Epidemia

Epidemia

¡Una epidemia mortal azota el mundo, arrancando por Luzuriaga en Maipú! Adrian Monetti y una espectacular cuento PULP para disfrutar.

Adrian Monetti

Capítulo 1: Pánico en Luzuriaga

No podía creer lo que había pasado.

Todo comenzó una noche. Hacía calor, mucho; habían mosquitos, muchos. Creo que la mayoría de la gente no podía dormir, empapados en sudor, con los ventiladores funcionando a todo lo que da.

Primero se escuchó un zumbido que fue subiendo de volumen, hasta convertirse en una especie de rugido. Todo esto fue acompañado por un bólido que se acercaba desde el firmamento hasta la tierra hasta estallar con un bramido y una esfera de fuego que iluminó a todos los barrios de la zona. Al parecer había caído en la Estación Luzuriaga del Metrotranvía, destrozando el lugar, sólo con daños materiales.

Como no podía ser de otra manera la gente comenzó a desplazarse hacia el lugar, para ver lo que había ocurrido. Una multitud se juntó en el sitio y observaron con sorpresa un pequeño cráter humeante. En el interior de éste había una roca del tamaño del puño de una persona, que emitía un leve zumbido.

Un par de avezados se animaron a acercarse, e intentaron levantar a la piedra tornasolada. Los gritos que profirieron fueron desgarradores. Los dos cayeron al piso, entre convulsiones y gritos de dolor. Eran Don Rojas y el Turco, el primero un conocido verdulero de la zona y el segundo uno de los tantos borrachines del lugar. Nadie se animó a auxiliarlos. Desde donde yo estaba se podía ver a los dos hombres retorciéndose en el suelo, con movimientos espasmódicos antinaturales que hacían parecer que sus cuerpos estaban a punto de desmembrarse en cualquier momento.

Ante la mirada atónita de los concurrentes, ocurrió algo que excedía todo lo posible. Las lenguas de los dos afectados salieron de sus bocas, creciendo de una manera desproporcionada, convirtiéndose en unos enormes tentáculos de un tono verdoso. Éstos tomaron un largo de unos tres metros.

Don Rojas y el Turco se levantaron y comenzaron a caminar como marionetas, mientras sus nuevas extremidades se movían hacia todos lados, funcionando como látigos que iban decapitando a las personas que estaban cerca. Caminaban como autómatas, con los ojos inyectados en sangre, sin vida, con las pupilas totalmente dilatadas. Al parecer tenían los huesos de la cara rotos, porque el grosor de la lengua descomunal superaba al tamaño de sus bocas. Emitían un leve gruñido, continuo, que no se detenía. No respondían a sus nombres, es más, parecían no escuchar ni razonar, solamente avanzaban, usando sus lenguas para matar a los que los rodeaban. Como si portasen un látigo, hacían chasquear los tentáculos a diestra y siniestra.

Se armó una desbandada general, la gente se atropellaba para escapar. El desconcierto era generalizado. Algunos efectivos de la policía abrieron fuego contra los dos atacantes, pero los disparos fueron infructuosos. Por más que las fuerzas del orden vaciaron los cargadores en los cuerpos de Don Rojas y el Turco, estos siguieron matando a las personas que tenían cerca del radio de acción de sus tentáculos.

Corrí, corrí varias cuadras; el corazón  me estaba por explotar por el esfuerzo desacostumbrado, pero no podía hacer otra cosa que alejarme. Por todas partes veía a personas tiradas en el piso, convulsionando, gritando al tiempo que sus lenguas se transformaban en largos y gruesos apéndices.

Tuve que detenerme para descansar, estaba totalmente ahogado. Me aferré como pude a un árbol. Entonces la noche se llenó de luces, no tardé en darme cuenta de que eran helicópteros negros. También aparecieron por el carril Sarmiento varios camiones militares, repletos de soldados uniformados con trajes para la guerra química.

Como pude llegué a mi casa y cerré todo, me quedé en la oscuridad tratando de no respirar, de no hacer ningún ruido que delatara mi presencia. Se sentían gritos y disparos, además de otro ruido, el siseo de los latigazos. No me costó identificarlo, era el que producían los tentáculos de los nuevos contagiados.

