Lo que dejó La Casa de Papel: no pensemos demasiado

La entretenida historia del atraco a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre no tiene mucho más que acción y romance. Una apuesta que ganó con poco.
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Francisco Pérez Osán

1/10
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ATENCIÓN: esta crítica contiene spoilers de la ambas temporadas de La casa de papel.

 La semana pasada se estrenó en Netflix la segunda temporada de La casa de papel, y los pocos que evitaron el streaming ilegal pudieron ver el desenlace del "atraco más grande de la historia de España", un final que resultó algo decepcionante hasta para quienes habían notado la chatura que la serie había tenido durante su primera temporada.

Fue un exitazo, eso es innegable. Desde que la serie de Álex Pina tomó impulso y se "viralizó", se inmiscuyó en todos los ámbitos de la vida de los argentinos. No hubo red social que no se viera inundada de referencias al Profesor, Tokio, Berlín o algunos otros de los asaltantes de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, y -como en su momento pasó con House of cards- La casa de papel se transformó en el tema de conversación obligado para todo el mundo, de manera voluntaria o no. De más está decir que sus actores pasaron de ser mayormente completos desconocidos a ocupar páginas y páginas de medios argentinos. El fanatismo llegó al punto de popularizar el tema Bella ciao, cantado en varias oportunidades durante el transcurso de la historia.

Pero, como sabemos, el éxito no es garantía de calidad, y La casa de papel tuvo muy poco que ofrecer aparte de entretenimiento puro y duro -lo que no es poco-. Desde su primera temporada se pudo ver que la historia no era el fuerte de la serie: situaciones absolutamente inverosímiles mezcladas con giros supuestamente inesperados pero que se veían venir desde kilómetros. Un ejemplo: la inexplicable relación entre el Profesor -Salvador o Sergio, interpretado por Álvaro Morte- y la inspectora Raquel Murillo (Itziar Ituño) lleva a que la Policía descubra la casona en la que se preparó el plan, pero en el primer capítulo de la segunda temporada descubrimos que eso también era parte del plan. Sorprendente, ¿no? No, el mismo recurso ya había sido utilizado por lo menos dos veces en los capítulos anteriores, y fue utilizado por lo menos dos veces más.

Las inconsistencias son probablemente lo más molesto de La casa de papel. Una serie sobre un "plan perfecto" no sobrevive -o no debería sobrevivir- a que el espectador no pueda pasar media hora sin preguntarse "por qué está pasando esto". La relación entre el cerebro del plan y la mujer que debe atraparlo es el punto más cuestionable. A lo largo de los capítulos -15 cuando se estrenó en Antena 3, 21 en Neflix- se puede ver que lo único que consiguió el Profesor con esto fue complicar la realización de sus maquinaciones, y no ganó prácticamente nada. El hecho de que tampoco se explique de manera explícita qué busca al acercarse a la inspectora sólo aumenta la confusión.

Lo que pasa adentro del edificio tampoco tiene demasiado sentido. A pesar de que todos los integrantes del equipo tienen en claro cuál es su el plan y qué rol deberían cumplir, al poco tiempo de ingresar se desvían del libreto -de manera figurada, claro- y contribuyen a la infinidad de problemas extra que deben enfrentar. No hace falta decir que si no hubiesen problemas la serie sería un bodrio, pero tampoco hay que irse al extremo de inventar inconvenientes tirados de los pelos para generar tensión (un ejemplo es cuando los padres de Río lo dejan de considerar su hijo y luego la policía lo intenta cooptar con su ayuda, pero claro, eso era parte del plan). La suspensión de la incredulidad es una de las bases del disfrute a la hora de ver una película o serie, pero si esta no guarda ni un ápice de verosimilitud, el efecto se pierde y el espectador pierde interés.

Las actuaciones son muy irregulares, y no sólo por mérito o demérito de los actores, si no porque el propio guión marca cambios demasiado bruscos en los personajes, sobre todo si tenemos en cuenta que la acción transcurre en un lapso de 5 días. Hay que hacer la aclaración que el estilo de las actuaciones es, en general, lo que una serie del estilo de La casa de papel necesita, pero las sobreactuaciones y los diálogos cursis al punto de parecer telenovelescos atentan contra los esfuerzos de los protagonistas. Úrsula Corberó, quien interpreta a Tokio, es la desafortunada receptora de las líneas más forzadas, probablemente por la confusión que tienen los creadores entre femme fatale y barrabrava. De todas maneras, el que se lleva las palmas al peor diálogo es el que Denver (Jaime Lorente), tiene con su padre Moscú (Agustín Ramos), en el que le espeta "a una madre no se la abandona, a una madre se la rehabilita". Sus charlas sobre el Síndrome de Estocolmo también son bastante difíciles de digerir.

Los puntos altos vienen curiosamente con los actores que menos participan, por lo que pueden mantener un personaje más o menos estable. El recién mencionado Moscú, con su encanto bonachón de pueblo; Helsinki (Yashin Dasáyev), que logra combinar de manera efectiva la brutalidad del matón del grupo con algo de humor y sentimentalismo bien medido; y Nairobi (Alba Flores), que consigue soportar la zozobra de su historia personal a fuerza de carisma. El personaje de Pedro Alonso, Berlín, es un caso aparte: tiene algo del encanto del antihéroe extremo, pero la sobreactuación en los momentos dramáticos, o el exceso en el recurso del diálogo irónico tiran abajo la que debería ser la interpretación estelar de la serie.

Las múltiples historias de amor cobran un protagonismo desmesurado dentro de lo que debería ser una historia de acción. Si bien esto no es un problema per se, los saltos que deben dar los actores para hacer creíbles las aceleradas relaciones que presenta el guión son muchos. A saber, Denver pasa de dispararle a enamorarse de Mónica Gaztambide en menos de 48 horas (antes evitó que abortara y después la rechaza por un diagnóstico más o menos apresurado de Síndrome de Estocolmo); el Profesor se enamora perdidamente -¡y eso no estaba en sus planes!- de la inspectora Murillo tras dos cafés y después de ser amenazado a punta de pistola por ella; finalmente Tokio se enamora y se desenamora al menos dos veces de Río (Miguel Herrán), y pone en peligro el plan igual número de veces por este amor. En general estas sub historias son tratadas con un nivel de sensiblería innecesario, aunque alguna termina resultando efectiva.

Sacando estas falencias, es de rescatar la producción de la serie. La cinematografía es excelente -aunque a veces consigue esta excelencia robando escenas de otras series o películas-, y no se queda atrás de las producciones norteamericanas. El mundo donde transcurre la trama está bien construido, y contribuye a hacer más llevadero el transcurso de la acción. Contar la historia con el apoyo de flashbacks también es un acierto, ya que ayuda a cortar con la claustrofobia que genera el encierro al que se someten los personajes.

En definitiva, la palabra que mejor describe a La casa de papel es irregular. Sus numerosos fanáticos no dudarán en defenderla contra toda crítica, pero su verdadero mérito es que resulta entretenida y no requiere mucho del espectador. Una buena opción para maratonear durante los días fríos de otoño.