Fresán: "La literatura latinoamericana vuelve a interesar en los EE.UU."

Fresán: "La literatura latinoamericana vuelve a interesar en los EE.UU."

El escritor está de visita en la Argentina en el marco del festival Literatura en el río (LEER). En esta entrevista se refiere a la traducción como "un género literario, si está bien hecha, que conlleva una responsabilidad y cierto temor sacro". 

El escritor Rodrigo Fresán, de visita en la Argentina en el marco del festival Literatura en el río (LEER), rescata la figura del lector dentro del oficio de la escritura y se refiere a la traducción como "un género literario, si está bien hecha, que conlleva una responsabilidad y cierto temor sacro".

Siempre intento, cuando escribo, no dejar de ser un lector de mí mismo. No me interesa la idea de lector cerebral que sabe absolutamente todas las cosas cuando se sienta a escribir".

Radicado en Barcelona hace casi dos décadas, Fresán (Buenos Aires, 1963), escritor, crítico y traductor, disertará mañana sobre "la idea y la persistencia de la gran novela norteamericana como fantasma y la ausencia de la gran novela argentina", en el festival literario de San Isidro que se realiza desde hoy en Del Barco Centenera y el río.

El año pasado se consagró ganador del Best Translated Book Award de los Estados Unidos por La parte inventada, primera parte de la trilogía que explora la mente de un escritor. Sin embargo ha recibido unos cuantos premios, entre los más importantes que recibió en 30 años de trabajo responden a traducciones al inglés y el francés de sus obras; en 2017 el Roger Callois reconoció su trayectoria y en 2018 la Universidad de Rochester lo distinguió por haber mostrado, con La parte inventada, que "hay un nuevo territorio en la novela y nuevas estructuras por construir", junto al traductor, que logró "trasladar toda esa maestría al inglés".

- ¿Qué potencia tiene la traducción en un trabajo literario?

-La traducción es un género literario cuando está bien hecha, sino es una catástrofe. Y yo tengo la sospecha de que mi libros son mejores en francés y en inglés que en español, porque despiertan un entusiasmo que no creo haber provocado. Hay un trabajo de reescritura clarísimo, el idioma no deja de ser un personaje nuevo que se mete en el libro, como una especie de doble, y es muy trabajosa, hay que estar a la altura, conlleva una responsabilidad y cierto temor sacro. De repente, cuesta más traducir un libro de otro que escribir uno tuyo.

- ¿Hay un interés creciente en otras lenguas por la literatura latinoamericana?

-Yo me siento muy en deuda con Norteamérica, donde hay especie fascinación, no solo de los libreros y los traductores, que han vuelto a adquirir una categoría bastante mítica y épica -antes había dos o tres, Edith Grossman o Gregory Rabassa, que trabajaron con Mario Vargas Llosa, la Rayuela de Cortázar o los Cien años de soledad de García Márquez-, ahora hay mucha gente traduciendo y una red muy fuerte de lectores.

- ¿A qué responde ese viraje?

- Creo que es un efecto positivo de la política de Donald Trump: la literatura latinoamericana vuelve a interesar mucho en los Estados Unidos por todas las razones incorrectas: el extranjero como tierra de conflicto. Por eso caen en éxtasis cuando ven una película como "Roma", les gustan las historias que transcurren en un lugar mucho más difícil, complicado y decadente que el propio. A eso se suma la romática guerra de guerrillas emprendida por libreros independientes contra el monstruo Amazon y que editar una primera novela traducida es más barato que una primera novela estadounidense. 

La literatura norteamericana tiende a retroalimentarse de sí misma y de sus propios mitos, tiene una cultura pop tan poderosa que el mundo exterior se le desdibujó un poco. Tal vez sea cíclico: ocurrió en los 60 cuando escritores americanos de lo más interesantes eran muy lectores de Borges, Cortázar y García Márquez".

- El lema de la segunda edición del festival LEER es "Viajeros" y usted regresa a un país que en su literatura dejó de existir. ¿De qué se trata escribir, en su caso?

- Kurt Vonnegut decía que todo escritor tiene la responsabilidad de acabar con el mundo por lo menos una vez, y yo tanto no hice pero acabé con la Argentina, fui más humilde. Escribo según como veo las cosas, mi estilo es la resultante de una cantidad de fracasos que terminaron ensamblando algo que, con suerte, salió finalmente bien. Veo y pienso de ese modo, lo que escribo sale por el automático, por la inercia, por la fe, porque los defectos se convirtieron en algo más o menos bueno.

- ¿Cómo se conecta con el viaje, dentro del mundo editorial y literario?

- La práctica de la literatura es muy rara, es completamente sedentaria pero al mismo tiempo muy nómade, porque estás todo el tiempo viajando con la cabeza. Aunque cada vez me gusta menos ser escritor en el sentido de lo que se le pide ahora a un escritor que sea, un poco un personaje de sí mismo. En un orden ideal de las cosas, la versión mejor que yo tengo para ofrecer de mí es la que está en mis libros. A un escritor deberían ofrecerle todos los viajes y todas las grandes emociones y experiencias cuando empieza, no cuando tiene un montón de libros atrás y está un poco cansado. Y aunque no me gusta mucho presentarme como escritor por el mundo, recorriendo pequeñas librerías por los Estados Unidos descubrí que tiene un gran sentido, más productivo y valioso para la vida del libro, que la reseña de un medio importante.

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