Desafíos de las redes personales en la era digital

Un informe especial de divulgación científica difundido por el INCIHUSA, del CONOCET Mendoza.

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Tecnología y sociedad

Por Alejandro Paredes - Investigador Adjunto CONICET

La red personal es el conjunto de personas significativas con las que se tiene interacción (familiares, amistades, vecinos, compañeros de estudios o de trabajo). Ellas favorecen la calidad de vida, ya que sirven como fuente de apoyo emocional, informacional, material y axiológico de los individuos. Por apoyo emocional se entiende a las manifestaciones afectivas que favorece la red. El apoyo informacional se refiere al intercambio de diagnósticos contextuales, consejos y rumores. El apoyo material, es la transferencia de recursos; y el apoyo axiológico atañe a la legitimación de prácticas plausibles entre los miembros de la red (por ejemplo, estudiar, robar o resolver los conflictos en forma violenta, pueden ser admisible en una red, pero en otra no).

Para que las redes personales cumplan su función de apoyo en las primeras etapas vitales  deben existir lazos fuertes que generen un vínculo. También consejos eficaces ante problemas, fijación de límites para evitar peligros, y el desarrollo de una autonomía. Al ser un factor de apoyo fundamental las redes personales están ligadas a la construcción de la “resiliencia”, que es la capacidad de salir fortalecido ante una situación problemática.

¿Cómo saber si nuestra red personal es sana para nuestro desarrollo? Algunos criterios para pensarlo pueden ser la densidad, el tamaño, los tipos de relaciones y la valoración subjetiva sobre la red. En general, el apoyo de las redes personales menos densas es de mejor calidad, ya que la persona puede interactuar en diferentes subgrupos que no se conocen entre sí, lo que disminuye su estrés. Las redes personales pequeñas dan menos apoyo, sus miembros se sienten sobreexigidos y las repercusiones psicológicas son más graves cuando alguien se enferma. En cuanto al tipo de relaciones, las redes personales tienen un núcleo de miembros más estables y una periferia con relaciones débiles. Los lazos débiles permiten el acceso a recursos de otras redes que son inalcanzables para el núcleo. Finalmente, algunas personas pueden desconocer, descalificar o sobreestimar el apoyo que les brinda su red.

Desafíos de las redes personales digitales

Con el avance de las tecnologías de la información gran parte de las redes personales se ha digitalizado. Las nuevas interacciones ahora se realizan en lugares no topológicos, organizados por plataformas virtuales. Nos referimos a Facebook; Twitter; Instagram, por mencionar algunas. Son nuevas formas de comunicación y creación de comunidades que favorecieron el desarrollo de lazos débiles, en tanto que los lazos fuertes están preeminentemente conformados por relaciones físicas o analógicas. Los intercambios virtuales no reemplazaron a los encuentros analógicos, si no que, en cierto modo, los retroalimentan.

Este proceso trae consigo nuevos desafíos para pensar a las redes personales. El primero es el bombardeo consumista. Estamos ante un avance de la mercantilización de los vínculos personales desarrollado con las reglas propias del capitalismo. La digitalización de las relaciones personales implica el uso de dispositivos móviles y computadoras. Además, la alfabetización digital está acompañada por el sometimiento a estímulos de consumo. Esto hace a las nuevas generaciones más vulnerables a la adopción acrítica de la lógica del mercado y su tecnología persuasiva.

Otro aspecto que genera inquietud es la exposición pública que adquieren pensamientos y acciones de la vida privada, cuyas consecuencias negativas a corto plazo ya presenciamos (como el ciberacoso o el ciberbullying), pero que a largo plazo ignoramos. Además, muchos adolescentes aceptan o rechazan una solicitud de amistad digital impulsivamente, basándose solamente en la imagen y en la cantidad de amigos de los usuarios y casi no tienen adultos conocidos en su red, exponiéndose a peligros.

Finalmente, en cierto modo, la red social es una caja de resonancia de las ideas individuales con poca apertura al exterior. Esto se debe a que lo que aparece en la pantalla del usuario cuando accede a una plataforma digital es resultado de diferentes algoritmos que están en función de sus intereses y muestra lo que provoca más interacción para que permanezca más tiempo en la re d y de este modo genere más ingresos a las empresas.