Los días pasaron y yo no salí de mi casa, las cosas parecían haberse calmado, pero algo me decía que esa tranquilidad era fingida, que lo peor estaba por llegar. Batallones enteros de fuerzas militares patrullaban las calles de Luzuriaga, los escuché hablar entre ellos y lo hacían en inglés. Eran parte de un ejército foráneo, seguramente de Estados Unidos. ¿Cómo hicieron para llegar tan rápido?, ¿qué tenían que ver con lo que estaba pasando? La radio y la TV no daban muchas noticias sobre lo sucedido. Se cortó la electricidad en la zona y quedamos en la nada misma.

Los soldados pasaron casa por casa, dejaban provisiones y un médico examinaba a los integrantes de la familia. Cuando pasaron por mi hogar intenté averiguar qué estaba pasando y cuándo y cómo terminaría todo eso. El oficial que estaba a cargo, un tipo grandote,al que se le adivinaban unos profundos ojos azules detrás de la máscara antigás que usaba, me contestó con su voz gutural y sentenciosa una única  y lapidaria palabra: Cuarentena. Al decirlo blandió su fusil ametralladora y me puso el cañón del arma amenazadoramente en mi pecho.

Lo único que podía hacer era esperar, me sentaba frente a la ventana de la cocina, con las cortinas cerradas, escudriñando lo que pasaba en la calle. Estaba en silencio mirando la cuadra vacía. Cada tanto había una escaramuza entre los contagiados y los soldados. Éstos usaban  granadas contra los primeros, la única arma que parecía tener efecto sobre los otros. Explotaban dejando un charco de sangre y miembros humanos desperdigados. Los militares guardaban los tentáculos laxos en contenedores de metal con sumo cuidado y los subían a los camiones. Los daños colaterales de estos estallidos eran enormes, casas enteras eran destruidas, pero parecía no importarle a los soldados.

La cuarta noche, mientras intentaba dormir, escuché nuevamente ruidos de batalla. Los sonidos de las detonaciones eran atronadores. Entre el caos alcancé a oír la voz de mi vecino, Don Raúl, gritando que los lengudos estaban derrotando a los militares. Miré entre las cortinas y vi bajo la luz de la luna a una multitud de los contaminados luchando con sus tentáculos contra los soldados. Estos últimos estaban siendo claramente derrotados por una horda de lengudos, eran más de quinientos contra un puñado de soldados, que a pesar de ser profesionales se veían avasallados por la superioridad numéricas de sus enemigos. Los militares lanzaban granadas y disparaban sus fusiles sin pausa, pero los lengudos cada vez eran más..

Sopesé la situación, en cuestión de momentos llegaría la pelea a las puertas de mi hogar y estaría a merced de los efectos del combate. Tomé las provisiones que tenía y algunas otras cosas y me aventuré a la calle…

Capítulo 2: El escape

Todavía no puedo entender cómo pude huir de mi barrio. El lugar estaba infectado por los lengudos. Tomé por calle Alsina, me pareció que en el carril Sarmiento las posibilidades de sobrevivir eran nulas. La calle Alsina estaba abarrotada de gente que caminaba apretujada, llevando las pocas cosas que pudieron rescatar de sus hogares.

El éxodo había comenzado

Íbamos en romería, mirando con recelo hacia todos lados, esperando que en cualquier momento aparecieran los lengudos. No había por ningún lado militares o fuerzas del orden, sólo personas desesperadas que intentaban subsistir. Familias enteras conformaban la multitud.

Se empezaron a escuchar gritos muy cerca mío, entre el gentío pude ver a Don Guillermo, un vecino, que estaba tirado en el piso sumido por convulsiones. Se estaba transformando en un lengudo. Un tentáculo le creció a través de su boca ante el pánico de su familia que intentaba auxiliarlo. Don Guillermo se levantó de un salto al tiempo que su lengua descomunal se convertía en un arma, de manera inmediata comenzó a caer gente decapitada, sin sus miembros. El nuevo apéndice era un arma formidable. También algunas personas cayeron al piso teniendo espasmos, estaban por convertirse en lengudos. Se generó un caos de épicas proporciones, todos los presentes intentaron huir, lo cual era imposible, la calle estaba atiborrada de personas que se empujaban, se golpeaban y se pisaban intentando huir.

