¿Qué está pasando en Argentina en materia energética?

Emilio Guiñazú Fader, subsecretario de Energía y Minería de Mendoza, analiza la situación energética y las perspectivas en esta columna para MDZ.
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Emilio Guiñazú Fader

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¿Qué está pasando en Argentina en materia energética?

¿Qué está pasando en Argentina en materia energética?

¿Qué está pasando en Argentina en materia energética?

¿Qué está pasando en Argentina en materia energética?

La crisis energética de la cual hablamos todos hoy y que indudablemente es el mayor problema de la economía argentina en realidad se viene gestando hace más de 20 años producto de falta de políticas a largo plazo, el no reconocimiento de nuestras propias limitaciones y algunos errores conceptuales.

La matriz energética Argentina comenzó un proceso de degradación en los años 80. Las causas fueron muchas y si bien se puede criticar la eficiencia de la gestión estatal de la época, hasta ese momento existía una estrategia de cómo debía funcionar el país en términos de energía. Existía planificación a largo plazo y una fuerte vocación a la diversificación de la matriz energética, con grandes proyectos nucleares e hidroeléctricos que permitían tener una base previsible, limpia y competitiva a largo plazo y la utilización de generación térmica en forma complementaria.

El descubrimiento del mega yacimiento de gas de Loma de La lata en Neuquén sumado a la desregulación del sistema, hizo que en los años ´90 la matriz se volcara fuertemente a la generación térmica, de menor costo de capital, menor riesgo operativo y con períodos menores de recuperación. Esta estrategia de dejar la energía en manos del mercado pudo entregar rápidos resultados y nos llevó a tener energía competitiva sobre finales de la década, pero dadas las características de nuestro país también traía un peligro latente.

A finales de los ´90 el gas entraba al sistema por un costo menor a los USS 4 MMBTU y la energía eléctrica se generaba a menos de USS 30 MWh. El problema es que una política de esta naturaleza es extremadamente sensible al ambiente político y social y así como una Ferrari es el auto adecuado para correr en un autódromo, definitivamente no es el más adecuado para recorrer la ruta 40 en donde todavía tenemos tramos sin asfaltar y el no reconocer nuestras limitaciones institucionales nos llevó a cometer un nuevo error y volver a quedarnos sin energía.

Con la crisis de la convertibilidad, la ley de emergencia económica, la devaluación, la pesificación y el congelamiento de tarifas obviamente los actores privados salieron espantados y llegó la pérdida de inversiones. No solo nos fuimos quedando sin energía, sino que la misma se fue encareciendo progresivamente, fundamentalmente por la falta de inversiones para recuperar las reservas de gas, la incorporación de los combustibles líquidos a la generación, la obsolescencia de los equipos de la infraestructura, la nula iniciativa para desarrollar los proyectos hidroeléctricos y la total incompetencia para plantear planes efectivos que permitiesen comenzar el desarrollo de las energías renovables.

El colapso de la era Kichnerista, provocado en gran medida por la crisis energética que generó los déficits gemelos con su correlato en la inflación y el cepo cambiario, nos dejó un país sin reservas (ni de energía ni de dólares), sin infraestructura y con el costo de los insumos energéticos disparado a las nubes con picos que llegaron de multiplicar por 10 los que sería un costo razonable dadas las potencialidades del país.

Llegado el actual equipo de gobierno y con un diagnóstico cuidadoso de la situación producto de un detallado trabajo en que se involucraron especialistas de todas las extracciones trajo como primera medida la declaración de la Emergencia Energética, medida que permitía tomar decisiones urgentes y necesarias para resolver el problema. A esto lo siguió la firma del Acuerdo Energético Federal que levantaba a nivel de políticas de estado las conclusiones de dichos trabajos.

El problema en forma muy simplificada debía ser abordado desde dos lados, oferta y demanda

Por el lado de la demanda que la Argentina empezara a pagar por la energía lo que la energía costaba corrigiendo de esa forma distorsiones importantes en sus precios relativos mejorar la eficiencia y eliminando "malcriados" hábitos de consumo.

