polémica

¿Quién es más republicano en la Argentina?

Dos intelectuales debatieron sobre "Republicanbismo, kirchnerismo y 'derecha'". El debate se publicó en la revista Anfibia y allí escribieron Roberto Gargarella y Ezequiel Adamovsky. Hay que leer. Al final, emití tu opinión y tu voto.

La república en uso

La república en uso

Republicanismo, kirchnerismo y derecha

Republicanismo, kirchnerismo y "derecha"

¿Quién tiene razón?

Resultado parcial
Votá al final de la polémica

El historiador Ezequiel Adamovsky cree que este es el momento ideal para preguntarse: ¿Cuánto tuvo de legítima la preocupación por la República durante el kirchnerismo y cuánto de pretexto insincero para la crítica? Aunque existieron abusos reales, los valores republicanos se vienen utilizado de manera instrumental para excluir a supuestos “enemigos de la República” y como estrategia de marketing para políticas de derecha.

Como pocas veces en nuestra historia, durante el último lustro “el republicanismo” fue objeto de acalorados debates.Voces de un amplio espectro ideológico reprocharon al kirchnerismo su escaso compromiso con valores como la división de poderes o el pluralismo, a los que se calificó con insistencia como “republicanos”, como modo de afirmar su carácter indispensable para la vida democrática. Entre las filas kirchneristas replicaron que ese argumento enmascaraba un disgusto más profundo que en verdad estaba motivado por los avances en el plano de la justicia social. En esa línea se desarrolló en 2013, por ejemplo, un interesante debate público entre Eduardo Jozami, miembro de Carta Abierta, y el constitucionalista Roberto Gargarella. Este último se quejó, además, de que el término “republicanismo” hubiera comenzado a utilizarse como una especie de “insulto político” que insólitamente parecería referirnos a gente que se escandaliza “por niñerías” como modo de sembrar el terreno para políticas reaccionarias. Para evadirse de las críticas, los kirchneristas construían así un enemigo a su medida, el “republicano bobo” que “habla como un zombie del equilibrio de poderes” sin entender nada de política real. Por el contrario –sostuvo Gargarella–, la tradición republicana remite a figuras como Rousseau, Marx o Artigas y debería ser tenida como “una doctrina radical-revolucionaria” que tiende a la ampliación de la democracia sustantiva. Quienes atacan a la primera, atacan también a la segunda.

La derrota del kirchnerismo y las primeras muestras de la alianza que lo reemplazó parecerían el momento ideal para preguntarnos cuánto tuvo de legítima preocupación el clamor por la República y cuánto de pretexto insincero para políticas de derecha. Aquí intentaré avanzar en una respuesta, aclarando que será un balance sobre el republicanismo nuestro, aquel que existe concretamente en nuestra sociedad, antes que el de las definiciones ideales o académicas. En efecto, si se tratara de un debate sobre los orígenes del republicanismo (o sobre filósofos como John Rawls, desconocidos para el gran público), Gargarella llevaría toda la razón. En sus inicios, efectivamente se trató de una tradición progresista enfocada en promover la participación popular en la vida política y nociones de “bien común” de ribetes igualitaristas. Durante el siglo XIX los republicanos en Europa chocaron frecuentemente no sólo con los reaccionarios sino también con los liberales, quienes en varios países fueron sus enemigos, incluso si tenían varios puntos de coincidencia. Pero con el correr de los años el republicanismo se fue desgranando y volviendo menos reconocible. Por una parte, las ideas de los republicanos más moderados se fueron acercando a las de los liberales hasta volverse indistinguibles. Por la otra, quienes mantuvieron el eje más fuertemente anclado en nociones del bien común (antes que en los derechos del individuo) confluyeron con el naciente socialismo. Por efecto de esos realineamientos, lo “republicano” terminaría siendo utilizado cada vez más como seña de identidad por los liberales y conservadores. Incluso en Francia, donde ser republicano tenía hasta no hace tanto tiempo una connotación progresista, la defensa de la República pasó a ser bandera de la derecha. En Argentina, fueron los derechistas quienes tendieron a utilizar el término para identificarse, comenzando por los del periódico La nueva república a fines de 1927. Más recientemente, Domingo Cavallo bautizó “Acción por la República” el partido que creó en 1997, mientras que Macri denominó “Propuesta Republicana” (PRO) al suyo. Para contrarrestar el insidioso anatema lanzado contra los “republicanos bobos” no alcanza entonces con invocar, desde este presente, el pasado glorioso del republicanismo.Y por supuesto, ningún defecto de aquellos es prueba de que la preocupación por nuestras instituciones republicanas sea irrelevante o un mero deporte de gente de derecha.

