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La chica que lee: "Tiempos de swing, la coreografía de (una) vida"

Algo sucede cuando estamos frente a una persona que baila bien: nos hipnotiza. Algo similar sucede con el celebrado Tiempos de swing, de la escritora británica Zadie Smith: imanta. 

Por Cintia Alvarez

Tiempos de swing

Momento confesional: es lo primero que leo de la autora, pero hace bastante que quería leerla. Para quien no esté al tanto, su aclamado debut literario fue, en 1999, con Dientes Blancos, con tan sólo 24 años. El sueño de cualquier escritor: tener el mundo a sus pies gracias a su don de la palabra. Algo así como el bailarín perfecto.

Si de pies hablamos, Tiempos de swing invita a bailar, no sólo en las escenas propiamente descriptivas de baile, como, por ejemplo, en el primer viaje de cooperación a África de la protagonista, en su rol de asistente de una estrella pop, una especie de alter ego de Madonna, según podemos inferirlo.

Página tras página nos anima a movernos al compás de la historia.

La misma se centra en el vínculo entre dos amigas de la infancia, que se sostiene durante décadas (que, por momentos, parecen devenir en latitudes de vidas paralelas ¿será finalmente tan así?). A veces, más firme, otras mediante un equilibrio envidiable y otras tantas sólo pende de un hilo. Hay algo asombroso y complejo en las relaciones. A priori parece existir una fuerza poderosa que nos atrae y que, indefectiblemente, nos une. Algo mágico sucede con la amistad, en general; y con la amistad de la narradora, de quien desconocemos su nombre, y su amiga Tracey, en particular. Muchas veces, este tipo de vínculo puede emparentarse con las relaciones amorosas. Suceden. En este caso, el catalizador es la clase de baile que comparten en los suburbios londinenses: son las dos únicas alumnas negras, hijas de padres mixtos. Una especie de código tácito compartido.

El nombre del libro alude a la película protagonizada por Fred Astaire y Ginger Rogers: Swing Time (traducida en España como En Alas de la danza). No es un dato menor que durante las tardes de su niñez se dediquen a ver sus videos. Fascinación en loop. La danza oficia como lugar de encuentro y de movimiento, pero va más allá cuando se convierte en sensación de hogar y de familiaridad. A costa de todo, incluso a costa de madres que preferirían evitar este íntimo vínculo. Contra todo pronóstico, la fricciones o grietas también ocurren dentro de las mismas clases sociales ¿Será que el aspecto que, inevitablemente, une es el que termina separando? Quién sabe. Hay más, el encuentro, a su vez, se da entre el talento innato (junto al carisma y al potencial) y la pasión que suplanta la falta del mismo. Las cuestiones aspiracionales (ese ideal de perfección) no son exclusivas de ningún estrato social, porque básicamente son propias del ser humano.

No sólo de esta relación particular se nutre la historia de Smith. Existe todo un elenco coral; y un gusto por retratar los márgenes, la periferia y, en muchos casos, el abismo. También por las desigualdades; la discriminación; las injusticias; las inmoralidades teñidas, en algunos casos, de solidaridad; la sexualidad; las relaciones de poder; las dependencias inherentes a la condición humana. Sin olvidar la conciencia de clase y (el anhelo) de los sueños frustrados. ¿Contamos todos con el mismo nivel de oportunidades y desafíos? ¿Y si los obstáculos actúan más como catalizadores que como impedimentos? La pluma exquisita de Zadie Smith tiene el don para convertir a todos los personajes en personajes memorables. Y entrañables. No los juzga, más bien los muestra con sus propias luces y sombras, lo que permite la identificación del lector.

Todos somos esa especie de caleidoscopio que se traduce en personalidad y en carácter.

Esto le permite, a su vez, pintar con palabras un contexto. Una especie de coreografía de época que no se priva de los edificios sociales (los típicos monoblocks) y de todo lo que allí coexiste: la conciencia de clase (y la falta de ésta), la separación aún en la separación, la incomodidad existencial, la pertenencia buscada o impuesta. Para dar cuenta de esto,hace uso de la voz de la narradora anónima que cuenta la historia a través del recuerdo. ¿Es una narración fiel? ¿Realmente así sucedieron los hechos? ¿O es sólo una simple interpretación de quién escribe? ¿Podemos ser realmente justos y transparentes? ¿O siempre nos situamos en el mejor lugar de la historia? Dicen que recordar es volver a pasar por el corazón. No es extraño que en Tiempos de swing, el viaje se de a través de los sentimientos que van desde el amor y la ternura hasta la decepción, el rencor y la frustración; para volver al punto de origen. A veces, los recuerdos queman en la memoria. ¿Es realmente posible que los vínculos no cambien marcados por el compás del tiempo? ¿O permitir que no cambien es condenarlos (al olvido)?¿Cuál es la dinámica de las uniones más íntimas vividas a lo largo del tiempo? ¿Pueden regirse por los clásicos parámetros de cualquier otro tipo de vínculos? ¿O resuenan en una frecuencia particular?

¿Y si la frustración sólo tiene que ver con las expectativas? ¿Se trata de nuestros propios deseos o de ajenos? ¿Nos hacemos cargo de nuestros sueños? ¿Brillamos por lo que queremos o brillamos por lo que quieren los otros? ¿Vivimos y nos hacemos cargo de nuestras propias vidas? ¿Podemos torcer un destino que parece inevitable? ¿O sólo podemos resignarnos? ¿Somos solo un conjunto de creencias heredadas o podemos trascenderlas? ¿Pueden nuestros orígenes actuar como determinantes y limitantes de nuestra condición y potencial humanos?

Zadie Smith utiliza la metáfora del baile para ilustrar la (noción de) vida. Una nostalgia por la música de jazz, de la cual se desprende el swing como estilo. Es oportuno entender la identidad compleja de este tipo de música, que no puede limitarse con facilidad. Una especie de yuxtaposición de géneros que lo conforman, que comparten características, pero que por separado no pueden dar cuenta de la complejidad de un todo ¿Será ésta la mejor definición del “ser humano”? “Había perdido mi trabajo, cierta versión de mi vida, mi intimidad, pero aun así todas esas cosas me parecieron insignificantes comparadas con la sensación de alegría que experimenté al ver el baile y seguir sus ritmos precisos con todo mi ser", dice la narradora.

Quizá lo mejor sea comprender que cada uno lleva su vida con su propio ritmo. Y eso ya debiese colocarnos en el rol de no juzgar las decisiones ajenas. Abrirnos a la posibilidad de ponernos realmente en el lugar del otro. E igual de necesario hacerlo con el propio. Una invitación a acomodarnos, a aceptar lo que nos toca y a fluir con ello en lugar de resistirlo. Muchas veces, a pesar de nuestras genuinas intenciones, la vida deviene imparable. ¿Cuál es el peor desencuentro? ¿El que vivimos con otros o el que vivimos con nosotros mismos?

Probablemente lo más honesto sea comprender que hacemos lo que podemos, una especie de improvisación con lo que tenemos a mano: nuestra identidad, nuestros talentos, nuestros dones y nuestras capacidades. Bienvenida sea, bienvenido sea el crecimiento. Qué empiece la música. O que empiece la vida, que para el caso es lo mismo.

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