Los lengudos cada vez eran más, al parecer el contagio se producía por la saliva que éstos elaboraban. Los cadáveres se apilaban. Por mi parte intenté escapar, pero no era posible, entonces me arrojé al interior de una acequia y me metí debajo de un puente.

Pronto se escucharon ruidos de helicópteros que se aproximaban, luego descargas de ametralladoras y fuerte explosiones. La acequia se llenó de muertos y quedé atrapado debajo del puente al quedar tapadas sus aberturas.

Debo de haber estado un par de días atrapado en ese lugar, sumergido en total oscuridad. La descomposición de los cuerpos iba en aumento, así que la fetidez era insoportable. El agua iba subiendo de nivel, pensé que era completamente normal que corriese agua por ese sitio. La sed me secó el cuerpo, evité beber el líquido que imaginé sucio, pero la necesidad pudo más. Cuando quise saciar mi sed con ella me di cuenta de que era sangre. Enloquecí un poco.

Me mantuve en silencio por largo tiempo, temeroso de que me escucharan los lengudos o los soldados, pero la presión me sobrepasó. Comencé a gritar, lo hice por horas, hasta  que me lastimé la garganta. Aún así seguí gritando, en procura del auxilio de alguna persona, de quién fuera.

Alguien comenzó a correr los cuerpos que tapaban las salidas de debajo del puente, un rayo de luz entró y me libró de las penumbras. Los ojos se me llenaron de lágrimas, eran de alegría por ser rescatado al fin y porque mis ojos no podían soportar la luz solar.

Éramos un grupo reducido en número de integrantes, no por elección, sino porque los avatares de la epidemia así lo mandaban. Siempre ocurrían muertes en pequeñas batallas con los lengudos. Habíamos descubierto que eran muy difíciles de matar, el único punto débil que descubrimos era sus piernas, los dejábamos inválidos a golpes de garrote para que por lo menos nos pudiéramos alejar de ellos, era una maniobra peligrosa pero la única manera que descubrimos para defendernos de los lengudos. También debíamos tener cuidado de los militares, quienes al parecer nos veían como enemigos potenciales.

Estábamos siempre escondidos y sólo salíamos para conseguir provisiones. Nuestro refugio eran las ruinas de la vieja aceitera que estaba sobre el Carril Sarmiento, a la altura de calle Azul, No se veía ningún ser vivo, a excepción de las hordas de lengudos que andaban por el lugar. Durante las noches la actividad de éstos era menor, entraban en una especie de letargo y si no se les molestaba eran casi inofensivos, solamente se violentaban si uno se acercaba demasiado.

Pasaron los días, casi un mes desde la caída del meteorito con el virus. En mi mente sólo estaba la idea de sobrevivir, pero no de cualquier manera, no a toda costa, quería intentar tener un rastro de humanidad dentro de toda la locura de sangre que había vivido.

Con el grupo debatimos cuáles serían los pasos a seguir, qué hacer, pero no conseguíamos ponernos de acuerdo. Había dos facciones, los que se querían quedar en la aceitera y los que se querían ir a buscar a algún lugar mejor. No sé por qué pero tomé partido por los últimos. Nos fuimos sin despedirnos un atardecer. Anduvimos por el carril Sarmiento y llegamos hasta el puente Olive.

Las calles estaban desiertas, caminábamos sigilosamente. Claudia, uno de los miembros de nuestro grupo, era una distraída, ella lo contaba riéndose de si misma. Era joven y linda, cuando la conocí me llamó la atención de inmediato. La miraba caminar, iba ensimismada, con la vista fija en el piso, por eso no pudo notar la presencia de un lengudo, parado en la mitad del carril y le dio un empellón accidental. Éste le cortó la cabeza de inmediato a Claudia, la cual rodó por el cemento del carril, sus ojos miraban desorbitados. Creo que alcanzó a ver, por unos segundos, su propio cuerpo decapitado. El resto de nosotros escapamos, de reojo veía cómo los demás iban cayendo por los golpes de los tentáculos de los lengudos, que salían de su catarsis por el alboroto que hacíamos.

En un momento me encontré solo, la decena de personas que me acompañaban cayeron en la huida. Discerní entre volver a la aceitera o seguir camino. Estaba en esas cavilaciones, a punto de romper en llanto por la desesperación y el miedo, cuando un fuerte haz de luz me cegó.

