Mundo de perros

"Los perros duros no bailan", del español Arturo Pérez-Reverte, es una fábula canina que revaloriza la lealtad y el honor en clave épica y políticamente incorrecta. Novela impertinente e inspirada en el ‘zoológico literario’, evoca las luchas de gladiadores en arenas romanas y, casi sin proponérselo, revela las facetas más oscuras de la crueldad contra los animales.

Nicolás Munilla

Arturo Pérez-Reverte(Penguin Random House GE)

Arturo Pérez-Reverte | Penguin Random House GE

Con su reciente novela Los perros duros no bailan (Alfaguara), el escritor español Arturo Pérez-Reverte se interna en el universo canino para ofrecernos una suerte de alegoría del mundo, donde los valores que la humanidad ha puesto en peligro de extinción, como la lealtad y la hidalguía, se transforman en la matriz esencial de las relaciones fraternales perrunas más allá la violencia como forma de entretenimiento, y lo políticamente incorrecto impera por encima de las reglas del hombre.

Negro es un mestizo de mastín napolitano y fila brasileña que vivió gran parte de sus ocho años como luchador, atacando y descuartizando a sus oponentes en el 'Desolladero', donde se desarrollan las apuestas clandestinas de los humanos. Ya alejado de ese ambiente violento, deambula en el 'Abrevadero' para despejar sus mente, pero allí no se habla de otra cosa que la misteriosa desaparición de su mejor amigo Teo y el narcisista Boris el Guapo, luego de una noche de ocio.

Los perros duros no bailan libro

Aun con cicatrices frescas en el alma por los padecimientos propios de su profesión, Negro se embarca en una audaz investigación que lo lleva por caminos tortuosos repletos de chocos estereotipados, en un viaje al pasado que, motivado por la tenacidad y el compañerismo, intenta atravesar para rescatar a sus amigos.

Netamente policial, esta novela 'olisquea' en los valores de la epicidad a través de la mirada de un protagonista perruno que actúa menos por razonamiento que por instinto y perseverancia. Glorifica la lealtad como propósito del ser, como un ancla en la tempestad a la que se aferra la existencia; un bálsamo más personal, alejado del cariño. "Un perro no es más que una lealtad en busca de una causa. Dadle una idea a uno como yo, un amo o un objetivo en la vida, y se aferrará a ello con los colmillos apretados. Tenaz hasta el sacrificio y la muerte".

Dicho estoicismo, que se repite concienzudamente en las obras de Pérez-Reverte, se internaliza ferozmente en la figura del antihéroe Negro, haciéndose más palpable conforme avanza el texto que, por momentos, evoca los lazos fraternales y sanguinarios de las arenas romanas donde los gladiadores se batían a duelo para el cruel deleite de los espectadores.

La monotonía biológica de mantenernos vivos, de luchar para no perder la vida. La llamada de lo salvaje. Siglos de memoria y horror concentrados en un minuto de violencia cuerpo a cuerpo, guiado por el instinto combativo que, en el pasado, nos permitió a los canes y a los humanos sobrevivir allí donde otras especies habían perdido el autobús de la supervivencia".

Esta obra, inspirada en El coloquio de los perros de Miguel de Cervantes y en otras joyas del 'zoológico literario', recrea un ambiente humanizado, por instantes en demasía, donde los estereotipos del noir son bien identificables: el Abrevadero, un desagüe de anís que funge como una especie de bar, regenteado por una boyera de Flandes argentina y feminista que trata con una clientela variada, que va desde un podenco filósofo hasta un caniche amanerado; los bajos de la ciudad que albergan el cuartel general de una xoloitzcuintle mexicana traficante de huesos y las banditas de perros filonazis; barrios elegantes con canes acomodados y calles desiertas donde los chocos se resguardan de la temida patrulla municipal; y hasta la llamada Cañada Negra, una apología del purgatorio antes del infernal 'Desolladero' y el pase a la "Orilla Oscura".

Casi sin proponérselo, Los perros duros no bailan expone las cotas de crueldad animal contra el 'mejor amigo del hombre'. Ya sea por codicia, morbo o simplemente atrocidad, los que supuestamente deberían ser seres 'inteligentes' dan rienda suelta a sus pulsos más retrógrados y violentos contra animales más nobles y leales que terminan convirtiéndose en máquinas asesinas. Todo bajo la negligencia o la indiferencia de las autoridades y, a veces, con la complicidad tácita de la sociedad que no presta atención a estas problemáticas.

Pérez-Reverte moldea esta aventura de cuatro patas en una novela impertinente y, en ocasiones, mordazmente eficaz en su propósito de romper con lo políticamente correcto y ofrecer una narración entretenida y locuaz.

Nicolás Munilla

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