República y republicanos hoy

Separar la paja del trigo es particularmente trabajoso cuando hay abundancia de ambos. El kirchnerismo ciertamente incurrió en ofensas a la República, algunas de gravedad. No deben considerarse tales, sin embargo, las que conciernen al mentado “estilo” de Cristina Kirchner. Ni la ausencia de reuniones de gabinete o de conferencias de prensa, ni el lenguaje confrontativo, ni los malos modales, ni la preferencia por determinada marca de carteras, ni la selección de funcionarios de poca preparación, ni el abuso de las cadenas nacionales constituyen ataques a la República. Por supuesto, cada cual tiene derecho a considerarlos rasgos inapropiados, pero no existen normas legales ni preceptos filosóficos que regulen el modo en que debe hablar, ataviarse u organizar sus labores diarias el mandatario de una República. En todo caso, si uno es un “militante del detalle” (como los llama Bruno Bauer) debería indignarse del mismo modo cuando un ministro rompe una página de Clarín y cuando otro borra notas de Infojus; cuando se propone un funcionario sin idoneidad como Reposo y cuando se hace a Bergman Ministro de Ambiente. Quienes sienten que un centro cultural llamado “Néstor Kirchner” es propio de un país bananero deberían calificar de tal modo a Francia, cuya imponente Biblioteca Nacional, construida durante la presidencia de François Miterrand, lleva por nombre “François Miterrand”. En este tipo de cuestiones es en las que el estereotipo del “republicano bobo” se acerca más a la realidad.

Lo mismo vale para algunos desbordes denuncialistas francamente bizarros. La más vehemente defensora de la República en estos años fue sin dudas Elisa Carrió, quien propuso nada menos que “la reinvención de la Argentina republicana” como programa de gobierno. Celosa madre de “Republiquita” –la muñeca de plástico que usa como alegoría del país–, acusó a sus agresores, entre otras cosas, de planear la eliminación de la prensa libre, la formación de milicias armadas, la instauración de una “dictadura fascista”, un “autogolpe”, un fraude electoral de gran escala o incluso su propio asesinato, desgracias de las que, afortunadamente, sigue sin haber indicios. Viniendo de una persona de sus antecedentes, es justo no tomarse demasiado en serio su clamor por el diálogo y el respeto del adversario político. En fin, en su caso es difícil no dar la razón a la rápida descalificación de los kirchneristas.

