Educación: una mirada más global

Hace casi sesenta (60) años, el mes de noviembre se cargaba de una particular electricidad para todos nosotros,  alumnos de las escuelas primarias en Mendoza.

Era el mes de las pruebas finales, las que sintetizaban el aprendizaje logrado a lo largo del ciclo lectivo.

Una materia por día, que rendíamos al entrar a clase y una vez finalizada la prueba, ya fuese por que la completáramos o simplemente porque no nos alcanzara la sabiduría para hacerlo, cada uno iba entregando su hoja y ya estaba en libertad para volver a su respectivo hogar, no sin antes recibir los resultados de la prueba del día anterior.

¡Qué encanto mágico el de ese retazo de mañana ganado a la rutina anual del turno completo!

Volver a nuestros hogares con las esperanzas o temores que hubiéramos cosechado a partir del examen, pero eso sí, jurando mejorar los esfuerzos en la tarde para preparar, con nuestros compañeros de grado, la materia del día siguiente.

Era en aquellos lejanos tiempos en que la escuela pública estatal argentina, ocupaba invariablemente todos los podios de calidad en América y el mundo.

Sí, en aquellos tiempos en que se enseñaba de verdad a leer y escribir.

En aquellos mismos tiempos en que el maestro y la escuela representaban un valor de trascendencia casi religiosa para la sociedad.

Todavía, el descalabro social y económico y la tecnocracia educativa, no habían comenzado su obra sistemática de demolición sobre el sistema educativo que fundó la ley 1420 y popularizó el peronismo dotándolo de los recursos y la infraestructura necesarios para ponerlo al alcance de todos.

La pedagogía de entonces, sabía diferenciar lo esencial de lo accesorio y por ello, la evaluación, no pasaba de ser un recurso del maestro para regular y perfeccionar su trabajo y a lo sumo un indicador para los padres que seguían, con un poco más de dedicación y respeto que ahora, el trabajo y el comportamiento de sus hijos en las escuelas.

Medio siglo después, aquellas “pruebas finales” - última verificación del maestro antes de conceder la promoción con la conciencia tranquila que daba el deber prolijamente cumplido - fueron redescubiertos y rebautizados, esta vez claro está, conforme a los nuevos tiempos y a los sistemas políticos y económicos vigentes, como “los globales”.

Había sido tan grande el deterioro de la educación, que desempolvarlos de la noche de la historia, apareció como un acto fundacional, una suerte de panacea providencial que podía conjurar todos  los males que el tiempo había arrojado sobre nuestra sociedad y naturalmente, sobre nuestras escuelas.

Y tanto fue así, que las propias autoridades educativas nacionales, acudieron con presteza a adoptar la “nueva” herramienta con el propósito de universalizar su empleo.

Habíamos descubierto el agujero del mate y ahora podríamos cebar a través de él, el cálido y mágico elixir que operaría los cambios deseados.

Con él, sería posible de una vez, restablecer la “cultura del esfuerzo y del  trabajo” que brillaba por su ausencia en nuestros niños y jóvenes, espectadores  cautivos de una sociedad devastada por la experiencia socioeconómica neoliberal.

Loable la pretensión, discretísimas sus posibilidades.

Porque el ámbito de aplicación, la escuela, es parte inevitablemente solidaria de un contexto mucho mayor que es la sociedad, el país, el mundo.

Una sociedad que no vacila en agraviar escuelas y maestros a través de los robos reiterados, de las destrucciones sistemáticas e impunes, de la agresión moral y física  a quienes ha confiado su propia educación.

Y todo ello en medio de una cultura mediática imperante y dominante, que busca sus resultados económicos en la promoción de la violencia y de la grosería.

Hay que repetirlo, es loable la intención, pero absolutamente insuficiente el medio elegido.

Hace 5 años que redescubrimos los exámenes hoy llamados “globales”

¿Se habrá hecho alguna medición confiable sobre sus efectos?

En los tiempos que exige la educación para legitimar  resultados, serían serias sus conclusiones?

Y como si fuera poco, cuando aún ni podemos seriamente evaluar su eficacia en términos contundentes como para aprobarla o rechazarla, la nueva administración escolar en Mendoza decide unilateralmente, en tiempos de declamada “participación”, suspenderlos parcialmente.

Y lo que es peor, los anuncios se encuadran como hechos de política educativa trascendente, de fondo. De aquellos que según la ley, deben ser sometidos al dictamen ( ¡no vinculante!) del Consejo General de Educación.

¿Quién iba a decirnos,  a los viejos maestros formados en las enseñanzas de Pestalozzi, Decroly, Kilpatrick, Makarenko, Montessori, Piaget y tantos otros que nos iluminaron en la juventud impulsando nuestra vocación docente, que una de las tantas mediciones  que se hacen para verificar el nivel de aprendizaje, iba a resultar a la postre, para nuestras autoridades educativas, tan o  más importante que el aprendizaje mismo.

Y que esta extraña concepción pedagógica se traduciría en sonoros anuncios públicos mostrados  como decisión política de nuestro gobierno escolar.

Sin dudas, sorprendente. Y preocupante.

¿No resultaría más útil, echar una mirada profunda a lo que está pasando en la intimidad real de las escuelas?

No sería más sincero y constructivo abrir un surco propio en la educación provincial en lugar de borrar los surcos trazados por los gobiernos anteriores?

El diagnóstico educativo ya lo tenemos. Ya no  hay dudas para nadie que estamos mal y vamos peor.

Hay que recuperar  la escuela pública estatal poniendo el dedo en la llaga verdadera, que es la creciente deshumanización de nuestra sociedad y por ende de esa relación que es la única capaz de  producir el acto educativo: Alumno- maestro.

Eliminemos de verdad todos los factores que perturban esa relación.

Restablezcamos las dos pedagogías insustituibles de la educación: el afecto y el trabajo.

Humanicemos nuestra educación.
Opiniones (2)
21 de abril de 2018 | 05:27
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21 de abril de 2018 | 05:27
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  1. Real. El problema es , que tanto la gestión anterior, como la actual, gestionan para los tan criticados, pero tan amados , medio de comunicación. Se pusieron los "globales" como la panacea que salvaría la educación y reinstalaría la cultura del esfuerzo. Falso, una evaluación final es eso, una evaluación final. Lo importante es el proceso de enseñanza aprendizaje. La relación que día a día construye el maestro en el aula. Pero el maestro está expuesto a todos los vaivenes de la sociedad, desde el vamos a una formación terciaria bastante pobre. Y aun futuro como empleado más que pobre. También a una sociedad hedonista encarnada en autoridades y padres, que lo que no quieren es que la molesten. WSi hay violencia que no se note, si no hay aprendizajes realmente aprendidos, que no aparezca en las estadísticas. Si la escuela exige y crece la repitencia, la escuela tiene la culpa. A los bancos internacionales que prestan plata para educación no les gusta que las estadísticas sean malas. Y en el medio los chicos, bombardeados por la misma cultura violenta, grosera, exitista, que valora el "vale todo" para triunfar aunque sea por un instante. La educación necesita recursos: humanos bien formados, materiales para brindar dignidad a esos docentes. Los chicos necesitan modelos no discursos. Modelos sociales y no los hay. Y toda la sociedad necesita sentido común y ética, para encarar la formación de sus futuras generaciones. Pueden haber pruebas de la clase que se les ocurra, si falla la esencia del acto educativo, estamos edificando en el aire.
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  2. Qué buena nota. Demuestra que existe materia gris en torno a la educación de Mendoza. Sólo es lamentable que esa materia gris está totalmente ajena a las autoridades necias de la DGE
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