Me pusieron una bolsa en la cabeza, me ataron de manos y me hicieron caminar unas cuadras, como yendo para Luján. No pude ver quiénes habían sido mis captores. Pregunté pero no obtuve respuesta, me hicieron entrar a algún sitio y de un golpe me arrojaron al piso. Maldije la hora en que me decidí por irme de la aceitera.

Al amanecer me sacaron la bolsa de la cabeza, pude ver que estaba en el dormitorio de algún hogar. En el lugar estaba todo destruido, como si hubiese ocurrido una pelea.

Delante mío había un hombre de unos cuarenta años, de rulos rubios, cara pecosa y ojos verdes. Vestía con un uniforme militar, aunque no iba armado. Me miró a los ojos por un minuto largo, sin decir palabra. Entonces habló.

—El mundo está jodido, verdaderamente jodido —dijo con un marcado acento anglosajón, sacó un cigarrillo y comenzó a fumar, sin dejar de mirarme.

Se llamaba John, nunca me dijo el apellido. Me contó que había desertado del ejército de los Estados Unidos al ver que la lucha contra los lengudos era infructuosa. Con él desertaron varios compañeros, pero habían muerto luchando, sólo quedaba él. Recorrió la zona durante un tiempo y se alió con un grupo de personas que vivían en el Barrio La Gloria. Éstos, cuando él dormía, le sacaron todas las armas y luego de darle una golpiza lo abandonaron a su suerte. John no me inspiró confianza, ocultaba algo, pero no podía alejarme de él. No se podía andar solo por las calles.

Según sus palabras, yo le caía bien a John, y una noche me contó un secreto. Había cerca de la Isla de Pascua, en el Pacífico, un archipiélago artificial construido por la OTAN. En él seríamos recibidos de buena manera, ya que había sido construido con el fin de alojar a sobrevivientes de eventos apocalípticos. Deberíamos llegar a Chile. Luego al puerto de Valparaíso, apropiarnos de algún barco y llegar hasta el lugar. John me dijo que tenía conocimientos navales suficientes como para poder hacer el viaje. Me pareció un buen plan en ese momento. Partimos al amanecer…

Capítulo 3: El encuentro conmigo mismo.

La ruta 40 era eterna, el calor asfixiante y parecíamos estar solos en el planeta.

John estaba loco, completamente loco.  A medida que avanzábamos en el viaje a Chile iba poniéndose cada vez más y más psicótico. Hablaba cosas sin sentido, decía que él era el presidente de Estados Unidos, luego amenazó con matarme, acusándome de que yo era un lengudo.

Le dije que se calmara y guardara fuerzas para llegar al archipiélago artificial de la OTAN, Al escuchar esto comenzó a reírse con carcajadas desequilibradas y me dijo que eran mentiras. No existía tal lugar, lo había inventado.  La situación se está descontrolando

Sopesé el escenario, John era un US marine, tenía la capacidad de romperme en varios pedazos antes de que yo pudiese levantar un dedo. Caminaba un par de pasos delante de mi, gesticulando y gritando que era el Rey de Texas. No me quedó otra opción.

Tomé una piedra grande y lo golpeé, sus sesos quedaron en el camino. Lo rematé en el piso, con más golpes dados con la roca. No dejaba de mirarme, aun muerto.

Caminé de vuelta para la ciudad de Mendoza, estaba agotado y perdido, El panorama era desalentador.  Algo en la lejanía comenzó a acercarse.

Era una Ford F-100 desvencijada, de la cual no se podía adivinar cuál era su color original debajo del óxido. Venía por la ruta haciendo eses. Decidí no esconderme, ya todo me daba igual. En la caja trasera de la camioneta venían tres hombres, armados con escopetas, pistolas y armas blancas, en la cabina solamente estaba el conductor, quien tomaba del pico de una botella de Hesperidina. Se detuvieron a mi lado y con un movimiento de la mano uno de ellos me invitó a subir. El gesto me pareció amistoso. No lo dudé un segundo. ¿Qué podía perder?

Viajamos como podíamos. el conductor estaba cada vez más borracho, lo vi asomarse por la ventanilla para vomitar.

