El jardín de las delicias:versión en vivo realizada en Mendoza con religiosos como intérpretes

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Eduardo A. Da Viá

El jardín de las delicias:versión en vivo realizada en Mendoza con religiosos como intérpretes

El jardín de las delicias:versión en vivo realizada en Mendoza con religiosos como intérpretes

Como introito a este ensayo, resulta inevitable un recordatorio de esta famosísima pintura, como así también, del genial pintor holandés.
La mayoría de las personas conoce esta obra y un buen número, como es mi caso, hasta ha tenido la oportunidad de examinar personalmente el cuadro, que hoy alberga el Museo del Prado en Madrid.
Voy a transcribir conceptos de un especialista, Don Alfonso Ortega Mantecón, que con seguridad ha hecho un análisis mucho mejor que el yo pudiera intentar.

“1.- El pintor.


El Bosco, cuyo verdadero nombre fue Hieronymus Bosch, nació en los Países Bajos en 1450.Descendiente de una familia de pintores y artistas plásticos, su educación se desarrolló principalmente en un taller dedicado al arte. “El Bosco” hace alusión al poblado de donde es oriundo.
El matrimonio con Aleid van der Mervenne, hija de una reconocida familia de burgueses de los Países Bajos, le brindó también protección ante la Inquisición, ella era miembro de la cofradía de Nuestra Señora, un grupo que poseía gran prestigio. Al casarse con la noble, él pudo acceder al grupo, así la Inquisición no pondría en duda sus obras y jamás le atribuirían algún acto herético en su arte (el Bosco llegó a representar asuntos que desprestigiaban, en cierto modo, o satirizaban los cánones religiosos).
Obsérvese de paso la dualidad de conductas de los inquisidores según la envergadura social del hereje.

2.- Características de la obra
 

El jardín de las delicias.
Es un óleo sobre tabla pintado en un periodo aproximado de diez años entre 1480 y 1490. Está diseñado a manera de tríptico y fue pintado por ambos lados. El panel central mide 220 cm x 386 cm. Actualmente se encuentra en el Museo del Prado ubicado en Madrid. FELIPE II la destinó  al monasterio de El Escorial (que era de su pertenencia). Fue trasladado al Museo del Prado en 1939 porque necesitaba ser atendida por un curador continuamente, desde esa fecha ha permanecido en el museo y no ha regresado al Escorial.
 El jardín de las delicias no es el título original del cuadro; es más, no fue titulado por el Bosco. A lo largo de la historia ha recibido numerosos nombres pasando de La creación del mundo (haciendo referencia al tríptico cerrado) a los deleites carnales hasta llegar al título con el que lo conocemos hoy en día.
El exterior del tríptico representa un mundo con bastantes nubes y agua indicativo probablemente de la creación de la Tierra.
Ya abierto, consta de tres paneles. El izquierdo hace referencia al último día de la creación en que Dios dio vida a Adán y a Eva. El central representa los pecados. El último panel hace referencia al infierno. Los dos primeros cuentan con bastante color e iluminación, mientras que en el tercero dominan los colores oscuros. En total mide 220 cm x 390 

PANEL IZQUIERDO: EL PARAÍSO O EL EDÉN:

La parte inferior del tríptico hace alusión a la creación de Adán y Eva. Al parecer, Dios está creando a la mujer ya que el varón aparece sentado en el pasto mientras que Él sostiene la mano de ella. El Bosco no representa a las figuras bíblicas con una aureola ni nada que indique que se trata de alguien de contexto religioso. Dios sí puede diferenciarse de todos los personajes presentes en la pintura ya que es el único que se encuentra vestido. Todos los demás individuos aparecen desnudos. La ley de jerarquía no se aprecia aquí ya que parece que Eva está de la misma estatura que Dios si se parase de manera vertical. Adán, si estuviera de pie podría incluso superar la altura de su Creador. El representar a Dios de una manera similar a un ser humano le pudo haber traído grandes problemas al artista, pero fue gracias a su pertenencia a la cofradía que la Inquisición no fijó su mirada asesina en él. Al tratarse justo de la creación de Eva, aún no ocurría el evento relacionado con la serpiente y el pecado. Aun así se comienza a apreciar la hostilidad que está invadiendo el paraíso. El pecado comienza a violar la tranquilidad y pureza que había en el lugar. En la parte superior se aprecian insectos que emergen de una cueva en una acumulación rocosa. Desde la antigüedad, los insectos voladores han sido considerados como un mal augurio o como mensajeros de la mala suerte. El simple hecho de que algo volara ya era considerado como enviado de Satanás. 

