Atrapados en los campos de la muerte

Especial para MDZ, desde Londres. Los autores, expertos en conflictos internacionales, describen, con conocimiento de causa, la falta de garantías para la tarea humanitaria en sitios en conflicto armado.

Un nuevo día trae cuatro nuevas muertes atroces en Afganistán. Tres cooperantes extranjeros y su conductor afgano murieron la semana pasada al sureste de Kabul bajo ráfagas de metralla, llevando la suma de cooperantes asesinados este año en Afganistán a 19. La larga letanía de asesinatos, persecución, amenazas e intimidación durante los últimos dos meses es la peor de la que se tenga registro desde la intervención militar en ese país. 

Los cooperantes, claro está, no son objetivo sólo en Afganistán. La violencia intencional es la principal causa de muerte entre quienes trabajan en misiones humanitarias en el mundo entero. Aunque no hay cifras precisas, casi 1000 han muerto en cumplimiento de sus deberes desde comienzos de los noventa. 

Pese a que las cifras del total de muertes violentas ha aumentado, también han aumentado los números de miembros de misiones humanitarias en los lugares que requieren su presencia. Africa y el Medio Oriente son las regiones más peligrosas para quienes proveen asistencia humanitaria. Y no son sólo las regiones en conflicto las que generan inseguridad; el crimen y la violencia interpersonal también contribuyen a una mucha mayor mortalidad, mayores lesiones y a las tensiones sicológicas. 

La abundancia de armas ilegales en las zonas donde operan las misiones humanitarias conduce a una mayor inseguridad. Quienes proveen asistencia son objeto de emboscadas y retenes cuando se desplazan en caravana o cuando se dirigen a sus lugares de trabajo. No son solo los expatriados sino también los miembros nacionales de estas misiones -secretarios, profesionales, asistentes, conductores, guardias- quienes sufren un impacto desproporcionado de la violencia. 

Por cada trabajador humanitario muerto o herido, son miles los civiles en condiciones de necesidad que se ven afectados pues pierden los beneficios de esta asistencia. Este cálculo atroz lo entienden muy bien tanto fuerzas criminales como insurgentes.

En Sri Lanka, durante los días en los que 17 empleados de la organización internacional "Action contre la faim"  fueron asesinados en agosto de 2006, muchos otros trabajadores humanitarios
recibieron amenazas de muerte.

Más recientemente, después de los asesinatos de los trabajadores de Médicos sin Fronteras y de otros grupos de ayuda en Somalia, la mayor parte de las agencias redujeron de manera drástica su trabajo y su presencia allí. Como resultado, miles de Somalíes en condiciones críticas se vieron sin asistencia médica y ayuda alimentaria. De acuerdo con estimativos de las
Naciones Unidas, más de 20 trabajadores humanitarios han sido asesinados en Somalia durante el presente año.

No es suficiente con fruncir el seño y emitir comunicados condenando esta violencia. La responsabilidad está en las agencias humanitarias internacionales y en sus gobiernos, quienes deben adoptar un enfoque proactivo que prevenga esta violencia. ¿Qué pueden hacer entonces? 

En primer lugar, las Naciones Unidas deben establecer una unidad independiente que haga seguimiento a las muertes de trabajadores humanitarios y a los casos judiciales que han de seguir a estos eventos.  Si bien el Departamento de Seguridad de las Naciones Unidas cuenta con reportes anuales, no hay un registro centralizado y confiable que monitoree las tendencias de lo que sucede en el terreno. Si las agencias humanitarias buscan reducir la probabilidad de ser señaladas como un objetivo de la violencia necesitan cooperar y compartir información. Sin más conciencia de la escala de los riesgos que enfrentan sus trabajadores no podrán ponerse en prácticas acciones preventivas de manera oportuna.

También es necesario reforzar de manera urgente el conocimiento de los principios del Derecho Internacional Humanitario entre las fuerzas beligerantes. Y las agencias humanitarias deben enfatizar sus credenciales de neutralidad e imparcialidad. Específicamente, los grupos armados, las fuerzas de seguridad gubernamentales y el personal humanitario deben estar
bien versados en lo que disponen las Convenciones de Ginebra de 1949 y los Protocolos de 1977. Estos tratados cuentan con disposiciones de obligatorio cumplimiento que prohíben la violencia intencional, la toma de rehenes y el trato humillante y degradante. Si los grupos armados no conocen estas reglas y, sobretodo, las repercusiones que tiene no cumplir la ley, es más probable que la violen.

Finalmente, es necesario lograr mejor protección física y una responsabilidad efectiva cuando los trabajadores humanitarios son muertos o heridos en el terreno. El número de casos y sentencias que se siguen al asesinato de trabajadores humanitarios es casi insignificante. También hay señales preocupantes que indican que ciertos gobiernos de países donantes y
agencias humanitarias se distancian de cualquier responsabilidad en esas muertes. Lo cual es moralmente reprochable. Cuando los gobiernos patrocinan y estimulan a organizaciones no gubernamentales para responder ante una crisis, en el lugar que sea, deben compartir la responsabilidad con estas agencias.

El trabajo humanitario es un asunto riesgoso. Los trabajadores humanitarios son conscientes de las amenazas que enfrentan a diario cuando buscan aliviar el sufrimiento humano. Y es difícil que ellos solos puedan lograr alcanzar un balance entre mantener su seguridad personal y responder a los imperativos humanitarios de su trabajo. Y esto sucede porque las armas
disparan.  Al tiempo que la mayor parte de las agencias humanitarias se rehúsan a reclutar guardias armados o escoltas siguen sufriendo las consecuencias de no poder asegurar la vida de sus trabajadores y a quienes ellos buscan asistir. 

Los trabajadores humanitarios merecen más que condolencias. Merecen acción efectiva.

Los autores: Robert Muggah es Director de Investigación del Small Arms Survey de Ginebra. Larissa Fast es Profesora Asistente en el Instituto de Estudios de Paz Kroc de la Universidad de Notre Dame.

Opiniones (1)
23 de febrero de 2018 | 18:26
2
ERROR
23 de febrero de 2018 | 18:26
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Me quedo con la frase final: "Los trabajadores humanitarios merecen más que condolencias. Merecen acción efectiva". Es lo mismo que le pedimos los mendocinos a Jaque y Ciurca, qué coincidencia.
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