Netflix se estrella en Argentina con un bodoque insalvable

"Edha" es la primera producción nacional para la gran plataforma de streaming. Un expediente desganado, con un guión impresentable repleto de lugares comunes y nulo nervio creativo.
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Laureano Manson

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"Edha", la carta de presentación de Netflix en Argentina, ha desatado una marea de críticas. Las razones del despropósito.

"Edha", la carta de presentación de Netflix en Argentina, ha desatado una marea de críticas. Las razones del despropósito.

Netflix se estrella en Argentina con un bodoque insalvable

Netflix se estrella en Argentina con un bodoque insalvable

Netflix se estrella en Argentina con un bodoque insalvable

Netflix se estrella en Argentina con un bodoque insalvable

Netflix se estrella en Argentina con un bodoque insalvable

Netflix se estrella en Argentina con un bodoque insalvable

Netflix se estrella en Argentina con un bodoque insalvable

Netflix se estrella en Argentina con un bodoque insalvable

La carta de presentación de Netflix en nuestro país, es decir la primera producción nacional para la popular plataforma de streaming, desató una ola de críticas negativas y un auténtico linchamiento en las redes sociales. Edha, la serie en cuestión, es decididamente fallida. Todo producto de entretenimiento o creación artística que sale mal, puede a veces tener su dosis de encanto; que lleva al seguimiento del público con una suerte de disfrute que bordea entre la culpa y el morbo. Nada de eso sucede aquí, porque simplemente se nos sienta frente a un largo y caro expediente disfrazado de thriller dramático. Un embutido craneado por Daniel Burman, director que si bien no alcanzó la cumbre con sus películas, fue parte de la movida del denominado Nuevo Cine Argentino; cuando debutó con un corto allá por fines de los años '90. Luego llegaron algunos films con personajes bien trazados y destellos de brillo, como El abrazo partido y Derecho de familia, entre otros.

Nada de aquello que forjó el realizador a lo largo de un par de décadas, se trasluce en su flamante trámite despachado con alta factura de producción, pero nulo nervio creativo.

No es Juana la que debería arder en la hoguera, sino el mismísimo Burman

Durante varios días, Juana Viale ha sido trending topic por su performance como protagonista, interpretando a Edha, una diseñadora que enfrenta la quiebra de su marca y que junto a su padre/socio (Osmar Núñez), buscan la salvación en un grupo de inversores que apuestan sus fichas al personaje encarnado por la nieta de Mirtha Legrand, encargándole una colección que encontraría su punto de triunfo en la meca de la moda, Milán.

Ya desde los primeros segundos, cuando la serie arranca con la voz en off de Juana diciendo en un tono absolutamente plano y desangelado: "Dicen que en el mundo de la moda sólo importan las apariencias", podemos intuir que durante diez capítulos, es decir casi unas 7 horas; nos espera un calvario tan largo como innecesario. En el caso de quien escribe este texto, la experiencia fue atravesada en modo maratón, desde la caída de la tarde hasta bien entrada la madrugada.

Los mencionados textos en off ciertamente se encuentran entre lo más molesto de Edha, al punto tal de que varios usuarios de Netflix optaron por pasar el audio de la serie a inglés, para así evitar lo monocordes parlamentos de Viale. Lo cierto es que esos instantes no funcionan en versión original ni doblados. No es una cuestión de idioma, es un asunto de pertinencia narrativa. En toda película o serie de TV, el monólogo interno sólo encuentra una justificación cuando se produce el contacto intimista con el público; un instante en el que el espectador puede sumergirse en el pensamiento de los protagonistas. Aquí en cambio, no hay repliegue alguno en el que se pueda ingresar. No estamos frente a una reflexión sobre el vacío, estamos frente a un relato que no tiene nada por decir. La serie pretende abordar las aristas más filosas del mundo de la moda, pero lo hace una manera tan pueril y artificiosa, que no da lugar a ningún tipo de lectura entre líneas. Lo único que hay, es eso que desfila en la pantalla, un compendio de imágenes sin sustancia.