Estaba anocheciendo, sólo funcionaba una de las luces de la camioneta. Comenzó a divisarse una masa que obstruía la ruta, a medida que nos acercábamos se podía ver que era una horda de lengudos que avanzaba en sentido contrario. La F-100 aceleró, el ruido que hacía la carrocería era atronador, los que venían conmigo detrás comenzaron a reír. Empecé a gritarle al chofer que se detuviese. Chocamos contra los infectados a gran velocidad. Luego todo fue oscuridad.

Desperté de día. La suerte estaba de mi lado, sólo tenía rasguños y algún que otro moretón. Mis fugaces compañeros no corrieron la misma suerte. La Ford estaba dada vuelta a la vera del camino, el conductor ebrio y los otros tres hombres habían fallecido, El lugar estaba lleno de lengudos. Decidí quedarme quieto en el suelo, para esperar que llegara la noche.

Me escabullí entre las sombras, esquivando a los lengudos. Me dolía todo el cuerpo, sólo quería descansar, sabía que eso era imposible, pero lo deseaba como nada en el mundo.

Un lengudo se me acercó, sin querer  lo había molestado en su letargo. No tenía ningún arma para defenderme. El tentáculo chasqueó en el aire, lo esquivé a duras penas. Sentí como cortaba el aire a escasos centímetros de mi garganta. En el suelo había una rama gruesa y de un metro  de largo. La tomé y me dispuse a defenderme, no había lugar dónde escapar.

Otra vez el tentáculo pasó cerca de mi cuello, me asombré de mi velocidad para esquivarlo y contraatacar. Le propiné un soberbio garrotazo al lengudo que lo hizo caer al piso. Cuando lo tuve a merced comencé a golpearlo en la cabeza. El grueso apéndice me golpeó en el brazo izquierdo, que se desprendió de mi cuerpo. Me habían herido de gravedad. Seguí pegándole con el único brazo que me quedaba. Sentí que se quebraba el garrote.

El lengudo no se movía, había conseguido matarlo, logré lo que no se podía con armas de fuego.

La hemorragia era importante, sentía cómo se me iba yendo la vida, miré mi brazo amputado en el piso. Me pregunté si sería posible colocarlo en su lugar de vuelta. Lancé una carcajada ante la estúpida idea que había tenido. Me hice un torniquete con mi cinturón.

Estaba en la ruta, en plena noche, con una herida de gravedad, en pleno Apocalipsis de la humanidad. Mi muerte era segura.

Estaba tirado mirando las estrellas. Eran millones, a pesar de estar moribundo no podía dejar de admirarlas. Una de ellas comenzó a titilar con mayor intensidad, se iba haciendo más y más grande. Su luz eran todos los colores juntos, un arco iris que latía, que crecía hasta llenar todo el campo de mi visión. Pensé que si así era la muerte no era tan desagradable, era poética.

Se escuchó un zumbido, luego una suave brisa sacudió mi cuerpo. Me reincorporé, no sé cómo pude hacerlo, quedé sentado en el asfalto. En un segundo de lucidez me di cuenta de que no era una alucinación. Los resplandores que veía provenían de un disco que tendría unos treinta metros de diámetro y estaba a unos veinte metros arriba mio.

Era una especie de nave que lentamente aterrizó a un costado de la ruta, las luces se apagaron. Pude ver que era una especie de plato invertido hecho de un metal reluciente, no tenía escotillas ni alguna clase de puerta visible. Entonces bajó un ser, lo hizo levitando, sin la ayuda de una máquina. Era alto, su tez era verdosa y sus facciones así como sus manos eran alargadas, vestía un mameluco plateado, pegado al cuerpo. Caminó hacía mi y se detuvo a un par de pasos. Se agachó y me miró con sus enormes ojos completamente negros, para mi sorpresa me dedicó una sonrisa. Me desmayé.

No dejaba de mirar mi nuevo brazo, era metálico, pero liviano y respondía de maravillas a las órdenes que le daba con mis pensamientos. Había despertado en un pequeño cubículo blanco, que contenía un camastro a duras penas. Se abrió una puerta y entró el ser que me salvó, intenté expresarle mi agradecimiento pero me detuvo con un severo movimiento de su mano. Me indicó con su cabeza que lo siguiera. Salí del lugar y me encontré en un domo que tenía sus paredes cubiertos de controles evidentemente digitales. Había una claraboya, me acerqué a ella, para ver qué había afuera. Vi a la Tierra en todo su esplendor. Creo que  estábamos orbitando a Luna.

