Hablando de vinos: asignaturas pendientes

Enrique Chrabolowsky, "El Señor Alta Gama" del vino, se anima en una animada columna despertarnos a todos frente a una copa colmada.
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Enrique Chrabolowsky

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El autor de la nota que resulta "redonda en ojos", completa y estimulante.(lanocheenvino.files.wordpress.com)

El autor de la nota que resulta "redonda en ojos", completa y estimulante. | lanocheenvino.files.wordpress.com

Hablando de vinos: asignaturas pendientes(livingedge.com.au)

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"Algún día voy a subir el Aconcagua" me decía el bodeguero José "Pepe" Zuccardi hace unos años. Era uno más entre mis amigos mendocinos y de otros lares, que se tomaba el desafío de ascender al Coloso de América como una de las cositas que le faltaba a su vida para sentirse más pleno. A la larga, muchos ni lo intentaron (la barriga pesaba más que las ganas); y otros, más deportistas, pero menos afortunados se quedaron en el intento. La montaña no es cosa fácil muchachos. Pero Pepe, empeñoso y cabeza dura como pocos, lo logró. Había saldado una de sus asignaturas pendientes.

Pequeñas o grandes, posibles o imposibles, cada uno tiene la suya: andar en globo, la vecinita de "enfrente", el gol del triunfo, cantar en el Colón, remontar un barrilete, pegarle una piña al jefe, salir en la tele, manejar un fórmula 1, configurar la compu, arreglar el cuerito de la canilla que gotea, visitar a la abuelita o depilarse, entre otras, son asignaturas que solemos dejar para cursar mañana o pasado y que nos pesan en el centro del ombligo.

Como dice el tango: "cada cuál tiene su pena, y nosotros las tenemos...", pero para una gran parte de los argentinos, hombres y mujeres, pasaditos los 30 o 40, hay una especie de denominador común que en los últimos tiempos nos enrasa en las tres cosas que queremos pero no hacemos nunca: hablar inglés medianamente bien, bailar tango y aprender de vinos. ¿Le suena alguna de ellas?

De todas, sinceramente, creo que la mejor es disfrutar de los vinos en forma inmediata. El inglés, si no trabaja con extranjeros o vive en un avión dando vueltas por el mundo y el tango, si definitivamente -como yo-, es un patadura, los puede seguir postergando para más adelante, pero el vino no. Dejarlo para el año que vienen no es más que darle la razón a José Ingenieros cuando decía que "mañana era la mentira piadosa con que se engañaban las voluntades moribundas". Y su voluntad amiga mía, no está para nada moribunda: está vivita y coleando.

Además es la más fácil de las tres. Veamos. Aprender medianamente a hablar en inglés, es un proceso largo, tedioso que empieza (y muchas veces finaliza), con un simple: "My name is Ruperto". Con esfuerzo puede llegar a pronunciar correctamente una frase muy útil cuando se tiene hambre en Nueva York como: "Where is a good restaurant?" , que de nada nos servirá cuando un rubio que mastica chiclé nos responda a mil por hora algo así como: "Yo, got no damn idea, what cha takin' bout, man". Ni usted ni yo entenderíamos y terminaríamos por décima vez en un Mc Donald maldiciendo a las hamburguesas y la coca. Después de algunos añitos, hablar medianamente otra cosa que no sea el mendocino, es una misión más imposible que enseñarle un teorema a una hormiga.

Con el tango la cosa es un poco mejor. Pero no tanto. Yo lo intenté algunas veces y las piernas siempre terminaban enredadas y mis zapatos acharolados con taco carretel -que me costaron más que la factura de gas de una pileta cubierta- pisando los delicados pies de mi compañera que me terminaba abandonando con un formal "Muchas gracias" por otro más experto. Por ahí aprendía algunos pasitos elementales, pero cuando por los parlantes sonaba un fuelle y una voz que me decía que los naranjos estaban en flor, me desconcentraba de mi coreografía y terminaba en flor de papelón en comparación con los cítricos floripondios del arbolito de la esquina. Sin música es menos emocionante, pero más sencillo. Nunca llegué a proponer el "ocho" ni me animé a los firuletes que tanta envidia me daban. Algunas amigas, como la experta wine maker Gabriela Celeste que representa a Michel Rolland en Luján y suele cambiar sus borcegos Cat por los tacos aguja y el jean por la pollera de satén negro con tajo hasta la cintura y tras muchas horas de caminar el patio embaldosado, logró progresos y algún reconocimiento en el hermético mundo de la milonga. Pero no es mi caso ni el suyo.

Aprender de vino, finalmente, es más sencillo y grato. No hacen falta teachers, ni percantas. 

Todo está en nosotros, somos el mejor de los laboratorios móviles: tenemos ojos para mirar los bellos colores de un tintito sensual en la copa; nariz para llenarnos de de la multiplicidad de sus aromas en un todo vale inmenso, tacto para sentir en la lengua su textura y fuerza, y gusto para llenarnos la vida del mágico jugo.

¿Y el oído?, me pregunta mi amiga Victoria la fotógrafa tanguera. "Para escuchar el sonido a campanas de gloria de las copas que se chocan; para oír el ¡salud! con que se acompaña al brindis para celebrar la vida y para sentir la voz del que a uno lo acompaña hablando de ese vino que nunca se bebe en soledad."

El vino no se aprende, simplemente se toma.