Identidades digitales y construcción del yo

Abril Williams, Becaria UNCuyo - Practicante, INCIHUSA-CONICET. 

Al momento de reflexionar sobre el papel de las redes sociales en la conformación del ‘yo’ y de nuestras identidades virtuales es necesario contextualizar la cuestión dentro de lo que es la llamada cultura mediática, entendiéndola como la capacidad de los medios de comunicación y las tecnologías de moldear subjetividades y modos de ser en la vida social.

Actualmente es imposible, o al menos sería reduccionista, intentar analizar la sociabilidad humana occidental -con acceso a las TICs- sin ahondar en una exploración profunda de los medios digitales en general y los modos de interacción que propician para sus usuarios. De las interacciones mediadas por plataformas digitales surgen muchísimos temas para explorar y poner en cuestión.

En cualquier estudio de redes, al menos como punto de partida, es menester pensar los medios digitales como espacios virtuales donde las prácticas sociales cotidianas se traducen a un lenguaje virtual: con sus propias gramáticas, leyes y modos de interacción provistas por una infraestructura propuesta verticalmente por la plataforma, pero que los usuarios apropian y modifican activamente con su uso.

Podemos pensar las redes no sólo como espacios de socialización que resignifican la relación con los otros, sino que también resignifican la relación con el ‘yo’ o el modo en que cada sujeto mediático decide presentarse a sus contactos-audiencia.

Al hablar de la construcción de identidad virtual, entonces, pensamos en una identidad autorreferencial que dentro de las plataformas sociales se adapta a su propia infraestructura, estructurada a una suerte de panóptico exhibicionista del yo: perfiles de redes sociales construidos sobre una hiper-exhibición narcisista. El sujeto mediático se construye a sí mismo siguiendo una lógica de marketing donde las interacciones y reacciones por medio de likes pueden ser equiparadas a las mediciones de rating, donde el yo se espectaculariza y el otro pasa a ser mero espectador, parte de la audiencia  a la que se quiere vender.

Existen varios estudios en torno a estas temáticas y aún más variados son los enfoques teóricos desde los que pueden analizarse las interacciones en las redes. Algunos explican esta espectacularización desde el psicoanálisis, centrándose en la cuestión del exhibicionismo del individuo y en las fijaciones narcisistas que operan en estos modos de interacción.

Por su parte, otros estudios dejan de lado la cuestión del individuo para centrarse en lo social y hacen hincapié en la hipótesis de que vivimos en una sociedad exhibicionista que disfruta tanto como necesita de la catarsis pública de todo tipo de emoción. Aquí es donde el tema de la identidad se pone en juego: dependerá de cómo decida cada sujeto mediático presentarse a su audiencia y qué elementos tomar para formar su propia identidad online. Hay quienes usan la infraestructura de las redes sociales para construirse como una persona socialmente exitosa y otros que preferirán presentarse a su audiencia como sujetos intelectuales, políticamente activos y lejos de la vanidad estereotipada del usuario de red social que publica selfies.

Sean cuales fueren las identidades y las técnicas que utilice cada usuario para construirse a sí mismo, no dejan de constituir formas de narrativas del yo, ancladas en un ecosistema de medios sobre el cual es necesario reflexionar en profundidad para ofrecer respuestas acerca de la naturaleza de sus interacciones, y el camino para lograrlo es abandonar el escepticismo intelectual que rodea el estudio de las representaciones online.

Sexting: nuevas prácticas sexuales en la virtualidad

Por Valentina Arias, CONICET- FCPyS, UNCuyo.

El protagonismo que los medios digitales tienen en nuestra vida ha trasladado gran parte de nuestras prácticas cotidianas al escenario digital. Dentro del abanico de actividades “digitalizadas”, encontramos aquellas ligadas a la seducción y a las relaciones sexuales.  El sexting, un neologismo formado por la contracción de las palabras en inglés sex (sexo) y texting (enviar mensaje de texto) da cuenta de una práctica cada vez más común: usar la cámara de fotos del teléfono para fotografiarse o filmarse en situaciones eróticas y compartir estas imágenes de manera privada (en una  conversación vía WhatsApp) o pública (posteos en redes sociales, por ejemplo).