El ser se llamaba Jelo, o algo por el estilo. Se comunicaba telepáticamente conmigo. Me dijo que le había asombrado que yo hubiese matado a un lengudo con un garrote. Por ese hecho decidió que yo era apto para integrar al ejército que lucharía contra el flagelo de la Epidemia. Me describió que todo el Sistema Solar estaba en cuarentena. La única manera de erradicar a los lengudos era la de encontrar al contagiado cero, el primero que tuvo la enfermedad.

Jelo me dijo que, en una base de una luna de Saturno, un tal Helik estaba experimentado con una nueva arma biológica y en un descuido algo salió mal. Fue el primer lengudo y la infección avanzó por los planetas. No se sabe como escapó Helik a la Tierra. La teoría era que matándolo el virus se vería afectado a tan punto que se lograría la erradicación total.

Me alisté al ejército, con la promesa de Jelo que mis esfuerzos serían recompensados.

Estábamos en una nave nodriza. Éramos habitantes de todas partes del Sistema Solar, seres de Saturno, de Neptuno, de Júpiter, es increíble la cantidad de vida que existe en el espacio. A mi me tocó en un batallón conformado por terráqueos y habitantes de Mercurio, éstos eran unos entes pequeños, de no más de un metro de altura, pero con una terrible fuerza física, de una tez rojiza y una cara formada solamente por ojos..

Nos dieron una armadura y un rifle sónico, que disparaba ondas acústicas capaces de destruir lo que se pusiera adelante y nos mandaron sin entrenamiento a la Tierra, Viajábamos en naves de carga, hacinados, mal alimentados. Me pareció una mala idea haber aceptado ser soldado para combatir contra los lengudos, me di cuenta de que sólo éramos carne de cañón.

La zona en la que nos tocaba combatir era lo que antes había la provincia de Mendoza, me dio risa el giro del destino, volver a mi terruño en forma de guerrero espacial era algo desopilante.

La ciudad está destruida y plagada de hordas de lengudos, nuestra misión era la de matar a la mayor cantidad de ellos y si era posible encontrar a Helik. Teníamos una leve referencia de cómo era él, un ser de piel dorada y cabellos azules, con un tentáculo más grande que los del resto.

Tuvimos varias escaramuzas. Los mercurianos eran los más afectados en esta pequeñas batallas, ya que debían llevar un traje espacial para poder soportar la atmósfera de la Tierra, lo cual le restaba movilidad en las luchas. Cada vez éramos menos, caíamos bajos los ataques de los lengudos.

Una de las peleas fue más violenta que las anteriores, todos mis compañeros fueron muertos o convertidos en lengudos. Quedaba solamente yo. Me sentía traicionado, no teníamos entrenamiento ni las armas idóneas.

Entonces lo vi, era Helik que caminaba entre los lengudos.

Me fui directamente a atacarlo y lo tiré de un culatazo, Helik estaba derrotado. Yo sería el héroe que salvó al Sistema Solar, pero algo me detuvo. Me acerqué a él. Me miraba curioso, creo que pensaba porqué no acababa con todo de una vez por todas. Pero no pude hacerlo, no quería ser el culpable de la desaparición de una especie, por más predadora que fuese.

Vi a los lengudos y me parecieron hermosos, únicos. Eran dioses que provenían de la mutación, eran mejores que cualquier otra especie. En un segundo sublime tuve una epifanía, los lengudos eran la nueva raza. Entonces tomé un poco de su saliva y me la metí en mi boca.

Pasó lo que ya había visto en otros contagiados, convulsioné pero no sentí dolor, si un placer inconmensurable. Cuando el tentáculo salió de mi boca entré en otra realidad, una existencia feliz, llena de fraternidad. Éramos todos en uno y uno en todos, éramos un ser superior dividido en millones de átomos. Por primera vez en mi vida fui feliz.

Los lengudos pronto dominaremos el Universo, es sólo cuestión de tiempo.

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