo. Me senté sobre él y pude sentir ese bulto pidiendo salir. Le saque la remera y lo tiré para atrás. Todavía en el borde de la cama le desabroché el cinto y el pantalón mientras sonaba “Contigo”.

Le besé todo el torso y sin decir aún ni una palabra nos entendíamos perfectamente. Empecé a sacarme el pantalón y él termino de desvestirse. Acomodó la cama para los dos; ya ubicados y yo empapada, sin perder más tiempo, fui hasta esa cabeza que reclamaba besos dejándose desde el bóxer. Lo agarré del tronco, lo miré, me saboree y mi mano con mi boca al unísono trabajaron. Saqué mi mano, aflojé la garganta y con su mano en mi pelo me marcaba el ritmo… Solo se escuchaban sus gemidos, mis sonidos y a Sabina de fondo.

– Salí porque acabo – me dijo cuando alcancé a escuchar que empezaba “Esta noche contigo”. Me acosté a su lado y entendió todo. Ahora era su turno.

¿Por qué es tan caballero? Me miró con una sonrisa cómplice, acarició mi pelo y en besos inexplicables bajó, sin perderse un solo centímetro de mi piel. Miró mi tatuaje bucanero, sonrió y yo entendí porque. Me abrió delicadamente mis labios y esa lengua única, ¡única! Empezó un trabajo de artesano, mientras de la otra mano usó dos de sus dedos. ¡“Por favor” pedía yo, que ya no daba más por gritarle alguna guarangada! Yo quería que ya entrara, pero siempre me recordaba que no debía hablar… y Escuche que sonaba “A la orilla de la chimenea”.. Que éxtasis… esa letra y él allá abajo. Me giró el cuerpo y llevo mi cola hasta su cara. Hizo lo que quiso, yo estaba más que entregada y era más placer del que creí que podía sentir… esos acordes, ese placer y dolor… ¿quién quería comer con amigas?

Me giró nuevamente, se secó la cara y me penetró con fuerza, decidido y acompañado por su canción favorita “Peces de Ciudad”… la melodía de esa canción le recordó que era un caballero y se inclinó hacia mí, dejando su torso en mis tetas que ofrecían una vista muy sexy así apretadas… era raro… había mucho para dar y en dosis tan caballerosas, me calentaba mas todavía…

Todavía escucho la armónica de ese tema y recuerdo sus caras de placer.

Se arrodilló en la cama y levantó mi cadera hacia su pelvis. No se demoró demasiado en darme la vuelta y me puso en cuatro y me cogía así… Demás esta contar que gemía con cada impulso que el daba sobre mi cuerpo. Se pegó a mi espalda y con una mano apretaba mis tetas y la otra jugaba desenfrenada en mi clítoris, todo junto. ¿Quién dijo que los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez? No me acuerdo desde ahí en adelante que canciones sonaron, tal vez “Números Rojos”, “Donde habita el olvido” o “Viudita de Clicqot” o todas… no se…

Yo estaba a punto y él se dio cuenta, entonces la sacó y me la metió con fuerza por la cola. Estallamos en placer y terminamos lo que empezamos sin hablar. Sin dejar de gemir y algún que otro quejido, caímos rendidos en la cama, pasados en fluidos de los que se conozcan. Quedamos medio tapados y mirando el techo todavía suspirando y escuchando “Seis Tequilas”. Se sentó a la orilla de la cama, prendió un cigarrillo y se fue a sentarse a un sillón que estaba frente a la cama y me miraba en silencio, con los ojitos chiquitos enmarcados por esas cejas hermosas que tiene.

Me fui a dar una ducha respetando el silencio que el quería. Solo se escuchaba la música.

Yo salía y el entraba. Lo miré quise decirle algo pero puso sus dedos en mis labios antes de que pudiera siquiera pensar, en señal de silencio. Sonrió y comenzamos a besarnos otra vez…

Para F.C… que importa, lo siento, hasta siempre, te quiero…

Más de cien mentiras- Joaquín Sabina

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