Los cines mendocinos: entre la lucha libre y el chiquero

Al atracón de alimentos con exceso de fritura, se suma la creciente costumbre del público a hablar, entre sí o por teléfono, como si estuviera en el living de su casa. ¿El disfrute de un espectáculo colectivo en vías de extinción?
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Laureano Manson

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Foto: Alto Odilion Dimier

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Los cines mendocinos: entre la lucha libre y el chiquero

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Los cines mendocinos: entre la lucha libre y el chiquero

Los cines mendocinos: entre la lucha libre y el chiquero

Los cines mendocinos: entre la lucha libre y el chiquero

Hasta hace algunos años, es imposible determinar con certeza cuántos, tal vez una década, las películas se disfrutaban en los cines, desde el consenso que genera un espectáculo compartido con decenas o cientos de espectadores. 

Sin embargo, una suerte de ley de la selva avanza sobre las salas mendocinas, especialmente durante los fines de semana. Obviamente, este fenómeno se debe replicar con menor o mayor medida en los circuitos de diferentes ciudades del país, pero aquí vamos a referirnos a lo que sucede específicamente en los complejos locales.

Yendo de la sala al living

Como parte de una dinámica social que tiende a barrer los límites entre el espacio privado y la experiencia compartida, se vuelve cada vez más frecuente que muchos espectadores se comporten en los cines como si estuvieran en el living de su casa. Por cierto, hay una cadena que ofrece butacas amplias y algo reclinables, cuyo confort se agradece. Los asiduos concurrentes a esas salas, eligen tal recinto porque representa a un segmento social supuestamente distinguido. Sin embargo, una vez que ingresan en el mismo se comportan como aquellos ejemplares que tanto cuestiona su parienta más inmediata: la "cheta del Nordelta". La ilusión de que la educación y el civismo es privilegio de las clases con mayor poder adquisitivo, es pues eso, una ilusión. En cualquier sala de cine, perteneciente al complejo que sea, puede observarse una paleta de actitudes dignas del arte animalista.

¿Manso Pancho o Mansa Peli?

Cuando a mediados de los '90 irrumpieron los complejos de multisalas en Mendoza, el fenómeno del pochoclo obviamente no estuvo ausente. Se sabe que la venta de popcorn es un engranaje fundamental a la hora de facturar contundentes cifras en todos los cines del mundo. El irresistible snack, que históricamente surgió como un alimento calórico y económico, que se vendía en las puertas de los viejos teatros donde se proyectaban películas, en Estados Unidos en tiempos de hambruna durante la depresión económica a fines de la década del '20 del siglo pasado, se transformó en oro para los propietarios de las salas, una vez que se encargaron de echar a los vendedores ambulantes y meter el negocio puertas adentro, en el hall de ingreso a los cines.

A medida que pasa el tiempo, los baldes de pochoclo se vuelven cada vez más grandes, y si antes el sonido crunch crunch crunch se extendía durante los primeros minutos de cada film, ahora los consumidores de popcorn tienen para entretenerse e inflarse cual globos, hasta por lo menos la mitad de la película.

Pero el pochoclo es lo de menos. Después de todo, es un elemento que forma parte del folclore del espectáculo cinematográfico casi desde sus orígenes. En este último tiempo, se ha agregado una amplia gama de alimentos ricos en aromas a aceite refritado, incluyendo pizzetas, panchos, nachos, chipás, y... atenta "cheta del Nordelta": ¡hay combos con mate! Cuando termina la función, la ingesta desmesurada de popcorn y el olor a aceite con el que cada pareja llega a sus respectivos hogares, seguramente no configuran el marco más sensual a la hora de una buena peformance íntima post cine.

Dos datos para que el espectador tenga en cuenta: 1) los precios de esos combos con snacks son siempre exorbitantes 2) al no contar la mayoría de los complejos con cocinas equipadas, todos estas propuestas de fast food permanecen en el freezer durante mucho, pero muuuuucho tiempo, a la espera del momento de ser recalentadas. Los cines que hay en Mendoza, pertenecen en la mayoría de los casos a cadenas multinacionales, por lo que supuestamente la sanidad de los alimentos está garantizada. 

Charlas impunes, celulares que encandilan y salas repletas de médicos:

A pesar de los inútiles anuncios que se proyectan en la pantalla, para que el espectador apague sus celulares antes de que comience la función, ya desde los créditos de apertura de la película que hayamos elegido, se ha vuelto muy frecuente escuchar ringtones y ruiditos de mensajes de los más variados. Involuntariamente, estos tonos han pasado a configurar un nuevo elemento en la banda sonora de los films, y pueden irrumpir en cualquier momento, tanto en un crispado silencio dramático, como en el momento justo en que se devela la identidad del asesino.