Por el lado de la oferta, recuperar la seguridad energética en términos de abastecimiento y reducir los costos de generación dada la disponibilidad de recursos primarios y tecnológicos del país.



El diagnostico estaba claro y las líneas generales indudablemente eran las correctas y con un escenario macroeconómico proyectado se tomaron medidas fuertes.

Para cumplir el primer objetivo probablemente, el más polémico de este gobierno, llegaron los aumentos de precios y tarifas debido al retiro progresivo de los subsidios al gas, la electricidad y la recomposición de los costos de transporte y distribución. Siendo estos subsidios lo más grandes e injustos en términos económicos, sociales y territoriales (CABA pagaba fracciones de lo que pagaba el resto de la Argentina), es fácil entender por qué el gobierno nacional basó gran parte su estrategia fiscal en ellos, transformando al Ministerio de Energía en el "ministerio de la corrección fiscal".

Dentro del segundo objetivo se lanzaron una serie de licitaciones destinadas a reponer la infraestructura y remplazar los costosos e ineficientes equipos de generación contratados por el kirchnerismo en sus últimos años de desgobierno. Además de eso se eliminaron las ineficiencias y opacidades en los procesos de compra de gas, se lanzaron licitaciones apuntando a tarifas más competitivas y se lanzaron los planes RENOVAR como herramienta para cumplir los dictados de la ley 27191 ponerse a tono con el mundo y diversificar la matriz energética. También se lanzó un agresivo plan de desarrollo del gas no convencional apuntado a reponer las consumidas reservas de la Argentina y remplazar las caras importaciones de GNL.

El resultado más importante de estas medidas fue la reducción de más de un 70% del déficit fiscal provocado por los subsidios a la energía. Esto además permitió que el gobierno pudiera mantener una serie importante de otros programas sociales con el objetivo de contener la situación heredada. Paradójicamente desde ese punto de vista Aranguren ha sido el responsable de que el gobierno pueda continuar asistiendo a la sociedad en muchos otros sectores.

Así y todo, con los grises de cualquier gestión normal y sin necesidad de que nadie se ofenda existen señales de alerta que hacen necesario mantener un correcto monitoreo de la situación y de ser necesario hacer ajustes:

Algunas de las acciones definidas sobre determinados supuestos macroeconómicos que no se han cumplido pueden ser revisadas sin que por eso se pierda el norte o se declare el fracaso de una gestión.

Habiendo realizado más del 70% del esfuerzo, debemos tener cuidado que nuevos ajustes en las tarifas no comiencen afectar la marcha real de la economía con lo que el objetivo de reducir el déficit fiscal vía reducción de subsidios se vea contrarrestado por una reducción de la actividad económica que termine devolviéndonos el problema como un boomerang.

Los precios de la energía, tanto gas como electricidad ya han alcanzado valores razonables, y el hecho de que aún no cubran los costos actuales por producirlas es consecuencia de la incompetencia del accionar del estado en los últimos 15 años (y del que hoy formo parte), no a razones técnicas y económicas. La pegunta que debemos hacernos ahora es, ¿Es razonable traspasar ese costo a la sociedad? o sería necesario analizar alguna posibilidad de financiar esos costos extraordinarios anticipando los valores de lo que se espera sean los costos de mediano y largo plazo.


La energía no es un comodity, no responde a ninguna de las dinámicas que configuran un mercado perfecto, tanto la oferta como la demanda son relativamente inelásticas, la oferta tiene fuertes barreras de entrada, tanto financieras como técnicas y legales y la demanda no tiene sustitutos a los cuales volcarse. Confiar ciegamente en las fuerzas del mercado sería un error. Por otro lado, el Estado es pesado e ineficiente por su propia naturaleza y proclive a perder sus objetivos en desvaríos ideológicos. Es necesario aunar las fortalezas de ambos sectores que trabajando complementariamente se potencian y neutralizan sus debilidades. Esa es la forma en que podremos equilibrar el péndulo y tener una matriz energética que sea un pilar del crecimiento del país.



Emilio Guiñazú Fader

Subsecretario de Energía y Minería

Provincia de Mendoza