Apenas menos exageradas fueron las voces de alarma de quienes atribuían al gobierno de Cristina Kirchner ver en cada opositor un enemigo de la Nación a destruir. Es cierto que, en la pluma de algunos kirchneristas y en algunos discursos, se tendía a partir el campo político “binariamente”, presentando a los propios como adalides del Pueblo y a los ajenos como personeros de las corporaciones. Pero más allá de la retórica no existieron medidas concretas que buscaran eliminar o poner límites las libertades de éstos. Vistas retrospectivamente, las invocaciones a la República en riesgo de algunos intelectuales que denunciaban la formación de un aparato del terror o el ascenso de un régimen igual al de Mussolini (con grupos armados y todo), fueron infundadas. No hubo en estos años intentos de reformas corporativistas, expropiaciones de diarios o cárcel para líderes de otros partidos (como en tiempos de Perón), ni se habilitó al gobierno a suprimir garantías constitucionales a su antojo y a militarizar la sociedad (como lo hizo Frondizi con el plan CONINTES), ni se utilizó el Estado de Sitio para encarcelar a periodistas o dirigentes opositores (como en los años de Alfonsín, quien también metió diez días preso por “desacato” a un manifestante por haber dicho “tenemos hambre” en su presencia), ni nada parecido. El Estado siguió financiando a todos los partidos como marca la ley y no hubo restricciones a su accionar. El espacio público fue repetidamente utilizado por la oposición para la protesta sin incidentes. Como todo gobierno, el kirchnerista propuso su propio “relato”, pero no hubo cercenamientos a los relatos ajenos. Tuvo sus intelectuales afines, pero no hubo molestias relevantes para los otros. Ni siquiera en las áreas bajo control directo del Ejecutivo hubo una política inevitablemente facciosa: una rápida ojeada por las listas de ganadores de Premios Nacionales encontrará unos cuantos abiertamente opositores, como Eduardo Grüner, José E. Burucúa, Vicente Palermo o el propio Gargarella, todos premiados por sus ideas. La relación con los medios de comunicación fue tensa, pero la prensa mantuvo y ejerció su independencia ad nauseam, escrutando sin obstáculos considerables todos y cada uno de los actos de gobierno (en medida no menor, gracias a que el gobierno promovió la eliminación del delito de calumnias e injurias con el que Menem los había perseguido). En todos los años del kirchnerismo se registraron una cesantía en un medio público y alrededor de media docena en el sector privado atribuidas a motivos políticos (todos se reubicaron rápidamente), un número que no absuelve, pero que en todo caso es muy inferior al de la gran purga con la que arrancó el macrismo, que sólo motivó entre los no kirchneristas alguna protesta aislada. El kirchnerismo ciertamente tuvo sus impresentables y sus “fanáticos” (la oposición también), pero también tuvo espacio para el disenso interno, como se comprobó semanalmente en Página 12 en las columnas de figuras como Mario Wainfeld u Horacio Verbitsky y en el disgusto público de Carta Abierta por la candidatura de Daniel Scioli. La pretensión de algunos periodistas o intelectuales de que se tenga como atentatorio a la libertad de expresión el verse cuestionados por funcionarios, por otros colegas o en las redes sociales no encuentra validación en ningún principio republicano conocido. La retórica oficial ciertamente pudo desagradar, pero no hay leyes ni preceptos republicanos que ordenen que no haya discusiones políticas ásperas, ni que prohíban que se identifique a algún grupo como vocero de minorías privilegiadas. Y no hay nada intrínsecamente malo en dividir el campo político binariamente, ni se trata de una práctica privativa de los kirchneristas (otras tradiciones presentan también visiones binarias, como la izquierda en todas sus variantes o implícitamente –como veremos– el liberalismo).

Otras preocupaciones por la República, sin embargo, fueron más certeras y relevantes.En el uso de los dineros públicos hubo muchos aspectos cuestionables. La famosa “caja” fue utilizada como modo atraer el apoyo de gobernadores o legisladores, para premiar a los propios y castigar a los ajenos. Es cierto que la práctica de intercambiar “favores” entre los representantes de los partidos políticos (incluyendo fondos por votos en el parlamento) está lejos de ser privativa de la Argentina; en Estados Unidos se llama logrolling y se considera perfectamente legítima. Y sería de gran ingenuidad ignorar que el uso de cargos públicos para ofrecer una renta a militantes es una costumbre ubicua en todo el mundo. Nuestro sistema presidencialista, cierto, pone en manos del Ejecutivo una capacidad bastante mayor de condicionar fondos por votos, que el anterior gobierno aprovechó a gusto. Pero no sería sincera una indignación selectiva por ello: se trata de una práctica de larga presencia en nuestro país y nada permite aventurar que se haya detenido. Veremos si los defensores de la República de ayer reaccionan por el uso de la “caja” con la misma indignación hoy (Macri ciertamente no lo hizo cuando el que repartía era Menem y nadie se indignó tampoco por la lógica “clientelística” con la que utilizó los fondos públicos en las villas porteñas, indistinguible de la de los punteros peronistas del Conurbano). Por lo pronto, se constata que los pases inesperados de legisladores de un lado al otro son una imperdonable “borocotización” si se dan hacia el peronismo, pero se celebran como un soplo republicano si siguen la dirección inversa. Aquí cabe la crítica al republicanismo, digamos, “situacional”, que se activa según convenga. Lo mismo vale para la indignación por el nepotismo, que no se reencuentra cuando se trata de primos, hijos, sobrinos o novias de funcionarios del actual gobierno.