Un fenómeno particular de estos últimos tiempos, es el desparpajo con el que la gente habla por teléfono durante minutos, sin tener la mínima intención de retirarse al hall para no interrumpir la película. Hasta hace unos años, bastaban un par de SSSHHH bien puestos, para que el amigo inseparable del celular cortara su llamada. Pero últimamente nada de eso. No sólo el sujeto en cuestión va a hablar todo lo que quiera y durante el tiempo que se le dé la gana, sino que frente a cualquier recriminación de otro espectador, el ejemplar responderá de manera reaccionaria, generalmente argumentando que es médico y está "en servicio". Seguramente, habremos escuchado de su bocota durante su charla telefónica, cosas como una lista de chorizos, morcillas y demás ingredientes para un asado. Pero claro, el señor o la señora doctora, están alertas frente a cuaaaaaalquier llamado de emergencia. También hay un creciente grupo de exponentes de las cavernas telefónicas, que sin esgrimir argumento alguno, frente a cualquier reclamo procederán a insultarte o preportearte, quedando al filo de una situación de golpe, o en el peor de los casos estampados contra la butaca.

Lo mismo corre para los que sin hablar también generan tensión. Aquellos que pasan gran parte de la película tecleando mensajes por WhatsApp, sin siquiera considerar la opción de reducir el brillo de las pantallas de sus celulares. En caso de que se lo pidas, no les importará nada, o simplemente te dirán que no saben cómo bajar la estridente luminosidad de sus aparatosos teléfonos.

Párrafo aparte merecen aquellos que por desinterés en la película, o por creer que están en un café o un bar en lugar de un cine, empiezan a hablar a viva voz de cualquier cosa. Pueden ser parejas o amigos, los disertantes de tema libre. ¡Ojo con interrumpirles su apasionante charla! El asunto puede terminar muy mal.

Los cines: entre la mística popular y el ring de lucha libre

El tema de los snaks y los celulares, son sólo una parte del despliegue selvático que puede observarse en las salas cuando vamos a ver una película. También hay niños que corren y juegan como en un pelotero, bebés que lloran; y padres que no atinan a salir con sus criaturas al hall durante esos minutos de llanto y estridencia. Sería absurdo y hasta falto de mística, pedir que los cines sean santuarios solemnes. Siempre hay un sobresalto, grito o comentario de un espectador fuertemente compenetrado con la película que estamos viendo, que se integra al fenómeno colectivo, desatando risas o la complicidad de todos con el simpático exabrupto que brota de algún sector de la platea.

A su vez, está claro que lo preocupante no radica en aquel espectador desprevenido, que no silenció su celular, y que apurado mete su mano en el bolsillo, para apagarlo cuando suena apenas empieza la película. Otra cosa es cuando el mismo ringtone emana desde la misma butaca más de una vez. 

Entre adictos al celular, salas que huelen a panchería, y charlas a todo volumen; se va cristalizando la idea de la desaparición del ritual del espectáculo compartido, como un espacio de disfrute colectivo. El avance de la falta de respeto por el otro, va transformando a las salas de cine en algo más cercano a un ring de lucha libre, que a un espacio distendido.

¿La solución? Si es que la hay

Es cierto que todo cinéfilo de ley, tiene la opción de elegir las funciones de mediodía,  o en la tarde-noche de días como lunes y martes, para así evitar las multitudes, o bien antes de que comience la función, seleccionar una butaca no tan cercana a parejas armadas con baldes de pochoclo, gaseosas y chipás; así como también a algunos asientos de distancia de alguna dupla o grupo que pueda anticiparse como excesivamente "parlanchín".  

 Para aquellos que sólo pueden o quieren, ir al cine en fines de semana por la noche, y opten por un tanque de esos que generan un fenómeno de taquilla, lo recomendable es esperar el fin de semana siguiente al del estreno, que es cuando se produce habitualmente el pico de congestión, por la excitación del público frente al debut de la película que ha esperado con avidez.  

De avanzar esta conducta selvática, los complejos multisalas deberán optar por agregar personal de seguridad, que oficie como preceptor o mediador frente a todo tipo de incidente. En una coyuntura como la actual, en la que boleteros han sido sustituidos por pantallas de venta electrónica con tarjeta, resulta difícil pensar en el incremento de trabajadores destinados a cualquier tipo de actividad en los cines.

Mientras esbozo estos tips, no puedo evitar sentir un dejo de "vergüenza ajena". Se debería dar por sentado que una salida al cine es sinónimo de disfrute. Pero entre el alto costo que supone trasladarse, sortear largas filas de ingreso en algunas ocasiones, comprar el combo de entrada con gaseosa, pochoclo y demás frituras; la experiencia no debería coronarse con un momento estresante dentro de la sala. Por lo tanto, y dado un contexto en que el respeto en la interacción social está lejos de ir por un camino de evolución, es preferible prevenir, para así evitar que nuestra película termine en infierno.