Hijos de la TV

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Hijos de la TV
“El que piensa, pierde”, bromean Les Luthiers –esos cómicos inefables-, y nos dicen la verdad. Ese sería el nombre de un concurso para hacer en televisión: estupidez, ruido, risas que no vienen a cuento, sexo sin sentido, torneos para hacerse rico en un minuto. Todo eso nos depara la pantalla chica cada día, y cada instante de todos los días. Una “caja tonta” que nos hace a su imagen y semejanza.

Somos hijos de la televisión, fruto de su permanente presencia, efecto de sus tomas de posición. La clase media argentina tomó partido en el conflicto agropecuario desde lo que se lanzaba desde allí, de manera estereotipada e interminable. Y, por cierto, cambiamos cada día aquello que nos parece único: antes, la cara de De Angeli, hoy súbitamente olvidada; después el paroxismo de Julio Cobos, ya con poca pantalla a sólo dos semanas; después la condena de Menéndez, luego vino Aerolíneas, mañana vendrá...La tevé promueve temas, pasiones, entusiasmos, los hace parecer excepcionales, pero los reemplaza y archiva en un par de días. Después, no se habla más del asunto.

Esta TV merecería tener un nombre diferente al que tenía cuando no existía el satélite, y era imposible el “zapping” e inexistentes los videoclips. Entonces la TV tenía horario de emisión: por ej., de 17 a 0 hs; hoy está presente todo el día. Antes había dos canales y eran locales, hoy hay cientos –aunque veamos unos pocos de ellos-, y pueden incluir a Arabia o Japón, además de ser muchos de Buenos Aires. Antes uno tenía que levantarse del asiento para cambiar de canal, con el consiguiente esfuerzo y tardanza; hoy manejamos todo con el control remoto. El vértigo de las imágenes, el cambio constante de canales, países y horarios, más la presencia del aparato en cuanto lugar vayamos (sea un restaurant o la casa de un amigo) hacen de la tv no una compañía constante, sino un Gran Hermano que monitorea nuestra vida e induce nuestros pensamientos.

Por cierto, no faltan los que hablan de que el receptor de TV es activo, y dicen que no hay que subestimarlo. Sin dudas que la TV no puede convencernos en abierta contra de nuestras previas convicciones; en ese caso, no la atendemos. Pero, por cierto, no advertimos en cuántos asuntos nuestras convicciones se forjan desde la pantalla, cuando se trata de temas sobre los que no tenemos información ni opinión previa; en ese caso, la TV nos “hace la cabeza” a su manera. Y no digamos cuando simplemente ella refuerza ciertos prejuicios previos, como ésos de que son mejores las personas rubias que van a una manifestación que los morenos pobres, pues estos últimos seguramente serían acarreados, van por dinero, etc. Como si las personas de clase media y alta no respondieran nunca a estímulos económicos, o como si ir a una manifestación en auto último modelo fuera una muestra de alguna virtud cívica especial.

La TV no necesita entrar en conflicto con nuestras creencias, pues muchas de estas creencias nos las ha forjado la misma televisión. A su vez, no es de esperar que desde allí se hable en pro de las necesidades de los más pobres y las amplias mayorías sociales postergadas, por la simple razón de que diversos dueños de las emisoras son a la vez exitosos empresarios de otros rubros, que responden a sus especiales intereses de sector.

En fin, que estamos inmersos en la tevé y en su implacable lógica comercial y pasatista, y son muy pocos los que pueden sustraerse de ella. La tele no muestra la realidad, sino que en gran medida, la produce a su manera; la define según el ángulo que ella elije, la conforma según su propio lente. Y nos convence con la apelación a la imagen, presentándola como la realidad misma (como si no hubiera otras muchas imágenes posibles que la TV no enfoca ni trasmite); a la vez que, con el ruido y la velocidad, nos pone lejos de cualquier razonamiento o argumento.

Ojalá la reflexión social logre colarse por algún lado, y haya un día en que en un set de televisión pueda hablarse críticamente sobre la televisión. Sería enormemente útil, porque por ahora ocurre una situación curiosa: la mayoría de las personas no se da cuenta del problema, porque coincide con lo que le dice la televisión. Coincide con ella, porque está configurado por ella. Y se ha ido volviendo idéntico a la televisión, a medida que ya no puede diferenciarse de sus omnipresentes estímulos.
Opiniones (2)
19 de febrero de 2018 | 16:09
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19 de febrero de 2018 | 16:09
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  1. roberto, ya no te lee nadie. tanto flan posmoderno no podía durar. recomiendo más freezer para follari.
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  2. Estima redactor , en cierta medida coincido con vos , la televisión no es una ventana abierta al mundo que nos muetra la realidad tal cual es , seguro que no..porque en ella se juegan intereses de todo tipo , forma y color... , pero eso no significa que todo lo que vemos en ella sea tan mala , como vos bien decis antes habia solo 2 canales , hoy tenemos la oportunidad de mas de 70 canales para quienens tengan supercanal o cualquier otro servidor , lo que lleva a poder elegir que queremos ver ... hay programas de todo tipo y para todos los grupos , el problema radica en que la sociedad no sabe elegir(y nos podemos dar cuenta , me incluyo , por nuestras elecciones y fracasos políticos) , seguramente Tinelli tenga mil veces mas raiting que el programa sobre televisión (martes a las 20) por canal 7 , y si... ; pero entonces , cual es el problema? la televisión nos aisla y limita poniendonos contenidos que son totalmente malos? o ¿Somos nosotros quienes por falta de educación y una cultura chabacana no somos capaces de elegir bien??Nunca te olvides que el raiting lo da el público , y cuando el público se acostumbra a ver basura , dificilmente cambie sus gusto.
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