Más grave fue la corrupción, de alta incidencia en años pasados, con algunos casos –como los de Jaime y Miceli– ya probados en sede judicial. De los restantes, es difícil calibrar cuántos corresponden a hechos reales,entre la maraña de operaciones de prensa y denuncias falsas que se promovieron. Basta recordar que la justicia ya ha determinado no la falta de pruebas sino la falsedad absoluta de dos de los resonantes casos presentados por Jorge Lanata en la TV –el de los “bolsos con dinero” de Kirchner y el de las famosas “bóvedas” santacruceñas. Así y todo, los niveles de corrupción de la década pasada parecen indudablemente altos. En este aspecto fueron justas y necesarias las invocaciones a la República, incuso si no solieran hacer esfuerzos para no entremezclarse con operaciones de prensa de fines espurios. Lo que resulta menos justificado es la doble vara en la percepción e indignación por la corrupción, según sea su promotor. Los casos de incompatibilidad que involucran a Boudou, las obras de Lázaro Báez y los hoteles de la familia Kirchner son perfectamente comparables con los negocios concedidos por Macri a su amigo Nicolás Caputo o las transferencias de fondos a Fernando Niembro, temas que rara vez ocupan las tapas de los diarios o motivan indignación “republicana”. La causa de los trenes que llevó a la condena de Jaime es comparable a la del caso Iron Mountain, olvidado por la prensa, que involucra al gobierno porteño y marcha hacia la impunidad. Los numerosos hechos de corrupción que involucran a funcionarios macristas tampoco generan angustias (por mencionar sólo dos, el escándalo de los “Swissleaks” de Prat Gay o el procesamiento por el megacanje de Sturzenegger) y lo misma vale para los casos de incompatibilidad que ya afloran, por haberse designado a empresarios en cargos desde los que deben regular sus propios negocios (Aranguren, Braun, Costantini, etc).

De todas las alarmas por el estado de la República, acaso las más relevantes son las que involucran la división de poderes. Todo indica que el kirchnerismo continuó con la costumbre instalada por Menem (y mantenida bajo De la Rúa) de utilizar la Secretaría de Inteligencia para realizar operaciones políticas, mediáticas y judiciales, sea con la amenaza de “carpetazos”, sea endulzando la vida de periodistas, jueces o fiscales con los sobres de la famosa “cadena de la felicidad”. En un plano más visible, no es exagerado decir que Cristina Kirchner intentó avanzar indebidamente sobre terrenos del Poder Judicial en el modo propuesto para la designación de jueces subrogantes y en los manejos en las designaciones del Consejo de la Magistratura. Aquí las quejas fueron perfectamente justificadas. Sin desmedro de ello, habida cuenta de la variedad de jueces de todas las instancias que dictaron cautelares o fallaron contra el gobierno, sería exagerado decir que la independencia del Poder Judicial en su conjunto se viera comprometida, como sucedió en tiempos de Menem. Incluir como contraargumento la muerte de Nisman sería temerario: es tan poco serio asegurar que fue asesinado como dar por probado que se suicidó, incluso si todas las evidencias apuntan a lo segundo (por otra parte, si algo prueba el caso es que los agentes de inteligencia también pusieron su “cadena de la felicidad” al servicio de la oposición).

