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La chica que lee: Tres invierno en París, el destino como estación

Hay algo que sucede con ciertas pulsiones internas con respecto a los dones personales y al desarrollo profesional, que parecen imposibles de soslayar. Imposible la duda cuando se sabe a destino. Destino es una palabra que resuena muy bien con Marta Minujin y con sus primeros años como artista.
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Cintia Álvarez

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La chica que lee: Tres invierno en París, el destino como estación(Web)

La chica que lee: Tres invierno en París, el destino como estación | Web

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 Su libro Tres Inviernos en París, Diarios íntimos, recientemente publicado, da cuenta de ello: "...pero yo me escapé y fui a la escuela de Bellas Artes a rendir el examen de ingreso. Nunca había pintado ni producido nada, pero ya sentía que era artista". La certeza interior parece contar con algo que no lo tiene nada más. "La verdad es que mi fracaso como artista es mi fracaso como mujer, como ser humano. No podré hacer jamás feliz a nadie si no siento que hago algo, que me estoy realizando...Esta vocación es un destino trazado que no puedo evitar...Seguro tengo un ángel que me está protegiendo".

A priori, si algo nos permiten los diarios, como género literario, es lograr un punto de encuentro con la intimidad de las personas que habitan en estos personajes. Una especie de magnetismo que nos estimula a conocer más. La cercanía puede ser encantadora, pero, a veces, hay que aproximarse con cierta delicadeza, porque los ídolos pueden volverse, también, mortales. Punto para ellos. Lo que vemos a simple vista es lo que un otro quiere que veamos, una mínima parte del tesoro que esconde. Es algo más profundo, quizás más imperfecto, pero por sobre todo mucho más humano.

Tres inviernos en París se estructura en tres capítulos, que lejos de ser una simple nominación - y una obviedad- ofician como un buen resumen: "La ciudad de la libertad", "Soledad y melancolía" y "Deseos realizados". El viaje (real y metafórico) del héroe, en términos de Joseph Campbell. O de la conquista (del artista). Por cierto, requiere buenas dosis de valentía y de coraje, "...estuve soñando con el momento en que exponga en esa sala, lo que directamente sería como conquistar el mundo"

Resulta extraño pensar a la chica del arte pop (en Francia descubrirá la magia del color, lugar que, además, se convertirá en la sede de su primer happening, La destrucción) compuesta, a su vez, por sombras. ¿No hablábamos de humanidad? Por las páginas se lee, se respira y se vive un sinfín de emociones y sensaciones: soledad, excitación, sufrimiento, angustia, desamparo, frustración, depresión, desesperación, melancolía, tormentos, necesidad de afecto, insatisfacción y autoexigencia. "Nunca sentí con tanta evidencia la angustia de las horas que se escapan, los minutos, la vida, como en esta maravillosa ciudad". 

También se experimentan una fuerza de voluntad ilimitada, una perseverancia a base de pruebas, una sensibilidad en el sentido más amplio de la palabra y un rico mundo interior, teñidos por una necesidad imperiosa de expresar-se. París se convertirá en su lugar de ubicación perfecto, en su gps artístico: "...tiene todo lo posible que hay en el mundo, y es muy difícil conquistarla, pero encontrarle la llave significa abrir el planeta entero...Adoro Paris. ¡Nunca pensé que podría gozar tanto de todo y experimentar esta sensación de éxtasis! En cada momento tengo sorpresas maravillosas. Me siento como Alicia en el País de las Maravillas".

También seremos testigos de varias situaciones claves en su vida: su profundo amor por Bebe, con quien se casó en secreto, y con falsificación de documentos de por medio, para acceder a la beca que le abrirá las puertas en la ciudad de la luz; de la leucemia de su hermano; del cambio de roles en el vínculo con sus padres; de su amistad con Greco y con la poetisa Alejandra Pizarnik; de su encuentro con Antonio Berni (su pintor más admirado de Buenos Aires); de sus noches interminables de trabajo; de sus contradicciones; de su falta de espacio físico y de la apropiación de todo el espacio físico posible por parte de sus obras; de sus mudanzas permanentes; de la búsqueda por encontrar el atelier perfecto; de su relación con el dinero; y de la pintura como agente transformador. También, en caso de tenerlos, derribaremos ciertos prejuicios; por ejemplo, el por qué del uso permanente de sus anteojos oscuros (que poco tiene que ver con una actitud solemne, arrogante o incluso de distancia, y más con por una cuestión física) o el por qué de la ruptura de sus obras (parte esencial de la la filosofía de Minujin). Nota: no se pierdan el apéndice titulado "Mi primer happening".

Antes de par(t)ir. "Soy herida por una flecha de libertad" ¿Por qué unos Diarios? ¿Por qué el invierno? ¿Por qué París? Ensayemos algunas respuestas. Para pintar con palabras su realidad y como antídoto contra la soledad, como testigo de la crudeza y de la intensidad de un proceso que la llevó a su nacimiento y a su iluminación como artista

"París va a quedar como un candelabro en mi memoria."

"Siento que algún día daré algo como pocos seres lo dan, siento una voz interior que me dice que tengo que seguir de cualquier forma, siempre buscando, tratando de crear algo que trascienda el tiempo... porque es mi destino". Si algo se propuso Marta como artista/mujer (y los términos en su caso parecen inseparables), desde siempre y para siempre, es sentir. Sentir realmente, con todo lo que eso implica. Sentir como forma de observar su propia vida y al mundo. De habirt-se. Fue y es una artista a la que le "dolió" serlo. Su arte fue y es su religión. Y, como tal, su acto de fe. "Tenía que romper todo para sacar mi propio yo...soy feliz de ser yo". 

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