Es cierto que la performance de Juana Viale está lejos de la excelencia, pero también es muy justo decir que tanto ella como el elenco completo, hacen malabares para intentar salir airosos de un guión completamente mediocre. Es increíble que media docena de autores profesionales hayan estado a cargo de esta historia. Oficina Burman se llama la productora del director, y así parecen haber trabajado sus escribas; en modo oficinista.

¿Qué figuras lograron salvarse del lanzamiento al vacío?

La dupla protagónica de Edha, Viale y el modelo español Andrés Velencoso, además de no descollar con sus performances, tienen nula química como pareja en la ficción. La idea de sellar a fuego el encuentro entre una fría y calculadora diseñadora adinerada, con un inmigrante en problemas tras el incendio de un taller clandestino, resulta tan forzada como cada planteo narrativo de esta serie. Además, la constante lucha de Velencoso por ocultar su acento español e imitar un híbrido entre latino y porteño; es verdaderamente irritante.

Hay un puñado de figuras rotundamente desaprovechadas. Desde aquellos que aparecen varios minutos en todos, o casi todos, los capítulos de la ficción, como el mencionado Osmar Núñez o Daniel Hendler, hasta algunas que pasan fugazmente o están a modo decorativo, Inés Estévez, Julieta Zylberberg, Martín Seefeld, Carla Peterson y Julieta Cardinali; ingresarían en ese apartado.

Pablo Echarri está correcto, pero quienes sacan a flote algunos instantes de este expediente televisivo son sin lugar a dudas la joven Delfina Chaves (interpretando a la hija de Edha), y Sofía Gala Castiglione (con un personaje de aguerrida mujer del conurbano que domina con destreza).

La revelación más impensada es la de Flavio Mendoza, que da en la tecla con su mix de preparador de modelos de la periferia bonaerense y dealer trepador.

Entre caprichos y giros de culebrón

Más allá de la correcta factura de producción, con varios drones sobrevolando desde Puerto Madero a los monoblocs de Lugano, nada resulta verosímil en Edha. Cada escena destila un remanido aire a lugar común, y a pesar de la larga extensión de su metraje, no logra arropar a sus criaturas con una verdadera entidad. Los protagonistas de esta historia son chatos y unidimensionales, mientras que los giros narrativos no deparan la atmósfera inquietante que tanto se intenta subrayar desde los diálogos o la banda sonora. El capricho más notable tiene que ver con la repentina decisión de la protagonista de abandonar el diseño de una colección femenina, para abocarse a la confección de prendas para varón, tras su encuentro con el mencionado inmigrante Teo (Andrés Velencoso). Al resultar poco creíble la química entre ambos, las acciones de ella parecen estar más guiadas por el simple designio de cumplir con un par de escenas de erotismo despachadas en modo soft porn.

En los últimos cuatro capítulos, hay uno que otro momento con cierta intensidad, que no alcanzan para levantar la abrumadora planicie con la que se desarrollaron los seis episodios iniciales. Algún personaje que se creía muerto resulta estar vivo, y la revelación de un puñado de chanchullos familiares; inclinan sin mayor convicción a este intento de thirller dramático hacia las arenas del culebrón.

El calvario no termina aquí

Sin spoilear detalles de la resolución, el último capítulo deja abierto el terreno para una segunda temporada. Teniendo en cuenta las críticas negativas de la prensa y de los usuarios de Netflix, el único camino de salvación podría consistir en correr el eje de la dupla protagónica hacia las subtramas de los personajes adolescentes; con Delfina Chaves como principal sostén del asunto. A pesar de que esos momentos también estuvieron repletos de clichés, destilaron lo único medianamente pasable dentro de este bodoque insalvable; que aún tiene el descaro de ir por más.

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