Nuevamente en este ámbito, cualesquiera fueran los abusos del kirchnerismo, uno esperaría que la consternación republicana se distribuyera de manera más ecuánime. En lo que lleva en el gobierno Macri produjo los que acaso sean los dos hechos singulares de avasallamiento de la división de poderes más graves que realizara un gobierno civil luego de 1955. El primero fue el pedido, concedido por la jueza Servini de Cubría, de acortar el mandato presidencial de Cristina Kirchner, acompañado de la orden de que se tomara juramento a Pinedo como presidente provisional antes de la jura de Macri. Ese hecho quedó rápidamente en el olvido por su efecto efímero, pero fue de un tenor inédito: un simple juez se arrogó el derecho de reemplazar un presidente electo democráticamente por otro que nadie había votado. El segundo hecho inédito es, naturalmente, la designación de dos jueces para la Corte Suprema por decreto simple mediante un artilugio legal, algo que ningún presidente civil argentino hizo nunca desde la Organización Nacional. Salvo alguna voz aislada, ningún amante de la República manifestó preocupación por el primer hecho; algunos pusieron algún tibio reparo frente al segundo, pero la UCR en bloque lo apoyó. La doble vara en estos temas es pasmosa, más visible aún respecto de la utilización de jueces y fiscales afines para propósitos políticos: los que desesperan por figuras como Oyarbide o por las lealtades de Gils Carbó raramente reparan en los desaguisados de Bonadío ni recuerdan a Martín Ocampo como procurador porteño. Quienes antes pusieron el grito en el cielo por el respeto al Consejo de la Magistratura no hacen hoy lo mismo frente a la escandalosa apropiación de uno de sus sitiales por parte del macrismo para acercarse a una mayoría calificada que le permita nombrar y despedir jueces a su antojo. Justo es decirlo, las oscuras operaciones de Macri para controlar a los jueces desde las sombras sí vienen siendo denunciadas por la prensa, incluso por Carrió.

Respecto del Poder Legislativo, el kirchnerismo sacó amplio provecho de sus mayorías y apuró varias leyes sin dar tiempos para un debate amplio. Así y todo el Congreso funcionó normalmente para parámetros argentinos. La ex presidenta hizo uso de los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU), pero en asuntos que no suponían quitarle prerrogativas y con una frecuencia muy por debajo de la media. La cantidad de sus vetos fue moderada, comparativamente hablando. Sus DNUs y vetos, sin embargo, motivaron en su momento indignadas defensas de la República. Por contraste, la gran mayoría de esas voces permanecieron inaudibles cuando Macri inauguró su mandato presidencial con DNUs para cosas tan poco urgentes como revertir los efectos antimonopólicos de la Ley de Medios. De hecho, algunos de los referentes del liberalismo argentino y quienes otrora lamentaban el “gobierno ilimitado” escribieron columnas llamando a “no rasgarse las vestiduras” si ahora se pasa un poquito por encima al Congreso. Está por verse cuál será la actitud del nuevo gobierno en lo que a vetos concierne, pero los antecedentes no son nada auspiciosos: como Jefe de Gobierno porteño Macri vetó una cantidad alarmante de leyes, incluyendo más de 80 que habían sido aprobadas o presentadas por legisladores del PRO, lo que revela poco diálogo incluso con los suyos.

De todas, acaso la mayor agresión a la República producida por el kirchnerismo fue la de las vergonzosas “candidaturas testimoniales” en las elecciones de 2009, que atentaron nada menos que contra su núcleo más caro: la soberanía popular. Las alarmas republicanas por este hecho estuvieron más que justificadas. Otras del mismo rubro, como las monótonas denuncias de fraude en cada distrito en el que el PRO perdiera –fuera a manos de peronistas o socialistas, con boleta papel o voto electrónico– deben archivarse en cambio en los engordados anales de las operaciones de prensa.

Republicanismo, versión liberal

Aun siendo perfectamente válida la preocupación por el estado de la República, no se puede evitar cierta extrañeza por las maneras paradójicas en las que “lo republicano” se pone a jugar en la política argentina. No sólo en referencia a las dobles varas e inconsistencias reseñadas –al fin y al cabo adjudicables a defectos personales–, sino también en una tensión más profunda. Y es que el argumento en favor de la República termina a veces utilizado en función de reclamos que amenazan disolver la razón misma de la vida republicana. Un buen ejemplo es el del frecuente reclamo por la “falta de diálogo”, un pedido perfectamente respetable si no fuera porque, con frecuencia, se combina con la exigencia de que se excluya del diálogo a quienes previamente se señala como sus enemigos. El “unanimismo” sin dudas es una tendencia repudiable. Pero un lector se siente desconcertado cuando se dice eso en un artículo que, al mismo tiempo, exige que cualquiera que refiera al liberalismo con una connotación negativa (como suele hacerlo un servidor) sea tenido por un “enano unanimista” enemigo de la democracia. La crítica al unanimismo aparece así en función del reclamo de una unanimidad diferente.

