Cincuenta sombras liberadas: el fin de la nada misma

El tercer episodio de la saga que se vende como una experiencia atrevida, repite el amontonamiento de imágenes softporn y un relato que atrasa décadas.
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Laureano Manson

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Cincuenta sombras liberadas: el fin de la nada misma

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Cincuenta sombras liberadas: el fin de la nada misma

Cincuenta sombras liberadas: el fin de la nada misma

La traslación a la pantalla grande de los masivos volúmenes literarios de E.L.James, es una de las operaciones más burocráticas del cine de estos últimos años. Desde la película debut, Cincuenta sombras de Grey (estrenada en 2015), pasando por Cincuenta sombras más oscuras (que se deslizó en los cines el año pasado), y finalmente desembocando en este nuevo embutido; la saga completa ha estado dominada por el más soporífero desgano. Una suerte de trámite dividido en tres partes, más tedioso y poco sexy que repetir encuentros en los que el tiempo pasa sin que nada se movilice.

Para no desentonar con los dos capítulos anteriores, el director (o mejor dicho despachador) James Foley, vuelve sobre un film en el que no hay ni un indicio de erotismo. Más que una película, Cincuenta sombras liberadas es un amontonamiento de imágenes softporn que atrasan como mínimo un par de décadas. La dupla protagónica ratifica su premio a la pareja con menos química de la historia del cine, y sólo se pueden rescatar algunas canciones pop de la banda de sonido.

En este capítulo, los tortolitos que antes jugaron en la habitación roja al seudo masoquismo, dan un paso hacia la ultra normalización. En realidad, más allá de que la franquicia se haya empecinado en vendernos a este par de personajes pasteurizados como si fueran fogonazos sexuales, todo verdadero aficionado al sado habrá querido darle más de un latigazo a la pantalla; por el desabrido y rutinario abordaje con el que este producto retrata algunas prácticas de dominación y sumisión.

En este broche final, se supone que es el ex jefe de Anastasia, devenido en villano iracundo y desempleado, el elemento desestabilizador de esta bazofia fílmica. El relato titubea entre el franeleo que no termina de levantar temperatura, y una pretendida cuota de suspenso con varios cabos sueltos. La cosa no funciona entonces, ni como película erótica, ni como thriller; ni como absolutamente nada.

Llamativamente, en meses en los que han tenido un gran protagonismo diversos movimientos feministas en el mundo, este bodoque aterriza en las pantallas ratificando, sin ningún tamiz crítico, a la mujer como objeto destinado al servicio y consumo del hombre. De todas formas, sería utópico pedirle a una trilogía que ni siquiera ha sido capaz de ironizar sobre su conservadurismo, que ensaye una reflexión de cualquier índole. Cincuenta sombras liberadas es apenas una seguidilla de publicidades de productos, un flujo de imágenes tan plástico como aséptico.

Sólo un milagro podía elevar la bajísima vara que había dejado el tránsito de los episodios iniciales. No sucedió. Y parece que poco importa. En esta operación, vuelven a ganar los productores y a perder los espectadores. El único consuelo es que se trata del último saqueo marca Grey. También es ligeramente gratificante, que al menos en nuestro país, la segunda película de la saga haya facturado la mitad de la primera. Habrá que esperar entonces, los números que termina de engrosar este manotazo de cierre. Mientras tanto, es más saludable para el bolsillo, las retinas y la nobleza cinematográfica; darle chance a cualquiera de los otros seis estrenos que esta semana desembarcaron en las salas locales. 

Fifty shades freed / Estados Unidos / 2018 / 105 minutos / Apta para mayores de 16 años / Dirección: James Foley / Con: Dakota Johnson, Jamie Dornan y Eric Johnson.

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