PANEL CENTRAL: EL JARDÍN DE LAS DELICIAS:

Este es el panel que da el nombre a la obra magna del Bosco. En él, el pecado ha salido del paraíso y ha atacado a la humanidad. Un gran número de personas (expertos han llegado a contar más de cien) sufren las consecuencias del mal. Algunos se dejan llevar por las tentaciones mientras que otros comienzan a sufrir por sus actos. Este panel cuenta con una gran variación de colores, destacan el rojo, el verde intenso y el azul de las fosas de agua. En el estanque central ha triunfado el pecado. Dentro del agua se encuentran mujeres y siervos teniendo relaciones carnales y seduciendo a quienes se encuentran en una procesión alrededor del lugar

En la parte inferior del panel se aprecian cómo los seres humanos son dominados por el pecado y se dejan llevar por él. 
 

Bosco prefirió dar énfasis sólo a la lujuria y a la gula, esto probablemente se deba a que sería complicado representar los otros pecados y que el espectador entendiese de qué se trata. La lujuria se aprecia en diversos actos que están realizando los hombres y mujeres: hay numerosas parejas teniendo relaciones sexuales (tanto heterosexuales como homosexuales), orgías, relaciones de zoofilia, masturbaciones, penetraciones anales utilizando frutas o ramas”

El tercer panel está dedicado a representar el Infierno, aspecto de la obra en la que no redundaré por cuanto el tema central, El Jardín de las Delicias, es el que se convertirá en el leitmotiv de estas palabras. En él están representadas las principales parafilias realizadas en un ambiente de desmesura y desenfreno de las pasiones más sórdidas que el humano es capaz de experimentar.

El tema no es el experimentar deseos relativos al sexo, que son diría normales y quizás hasta inevitables, por cuanto somos seres sexuados, provistos de los órganos correspondientes para efectuar el coito, acto proveedor de extraordinario placer, y método natural de reproducción. La tendencia al hedonismo también es natural, pero la clave está en el manejo racional de los instintos.

Necesariamente deben  haber limitaciones, no bajo la amenaza del pecado y del consiguiente castigo divino, válido para los feligreses de cualquier credo, sino bajo el control que el superego debe ejercer para que la vida en comunidad sea posible, y esto es válido para ateos, agnósticos y creyentes.

Me refiero a límites morales elementales, que deben triunfar por sobre las tentaciones por la sencilla y fundamental razón de que somos seres inteligentes, que podemos prever las consecuencias de nuestros actos; el tremendo daño que podemos causar a víctimas inocentes, y cuya reparación no se logra jamás con un simple y por lo general falso acto de arrepentimiento, y tanto más cuando se lo hace en público o a través de los medios. 

Mentiras, son transgresores seriales y volverán a hacerlo, quizás con mayores refinamientos para evitar que trasciendan. Abundan los casos de sacerdotes trasladados por actos de pedofilia, que los reiteraron en su nuevo destino.

Sobre la conducta sexual en las instituciones monacales, en especial las de clausura, hay una por demás lamentable y abundantísima bibliografía, en la que se relata casos a veces reales otras imaginarios, inspirados éstos últimos por lo general en los primeros. 

Llama la atención la frecuencia de los actos de sadomasoquismo como aderezo de las más variadas formas de sexualidad, sea ésta en soledad, en parejas homo o heterosexuales, realizados en privado, o sea en las respectivas celdas, o bien en público; se entiende que el público está constituido por los internos de la institución solamente, y en cuyo caso adquiere características de ritual contra la influencia nefasta y por cierto supuesta y falsa, de Satanás.

Uno de los argumentos más utilizados para iniciar a los incautos seminaristas es que la relación sexual exclusiva con el prior o la abadesa, es la máxima expresión del amor a Dios, dado que se efectúa con su representante en la tierra. Demás está decir que para muchos de los internos, esta artera falacia, les viene de perillas como justificativo sagrado para acciones que deseaban realizar, pero que no se atrevían a cometer.

La expiación, de sobrevenir el mea culpa luego de la comisión de tales aberraciones, podía lograrse mediante la confesión, el arrepentimiento con expresa intención de no reincidir hecha en la intimidad de la celda, o bien mediante el absurdo del cilicio o la autoflagelación.
Intertanto, aquellos que cayeron inocentemente atrapados por la urdimbre tejida por la suprema autoridad, quedarán dañados para siempre, no siendo infrecuentes los casos de suicidio, o lo que es mucho peor aún de asesinatos tendientes a eliminar probables denunciantes francamente arrepentidos.

Lo notable y por cierto condenable sin excusa alguna, es que este maremagno sexual, está protagonizado por personas que, en pleno uso de sus facultades mentales, libre y voluntariamente han hecho suyo el voto de castidad.

Ya desde los concilios de Elvira y Nicea, años 302 y 325 respectivamente quedó claro que el celibato es condición sine qua non para ordenarse sacerdote.

Pues bien, nuestra querida Mendoza, con su tradición religiosa de antigua data, plagada de edificios, monumentos e hitos dedicados a manifestaciones de la fe cristiana y asiento de instituciones educativas del mismo credo, tiene hoy el triste privilegio de contar con al menos tres de esas instituciones sospechadas de practicar, intramuros, actos inimaginables, violatorios de principios elementales de moral y convivencia y expresamente vedados para todo religioso consagrado.