Luego de esta definición mencionamos una serie de características particulares: el contenido del sexting se basa en fotos de carácter erótico aunque también pueden ser videos de corta duración; las imágenes pueden ser enviadas con o sin texto, en todo caso, la imagen siempre es el rasgo central; la imagen es obtenida de manera voluntaria por quien se fotografía y suele ser  tomada en soledad y luego compartida; finalmente, el dispositivo tecnológico es un elemento indispensable para la realización de la práctica, siendo usados habitualmente los teléfonos inteligentes (esto es, con cámara de fotos y acceso a Internet), pero eventualmente pueden ser cámaras web o tablets.

¿Es el sexting una práctica absolutamente novedosa o la mera repetición de algo ya existente?   La producción y el intercambio de fotos y videos de desnudos han existido desde el nacimiento de las técnicas que los hicieron posibles. Así, sólo un par de años después de la divulgación del daguerrotipo en 1839 encontramos  las primeras imágenes de mujeres desnudas. La aparición del cinematógrafo data de 1895 y el primer cortometraje de un cuerpo desnudándose fue realizado tan sólo un año después. Algo similar ocurrió con la tecnología VHS y, por supuesto, Internet. A su vez, los jóvenes y adultos han intercambiado fotos de sus desnudos desde que la técnica lo posibilita. Las cámaras Polaroid, por ejemplo, alentaron la producción y el intercambio de fotos eróticas sin necesidad de enfrentarse a la vergonzosa situación de ir a una casa de revelados y las cámaras de video habilitaron la creación de videos eróticos caseros y amateurs.

Sin embargo, hay algunos rasgos particulares del fenómeno del sexting que lo diferencia de sus antecesores. En primer lugar, la tecnología de los teléfonos inteligentes e Internet ha posibilitado que los usuarios pasen de ser meros espectadores pasivos a ser productores y difusores de contenido con una facilidad nunca antes experimentada. Dos características técnicas son fundamentales: la portabilidad y la relativa gratuidad de los teléfonos inteligentes. La portabilidad habilita a que el usuario lleve consigo el aparato a donde quiera que vaya, lo que permite producir imágenes en cualquier situación; por su parte, el bajo costo de los servicios permite experimentar sin mayores limitaciones.  Por otro lado, las últimas décadas han sido testigos de una ampliación del acceso a la fotografía: no sólo a diferentes grupos etarios sino también a diferentes sectores sociales que solían quedar excluidos de este tipo de consumo. De esta forma,  producir y distribuir fotos nunca ha sido tan fácil pero además, nunca ha estado tan expuesto a la esfera pública como ahora.

En síntesis, la práctica consistente en producir y distribuir imágenes del cuerpo propio tiene en el sexting una versión novedosa que, si bien está insertada en una tradición de larga data, aparece con particularidades que la singularizan. La portabilidad, la relativa gratuidad y el amplio acceso a los celulares inteligentes junto con la enorme capacidad de distribución que ofrece Internet producen que el “sacarse fotos y compartirlas” pueda hacerse con una facilidad nunca antes experimentada.

Las investigaciones científicas sobre este fenómeno son amplias y abarcan diversas aristas: desde la problemática de género hasta las reconfiguraciones de la intimidad o los nuevos desafíos legales que la práctica plantea. Es fundamental un tratamiento del tema en toda su complejidad, evitando ciertas polarizaciones que los discursos periodístico y científico tienden a realizar cuando criminalizan la práctica desde una perspectiva punitivista o, al contrario, la celebran livianamente sin proponer una mirada más crítica y reflexiva.   

Lógicas de la sociabilidad online y brechas digitales de género

Estudios revelan la permanencia y profundización de asimetrías relacionales en el campo de las nuevas tecnologías. El techo de cristal y sus redefiniciones. Cómo romperlo.

Por Patricia K. N. Schwarz, Investigadora Asistente CONICET.

A nivel planetario, las lógicas de construcción de sentido y de las experiencias significativas progresivamente son atravesadas por las nuevas tecnologías de información y comunicación (TICs). Internet se gesta en la segunda mitad del siglo pasado en países centrales occidentales, a partir de iniciativas bélicas.