En otras intervenciones de este tipo, el kirchnerismo fue insistentemente presentado como la encarnación local de “el populismo”, un mal global que amenazaría la vida republicana y, por ende, a la propia democracia. En un ensayo que publiqué tiempo atrás expliqué que el concepto de “populismo” funciona de una manera sutilmente normativa, marginando ideas y experiencias políticas variadas e invitando a una unanimidad que sin embargo no se reconoce como tal. Bajo ese rótulo suele meterse en una misma bolsa ideas y grupos políticos totalmente disímiles, tanto de derecha como de izquierda, cuyo único punto en común es causar desagrado a quienes profesan ideas liberales. De ese modo, se nos invita a percibir un escenario dividido en dos campos claramente distinguibles: por un lado democracia liberal (la única que merece ser llamada “democracia”y considerada “una República”) y por el otro la presencia fantasmal de todo lo que no se corresponde con ese ideal y, por ello, debe rechazarse de plano. En otras palabras, la crítica al “populismo” nos invita a cerrar filas alrededor del republicanismo liberal para combatir a un solo monstruo compuesto por todo lo demás, en cuyo cuerpo indiscernible conviven neonazis, keynesianos, caudillos latinoamericanos, socialistas, charlatanes, anticapitalistas, corruptos, nacionalistas y cualquier otra cosa sospechosa. La verdadera República, se sobreentiende, debe combatir sin tregua contra cualquier manifestación del mal “populista” (una visión extrañamente “binaria” para quienes con frecuencia se quejan del binarismo de los demás).

Ante este tipo de nociones, es legítima la sospecha de que el pedido de “diálogo”, “tolerancia” y “pluralismo” lleva implícita una lista de invitados que excluye a buena parte de la población y a toda una gama de expresiones políticas, muchas de las cuales pueden ser ciertamente repudiables, pero otras merecen su lugar bajo el sol. La comunidad de los que “saben escucharse” necesita, para afirmarse, excluir a los que no pueden o no quieren participar de las reglas de ese juego, o simplemente a aquellos cuya participación podría amenazarlas. El reverso de ese “pluralismo” se revela así curiosamente unanimista e intolerante. El actor Diego Capusotto graficó esta paradoja con humor en la frase de uno de sus personajes, el típico oyente desbocado que deja mensajes en los programas de radio: “¡Hay que fusilarlos a todos para acabar con la falta de diálogo!”.

Nuestro pobre republicanismo

Este recorrido sucinto termina, lamentablemente, dando la razón a las dos posturas del debate reseñado al comienzo. El republicanismo –como cultura y como ordenamiento legal– es crucial para la vida democrática y no hay dudas de que puede reprocharse al kirchnerismo el no haber mantenido un firme apego respecto de algunas de sus plasmaciones institucionales y principios rectores. No puede despacharse esos reproches alegando que son todos propios del “republicanismo bobo”. Y sin embargo, es indudable que se vienen utilizado las instituciones y los valores republicanos de manera instrumental y falaz para excluir a supuestos “enemigos de la República”, para defender privilegios de grupos minoritarios y como estrategia de marketing para políticas y políticos de derecha, más interesados en limitar o torcer la soberanía popular que en defenderla. El ejemplo inevitable es el de la Ley de Medios, una norma que en su contenido implicó una mejora ciudadana, tramitada impecablemente desde el punto de vista de las formas y procedimientos institucionales y aprobada con amplio consenso multipartidario, fue sin embargo bloqueada de manera indebida durante largos años por un puñado de jueces para ser finalmente barrida de un plumazo por un gobierno cuyos votos, en buena medida, se cosecharon invocando la defensa de la República. Así como el kirchnerismo debe rendir cuentas por sus falencias, también los republicanos honestos deben explicar cómo es posible que fuera tan sencillo utilizar las instituciones de la República para torcer la voluntad popular legítimamente expresada y legalmente canalizada, con el único fin de beneficiar a un puñado de empresarios.

