El archienemigo del totalitarismo

Murió el imponente novelista ruso Alexander Solzhenitsin, quien relatando sus propios padecimientos en campos de concentración soviéticos, desnudó ante el mundo el carácter totalitario del estalinismo en momentos en que muchos intelectuales occidentales lo postulaban como un modelo humanista y libertario.

El archienemigo del totalitarismo
En Cavendish, la ciudad del estado norteamericano de Vermont donde pasó la mayor parte de sus veinte años de exilio, Alexander Solzhenitsin escribió los artículos y ensayos que dejaron en claro que sus denuncias al sistema soviético no significaban un aval a la sociedad de consumo. Más bien la describió como generadora de superficialidad y banalidades, un disolvente de la conciencia profunda que se debe preservar en el hombre.

Antes de emprender el regreso a su país, también dejó en claro que jamás dejó de ser un nacionalista ruso, incluso en lo más cuestionable de esa posición. Por caso, reclamaba para Rusia las provincias que Lenin transfirió a Ucrania cuando impuso el colectivismo en ese vecino eslavo. Acusaba a Krushev de haberle regalado Crimea a los ucranianos y a los Estados Unidos de haber logrado que Moscú ponga a Sebastopol bajo la soberanía de Kiev.

Por cierto, el nacionalismo de Solzhenitsin nada tenía que ver con el de los ultranacionalistas liderados por Vladimir Zhirinovski, a quién consideraba “una caricatura del patriota ruso”.

Pero no eran sus teorías geopolíticas ni su nacionalismo la característica principal de este escritor. Al fin de cuentas, el apego a la nación eslava y a la cultura cristiano-ortodoxa es bastante típico de los rusos de las regiones donde hay musulmanes; y el nació y creció en Kislovsk, ciudad del norte caucásico que linda con tierras chechenas, ingushetias y daguestaníes.

El gran aporte de Solzhenitsin fue atreverse a denunciar el totalitarismo, colocándose a contramano de la intelectualidad occidental de izquierda que se negaba, por obnubilación ideológica o por simple estupidez, a ver la perversión y la criminalidad del estalinismo.

Pablo Neruda con su imponente oda a Stalin y Jean- Paul Sartre diciendo que las persecuciones del KGB, los campos de concentración y el encierro de disidentes en neuro-psiquiátricos eran “una invención de la CIA”, son ejemplos que prueban una actitud generalizada de complicidad con lo que constituyó un genocidio, según lo denunciado por Nikhita Khrushev en la década del cincuenta y todo lo revelado a partir de la disolución de la URSS.

En definitiva, el mérito de este físico y matemático graduado en la Universidad de Rostov fue animarse a escribir lo que vivía, en un régimen que imponía silencio y aceptación de una visión unidimensional de su tiempo y de la historia.

Había combatido en Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial  y, por relatar en una carta a un grupo de amigos barbaridades cometidas por los soldados soviéticos con los prisioneros alemanes, fue recluido durante diez años en un campo de concentración en Kazajstán.

Peor para el régimen, porque al salir publicó todo lo que había  escrito durante ese largo padecimiento en las estepas de Asia Central.

Así nació “Un día en la vida de Iván Denisovich”, donde su propia experiencia como artillero en la guerra y como disidente aprisionado en un campo de concentración, era relatada a través del personaje de un carpintero.

Del mismo modo, “Pabellón de cancerosos” narra lo que vivió durante su tratamiento contra el cáncer en Tashkent, la capital de Uzbekistán, pero usando el tumor cancerígeno como metáfora de la enfermedad que implica el totalitarismo para la sociedad y el ser humano.

En su libro “El primer círculo” describe los campos de concentración en los que el estalinismo recluía a científicos e intelectuales a los que consideraba peligrosos para el régimen por pensar distinto, pero útiles por su inteligencia y sus conocimientos.

Pero la obra que abarca lo denunciado en todas las demás, es la trilogía Archipiélago Gulag. Con ella ganó el Premio Nóbel y también el pasaporte al destierro.

Los libros y la propia historia de Solzhenitsin evidencian que el totalitarismo sobrevivió a Joseph Stalin. Al fin de cuentas, si Khrushev aprobó la publicación de “Un día en la vida de Iván Denisovich” y de “El primer círculo”, fue porque eran funcionales a su proceso de desestalinización. Pero a partir de 1964, año en que Khrushev fue derrocado por un golpe palaciego, Leonidas Brezniev restituyó el totalitarismo soviético, aunque sin el salvajismo de Stalin. Por eso Soltzhenitsin, con un Nóbel bajo el brazo, debió partir al exilio.

Siempre dijo exactamente lo que pensaba y lo siguió haciendo durante su destierro en Europa y en los Estados Unidos. Incluso cuando, caído el comunismo, regresó a Rusia y arremetió contra el presidente Boris Yeltsin y su gobierno corrupto y decadente.

Quizá la única contradicción de este intelectual profundo y valiente, es haber aceptado el Premio Estado de Rusia de manos de Vladimir Putin, un ex agente de ese aparato de persecución política que tanto había denunciado: el KGB.

Pero aunque describió a la Rusia pos-soviética como “una pseudo-democracia donde el pueblo no decide su destino y ha perdido la esperanza de decidirlo”, tiene en común con Putin el nacionalismo patriótico

Más allá del nacionalismo ruso, Solzhenitsin quedará en la historia como el gran novelista que se atrevió a enfrentar el totalitarismo y a denunciarlo, desnudando la hipocresía y el error histórico de legiones de intelectuales que, por esnobismo o por obnubilación ideológica, callaron aberraciones y genocidios.

Empezando por Mijail Sholojov, el autor de “El don impasible”, libro apologético del sistema y de la colectivización impulsada por Stalin.

Ese tipo de intelectual que posa de humanista y convalida regímenes atroces, también fue cómplice de posteriores violaciones masivas de derechos humanos, como el régimen lunático y exterminador del Khemer Rouge en Camboya, o las persecuciones, crímenes y encarcelamientos de la “revolución cultural” maoísta.

Sus últimos años, enclaustrado en su dacha de las afueras de Moscú, le dieron un aire tolstoiano. El autor de “La guerra y la paz” también pasó su último tiempo recluido en su feudo de Polyana, convertido en gurú de una suerte de religión propia.

Soltzhenitzin acaba de morir en el país que amó hasta el último suspiro. A su nación y al mundo deja sus obras, el ejemplo de su coraje intelectual y también sus pronósticos y advertencias a futuro: “en el siglo 21 llegará un momento en el que Estados Unidos y Europa necesitarán urgentemente a Rusia como aliado”.
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