Coherente con la modernidad tardía, contexto sociohistórico en el que se desarrolla, la red de redes se caracteriza por el cambio permanente, la lógica de experiencia en la superficie (en contraste con la experiencia en profundidad) y la “experiencia per se” (en contraste con la hasta entonces “experiencia para”), la hegemonía del valor de la información, de la interconexión, la casi inmediata globalidad de los procesos sociales, la hegemonía del lenguaje de las computadoras y de los países centrales. Estas características se han convertido en modelos de inteligibilidad que se imponen de modo global.

Así, las culturas y sus mitos pueden entrar en contacto modificándose mutuamente, aportándose nuevas miradas y cuestionando las previas. Aún en el marco de la estandarización identitaria y de estilos de vida que plantean estas tecnologías de modo articulado con las lógicas y los mercados de consumo, se gestan nuevas configuraciones simbólicas y normativas a partir del contacto y confluencia de diferentes culturas en el ciberespacio. Las TICs re/configuran cuerpos y subjetividades a partir de relaciones de poder online y offline.

Una de las expectativas depositadas en estas tecnologías desde sus comienzos fue que pudieran morigerar o eliminar brechas sociales, asimetrías de poder de índole racializada, idiomática, étnica, geográfica, generacional, socioeconómica, sexo-genérica, entre otras. Lamentablemente, las observaciones en este campo nos muestran que, lejos de reducir, las tecnologías profundizan las desigualdades. Tomemos como ejemplo la brecha digital de género. La división sexual del trabajo patriarcal asigna normativamente a los varones el mundo de la técnica y tecnología, entre otras cosas, y a las mujeres el mundo de los cuidados de los otros, los sentimientos, entre otras cosas.

El acceso a las TICs define posiciones relacionales dentro de la estructura jerárquica social. El hecho de que existan accesos diferenciales de acuerdo al género determina y refuerza las jerarquías en otros campos de la vida social. Así, el espacio virtual reproduce las brechas de género offline.

Según los datos más recientes de la Encuesta Nacional de Usos de Tecnologías de Información y Comunicación (2013), se observa una diferencia de alrededor de 4 puntos porcentuales de los varones por encima de las mujeres en lo que respecta al uso de computadora y de Internet. Resultados semejantes obtuvimos en nuestros propios relevamientos en Córdoba, Mendoza, Ciudad de Buenos Aires y Junín. En cuanto al aprendizaje acerca de TICs, resultados de investigación dan cuenta de un mayor porcentaje de varones autodidactas, mientras que las mujeres los superan en el aprendizaje formal.

La Encuesta Nacional de Grupos de Investigación en TIC, realizada en 2014 por la Dirección Nacional de Información Científica (MINCyT), indicó que cerca del 70% de los recursos humanos en investigación en TICs está conformado por varones, respecto de un 30% de mujeres. En Mendoza, el 78% del personal científico en TICs son varones y el 22% mujeres. Los grupos de investigación en TICs dirigidos por mujeres, los cuales constituyen la minoría, muestran equidad de género respecto de sus integrantes. Sin embargo, no se observan diferencias entre proyectos dirigidos por mujeres y por varones respecto de los desarrollos tecnológicos y la vinculación con el sector productivo (empresas), ni de la cantidad promedio de proyectos, presupuesto y fuentes de financiamiento, ni tipo y cantidad de actividades de transferencia y vinculación. Es decir, cuando las mujeres se ven habilitadas para integrar acciones de investigación y desarrollo en esta área producen en igual cantidad y calidad que los varones.

Existen iniciativas en cuanto a eliminar las brechas digitales de género. En este sentido, desde los organismos supranacionales se alienta a que las mujeres puedan integrarse en cuanto usuarias del espacio online; mientras que desde movimientos ciberfeministas se promueve su inclusión no sólo como usuarias sino también como creadoras/diseñadoras .

Existe evidencia suficiente para concluir que las tecnologías por sí mismas no son las que lograrán equidad en las relaciones de poder; son las instituciones públicas y privadas y las personas, en el marco de las relaciones sociales en general, quienes tienen esa potestad y esa obligación.

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