Actos encuadrados dentro del concepto del pecado capital Lujuria, para el mundo cristiano.

Los sospechados son el Próvolo, el Instituto del Verbo Encarnado en San Rafael, y el monasterio del Cristo Orante de Tupungato.

De todas las tropelías se tenía conocimiento, denuncias o antecedentes; celosamente guardados ciertamente por la superioridad eclesiástica, a la espera claro está, de que el tiempo, ese gran aliado del olvido, transcurriera sigilosamente y  cubriera con su manto los hechos acaecidos.

Por desgracia para los protagonistas activos y pasivos, las cosas no siguieron el cauce semi oculto por el que intentaron conducirlas, sino que se salieron de madre y un mal día para los delincuentes, las aguas se filtraron por debajo de los portalones y llegaron a la vía pública para sorpresa y repulsa del habitante común, estupefacto ante la gravedad de lo acontecido en la intimidad de instituciones que gozaban de su buen concepto, y a las que inclusive, mandaban a sus hijos en la convicción de que recibirían una enseñanza de muy buen nivel enmarcada por los preceptos de la Iglesia.

El Bosco apeló a su imaginación y quizás también a alguna experiencia personal, para plasmar su increíble colección de aberraciones en una inocente tela tripartita. Probablemente fue a la vez que expresión de un arte sublime, una fina manera de denunciar las infinitas formas patológicas de la sexualidad humana.

Entre las numerosas imágenes simbólicas, destaco una ubicada en la esquina inferior externa  del panel de la derecha en la que se ve a un hombre abrazado por un cerdo ataviado con velo de monja, probablemente aludiendo a la lujuria, pecado capital simbolizado por el cerdo, y del que lógicamente no escapan las monjas tampoco.

Lo que quizás nunca imaginó El Bosco, es que 500 años después de su muerte, en una muy lejana y por demás bella provincia, Mendoza, la cuarta en importancia de un enorme país austral, Argentina, se pudiera representar su obra a la manera de una tragedia, con religiosos consagrados como intérpretes de facto y no como simples comediantes.

Mientras tanto, sorprendidos en nuestra buena fe, incrédulos y tristes, asqueados ante tanta degradación, los habitantes de esta querida tierra cuyana, esperamos definiciones urgentísimas y castigos tanto o más rigurosos que los que aplicaba la Santa Inquisición, ordalía mediante,  tales como la hoguera, la horca y las más sofisticadas torturas, para con faltas mucho menores, cometidas por supuestos pecadores que ni si quiera disponían de la posibilidad de la defensa.

Aclaro que soy partidario del “In dubio per reo”, propio del derecho romano, pero siempre y cuando no se transforme en un repugnante ardid para exculpar a comitentes de imperdonables acciones de lesa humanidad, entendiendo por tal, según reza la definición de la Corte Penal Internacional todo aquel acto tipificado como asesinato, exterminio, esclavitud, deportación o traslado forzoso de población, encarcelación u otra privación grave de la libertad física en violación de normas fundamentales del derecho internacional, tortura, violación, esclavitud sexual, prostitución forzada, embarazo forzado, esterilización forzada u otros abusos sexuales de gravedad comparable……… 

Por si todo esto fuera poco, en los últimos días se ha agregado el aderezo del Dinero. En cifras propias de otro de los pecados capitales: la Avaricia. Para que no queden dudas, se trataría de unos 5 millones de dólares en juego, con origen y destino inciertos pero terciando en el forcejeo de las inculpaciones.

No olvidemos que los monjes por lo general adhieren también al voto de pobreza, aunque sin hacerlo se descarta que llevan una vida austera, sin apego a posesiones superfluas o lujosas.
Creo no equivocarme si en plural escribo mis últimas palabras porque a todos nos atañe, y será en forma de preguntas:
¿Tenemos los mendocinos el derecho a saber la verdad?
¿Tenemos derecho a conocer los nombres de todos y cada uno de los culpables?
¿Tenemos derecho a exigirle a la cúpula eclesiástica, responsable por comisión o por omisión de los hechos acaecidos, la publicación de los hechos, independientemente de las conclusiones a las que arribe la justicia civil y sin esperar las mismas?

La respuesta afirmativa es obvia para los tres interrogantes.

El ocultamiento de los culpables mancha a los inocentes, que los hay dentro del clero seguramente. 

Peor aún, corroe los roles de Iglesia y Sacerdocio, con el consiguiente riesgo del irreparable derrumbe.

No es Cristo cuyo prestigio está en juego, no es Él el sospechado por los creyentes, sino los hombres y mujeres que supuestamente lo representan en este mundo.
EXIGIMOS PRONTA JUSTICIA
Eduardo A. Da Viá
Enero 2019
 

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