Es triste comprobarlo, pero el uso instrumental de la República y el “republicanismo bobo” vienen dejando ya una larga estela en nuestra historia. Tanto Yrigoyen como Perón fueron derrocados en nombre de la República y gracias a un clima preparado con sonidos de alarma por la falta de decencia y por el maltrato a las instituciones (bastante justificados en el caso del segundo, mucho menos en el del primero). Pero los regímenes que los reemplazaron agredieron a la República de modos mucho peores sin suscitar climas parecidos. Parece acaso un rasgo fundante de la política nacional: los discursos que afirman preocuparse por las instituciones y por la libertad con frecuencia se han combinado, en los hechos, con la justificación de la ilegalidad y la violencia de Estado y con la pretensión de suprimir a los adversarios por el simple procedimiento de convertirlos en seres indignos de la vida civil. Algo así ya observaba Juan Bautista Alberdi hacia el final de su vida, desencantado ante el espectáculo de la vida nacional: “El liberalismo como hábito de respetar el disentimiento de los otros es algo que no cabe en la cabeza de un liberal argentino. El disidente es enemigo; la disidencia de opinión es guerra, hostilidad, que autoriza la represión y la muerte”. Puede que lo que Alberdi consideraba un mal argentino sea en verdad, sin embargo, propio del liberalismo como tradición.

Necesitamos la República. Pero la retórica republicana ha quedado capturada por agendas y prácticas políticas que apuntan más bien en sentido contrario. “La República”, artículo retórico, conspira hoy contra la República entendida como valor sustantivo. (La inspiración borgeana del título de este ensayo parte de esa constatación). Es dudoso que podamos recuperar la palabra “república” para una política verdaderamente democrática, radical, como la que animó parte del republicanismo en sus inicios. La retórica de “lo republicano”, tanto en Argentina como en el resto del mundo, está hoy en manos de las derechas y de viejos progresismos que inadvertidamente se ven imantados hacia ellas. Pero si acaso fuese posible, deberá ser un republicanismo que vuelva a tener su eje en el autogobierno y en la vida común, antes que en el derecho de los (ciertos) individuos. Un republicanismo que entienda que la ley debe defender también los derechos colectivos y a las generaciones futuras. Un republicanismo que no tema ampliar los alcances de la soberanía popular y que sepa reconocer, en el diseño institucional forjado por la tradición liberal, la cantidad de trabas que existen para ello y que es necesario desarmar (en todos los poderes, incluyendo el Judicial). Un republicanismo capaz de percibir las múltiples maneras en las que el capital corroe la democracia y degrada la vida en común y que encuentre mecanismos institucionales para contrapesar no sólo el poder de los gobernantes, sino también el de los empresarios, sus corporaciones y sus medios de comunicación.

El artículo original está aquí:  http://www.revistaanfibia.com/ensayo/la-republica-en-uso/#sthash.spayf1Hz.dpuf 

 En su artículo “Utilización instrumental vs. republicanismo bobo. La República en uso”, publicado en la revista Anfibia, el historiador Ezequiel Adamovsky busca responder a la siguiente pregunta: “¿Cuánto tuvo de legítima la preocupación por la República durante el kirchnerismo y cuánto de pretexto insincero para la crítica?”

Ya en el título del texto (Nota de la redacción: el título pertenece a los editores de la nota y no al autor de la misma), y desde el comienzo del artículo, emprende una crítica contra un término que yo mismo acuñara, el de “republicanismo bobo”. En su momento, la expresión nació para hacer referencia a la caricaturización de la noción de republicanismo que, desde el kirchnerismo, se puso en práctica en la década anterior. La idea originaria fue la de objetar el uso manipulativo de la noción de republicanismo, un concepto que cuenta con una extensa y noble trayectoria dentro de la filosofía política, y que habitualmente ha sido asociado con valores como el del autogobierno colectivo, las “virtudes cívicas” y la participación política de la ciudadanía. En la Argentina kirchnerista, en cambio, la idea de republicanismo terminó siendo convertida en un “insulto político”: los “republicanos”, en apariencia, eran los que vociferaban indignados frente a niñerías (los malos modos o los vestidos caros de la Presidenta; las “desprolijidades institucionales” propias del kirchnerismo, como el sobre-uso de la “cadena nacional”), como modo de avanzar políticas conservadoras.

