El abuelo Saturnino

Lo que está a la vista...

El abuelo Saturnino se vino con lo puesto, dejando en las colinas del ya entonces  viejo pueblito de Lijar,  de casas bajas y bosques de naranjos,  todo lo que le era querido, todo lo que le era conocido, todo su mundo.

Los afectos tiraban hacia su tierra a ese muchacho de 17 años ----que había nacido en 1905 - mientras que su padre lo empujaba hacia el  puerto que sería el inicio de un viaje sin retorno, los ojos brillosos y el puño firme, sabedor de que le arrancaba sus raíces para evitarle la miseria y el horror de la Guerra Civil Española, que más temprano que tarde lo alcanzaría. Prevalencia un interés superior, dirían los abogados.

Claro está, la decisión paterna era inapelable y el muchachito obedeció. Abordó la embarcación con disimulado miedo y emprendió el cruce de ese océano tan inmenso como su pena. Ni el hacinamiento ni la escasa comida parecerían importantes puestos frente a la tristeza del desarraigo. En derredor todo hacía suponer que al menos no estaba solo en el sufrimiento.
Rostros desconocidos y demudados, rasgos duros de campesinos cansados, rostros resignados de mujeres apretando su fe en las curtidas manos, susurros que se esforzaban en construir en los corazones quebrados, una esperanza que les permitiera soportar el trance.

Pero no hay plazo que no se cumpla reza el dicho criollo y el verano de Buenos Aires de 1922  vio llegar a los desterrados.  El abuelo Saturnino era privilegiado: parientes que habían emprendido la aventura antes que él lo esperaban. 

 Las presentaciones habrán sido escuetas y sin grandes demostraciones de afecto. El plan era sencillo: al campo de la Provincia de Buenos Aires para levantar la cosecha de granos que al final harían, en sentido inverso,  el mismo viaje que el muchacho del viejo mundo, para alimentar a los que quedaron en la querida  España.

El abuelo Saturnino era un viejo sabio sin instrucción que nunca fue a la escuela. Aprendió a leer y a escribir y también las operaciones matemáticas fundamentales en los galpones donde pernoctaban los cosechadores, gracias a su interés por aprender y al generoso pero limitado aporte de algún compañero mayor que habría adquirido sus conocimientos sabe Dios en que forma.

Era habitual escucharlo decir “me enseñé a leer cuando llegué a la Argentina”.  Y sí, el abuelo era autodidacta Y a pesar de que se dice por allí que el maestro de todo autodidacta es un ignorante este país ha dado autodidactas como Almafuerte.

El abuelo no era tan leído Tenía una sabiduría no académica que iluminó mi niñez.  “la Universidad de la Calle” dirían orgullosos los porteños. Por eso, desde muy niño, me gustaba conversar con el viejo. Aprendía con él cosas que la esmerada escuela Nacional Nº 43 no me enseñaba y, lo más importante, tenía tiempo para mi.

Muchas tardes de verano, bajo el extenso parral que levantó, y cultivó y mientras comía pausadamente  sus uvas “huevo de gallo” con pan, discurrían largas charlas entre nosotros. El abuelo tenía el tiempo. Nadie lo apuraba, como no fuera la abuela para ir a comprar alguna vitualla y aún así subía a la pesada bicicleta de reparto, colocaba con prolijidad dos broches metálicos en las botamangas de su pantalón  y tranquilamente cumplía el recado.

Sus otras actividades podían esperar. Me priorizaba. Disfrutaba las charlas tanto como yo. Me doy cuenta de eso ahora, no lo valoraba entonces en su real magnitud pero muchas de esas tardes están en mi memoria.

Su lógica era tan férrea como la de un niño pero también muy compasiva. Aún sabiendo que tenía razón nunca una sentencia suya fue cruel.  Tras alguna de sus sabias conclusiones solía repetir: “Lo que está a la vista a la vista está”. Y ese era el secreto de la paz que tenía y transmitía. Para él la vida era sencilla. Los conflictos se resolvían con lo recursos disponibles y las soluciones se buscaban yendo de lo más sencillo a lo más complejo y sin demasiadas disquisiciones.

Sin haber leído ni analizado el concepto aristotélico del sentido común ni haber navegado por los textos de Albert Schwertz, que plantea la importancia capital de la sabiduría de lo cotidiano, don Saturnino tenía absoluta claridad sobre como conducirse en la vida. Lo evidente no puede discutirse.  Cuando alguien debe buscar sesudos argumentos para justificar por qué hizo lo que hizo es muy posible que esté explicando lo inexplicable.

Que le pregunten sino a tanto dirigente social y político que dice representar al común de la gente y decide fuera del sentido común, es decir, representando a alguien más, cuando no a sus propios intereses.

O preguntémonos a nosotros mismos cuantas veces optamos por no confrontar lo que era indudablemente incorrecto y para evitarnos problemas preferimos aplaudir el paso del rey desnudo.

Es bueno detenerse a observar, a tomarse un tiempo para pensar, alguna vez, sin ánimo de lucro. Es bueno detenerse para clarificar ideas y, como el abuelo Saturnino, poner negro sobre blanco lo que es evidente, o sea,  lo que está a la vista. 

Opiniones (1)
23 de junio de 2018 | 06:08
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23 de junio de 2018 | 06:08
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  1. Hola me encanto la narracion de lo del abuelo? Perdon, el autor es de origen de San Rafael?
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