Opinión

Opinocracia: cuando todos tienen el remedio, menos el médico

Un imperativo de "la sociedad de la transparencia": opinar de todo. Con o sin fundamentos, pero de todo. Como en una suerte de Babel 2.0, se mezclan las lenguas y ya nadie entiende nada. Sacar algo en limpio resulta una ardua tarea a la que pocos están dispuestos a abocarse.

Por Rubén Valle

En el mundo global, escucharse -y entenderse- es una tarea cada vez más complicada.

Aunque el término "opinocracia" no figure en la biblia de la RAE, lo cierto es que resulta muy preciso para sintetizar la fuerza creciente que ha tomado en el mundo del aquí y ahora la opinión pública.

Un fenómeno a escala global gracias al efecto multiplicador de las redes sociales, donde más que las impresiones o el análisis lo que prima es la opinión lisa y llana. Opinión que en raras ocasiones está fundada en datos concretos, chequeables, fidedignos, pero que sin embargo produce un impacto, modifica visiones e interpretaciones, tracciona incluso en eventos claves como elecciones, plebiscitos o encuestas. 

"La opinocracia es el régimen en que todos se creen con derecho a tener razón, sin considerar que tal derecho (como el que se tiene a emitir sentencias o recetar pastillas) va ligado al conocimiento y la responsabilidad para ejercerlo. Este moderno prurito anti-intelectualista (según el cual tener razón es como tener pelo o bazo –no hace falta hacer nada–) le viene de perlas al poder. Cuanto más ignorante de su ignorancia sea la gente más manipulable es", nos ilustra Víctor Bermudez, profesor en Filosofía.  

Se podría tomar al azar un día cualquier para graficar el poder creciente de la opinocracia, pero nada mejor que basarnos en el último lunes y usar como disparador el discurso del presidente Macri. La expectativa acerca de sus anuncios, sobre todo de parte de los mercados, había ido decreciendo con el paso de las horas porque, acorde con la velocidad de estos tiempos, fueron trascendiendo detalles de todo tipo: desde el achicamiento de los ministerios y el reacomodamiento de algunas piezas del gabinete hasta algunas medidas económicas de urgencia para menguar el avance de la crisis económica, política y social de la Argentina.

A partir del disparador que fueron las palabras del mandatario y posteriormente las del ministro Nicolás Dujovne, se desató una previsible ola de opiniones con los más variados matices, enfoques, análisis, pero también ecos con más o menos saña, críticas fundadas y de las otras, aportes, recetas, verdades reveladas, tips macroeconómicos, consejos de café, chicanas variopintas, desvaríos ad hoc. De todo, como indica la lógica de una opinocracia al uso nostro. 

Al final de ese lunes que duró 48 horas, la sensación para cualquiera que siente la necesidad de estar informado y consume desde medios tradicionales hasta publicaciones especializadas o transita por las redes sociales con la convicción de que también allí hay gente sensata que ayuda a pensar, fue de terminar abrumados, con más dudas que certezas y la necesidad de reclamar una vez más "no aclaren que oscurece". 

Nadie nos obliga a opinar de todo, a tener algo que decir respecto de cada uno de los temas que capta nuestro radar. A veces escuchar a los que saben es ese tiempo ganado que le quitamos al lanzamiento de opiniones al voleo pensando que el mundo está esperando nuestra palabra como si se tratara del mensaje del nuevo mesías. 

Como plantea el pensador coreano-alemán Byung-Chul Han, "la sociedad de la transparencia no permite lagunas de información ni de visión... En la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica". 

En otras palabras, no importa si tengo algo para decir, lo importante, el imperativo del pornográfico ecosistema comunicacional de hoy (de ya, mejor dicho) es estar. Si hay otro que lo consuma, problema del otro, ¿no? Después de todo, así lo determinan las reglas (aún) no escritas de la opinocracia.  

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