En lo personal, me interesó mostrar desde un comienzo que dicho acercamiento al republicanismo era indefendible: no condecía con la historia del republicanismo (ni con la historia europea ni con la historia latinoamericana del término); empobrecía la discusión política; y necesitaba para sostenerse de un atolondrado amontonamiento y distorsión de opiniones y textos. Sin embargo, todavía hoy, hay quienes –como Adamovsky- sospechan que el concepto de republicanismo en la política argentina fue utilizado instrumentalmente para objetar las políticas “progresistas” del gobierno anterior.

Interesado por saldar cuentas en relación con el uso de ese concepto, Adamovsky sostiene que “la derrota del kirchnerismo y las primeras muestras de la alianza que lo reemplazó parecerían el momento ideal para preguntarnos cuánto tuvo de legítima preocupación el clamor por la República y cuánto de pretexto insincero para políticas de derecha.” Desde ese punto de partida, comienza entonces su indagación. En lo que sigue, voy a examinar críticamente el análisis que hace Adamovsky de la cuestión, pero antes de hacerlo simplemente dejo anotado también mi desacuerdo con su elección del “momento” para hacerlo. Según considero, no es para nada interesante el tiempo escogido para llevar a cabo el análisis propuesto -apenas días luego de la asunción del nuevo gobierno. En efecto, el nuevo gobierno está todavía midiendo el terreno en el que se va a mover; el Presidente avanza y retrocede recurrentemente, tratando de ver cuáles son sus márgenes de acción; y buena parte de la sociedad se encuentra todavía embelezada por “el enamoramiento de los primeros días”: todos estos elementos no ayudan a hacer balances de ningún tipo. No obstante ello, aceptemos la propuesta de Adamovsky y veamos de qué modo lleva adelante su análisis sobre (llamémoslo así) “el republicanismo insincero.”

***

El uso del término “republicanismo”: Entre la falacia de composición y el “blanco móvil”. En términos analíticos, el texto de Adamovsky es cuanto menos curioso. Innecesariamente el autor se enreda en vicios que han sido propios, en estos años, de periodistas mal preparados. ¿Por qué digo esto? Ante todo, porque el artículo dice que va a hablarnos del republicanismo, pero en ningún momento define el concepto de republicanismo contra el que luego va a disparar en su análisis. La reconstrucción que hace del concepto “republicano” resulta entonces sorprendente, sobre todo por provenir de un historiador en apariencia bien formado. Doy algunos ejemplos de las imprecisiones con que el autor presenta el concepto. Nos dice que “durante el siglo XIX los republicanos en Europa chocaron frecuentemente no sólo con los reaccionarios sino también con los liberales, quienes en varios países fueron sus enemigos”. Todo es confuso aquí: ¿De qué republicanos habla? Y cuando se refiere a los liberales, ¿a qué liberales está aludiendo? Y los reaccionarios, ¿quiénes serían? Y el enfrentamiento, ¿en qué países o lugares se habría producido? Y cuándo nos habla de los choques “frecuentes,” ¿de cuáles choques habla?, ¿de cuántos de ellos?, ¿de choques producidos en qué momento? Y, ¿cuáles serían los “varios” países en donde se habría dado la pelea? Y ¿qué pelea sería ésta (una guerra, una discusión académica, una trifulca)? ¿En qué veríamos que se trata de grupos “enemigos”?

Quiero decir nos encontramos ante una frase de presentación del tema por completo inasible –una frase que por todos lados hace agua. ¿Cómo puede ser que un historiador de la talla de Adamovsky muestre tal nivel de imprecisión en el manejo de datos, fechas y documentos, para reemplazar una historia densa y potente (la del republicanismo) por lo que parecen ser sus prejuicios?

Lo dicho en torno a la frase anterior se repite luego a lo largo de todo el resto del texto. Para no aburrir, permítanme quedarme, por el momento, con el examen de la frase inmediatamente posterior. En ella, nuevamente, el autor ratifica el notable nivel de imprecisión en el que estamos sumergidos. Nos dice entonces: “Con el correr de los años el republicanismo se fue desgranando (sic)…las ideas de los republicanos más moderados se fueron acercando a las de los liberales hasta volverse indistinguibles”. ¿De qué habla el autor? ¿Con el correr de cuáles años? ¿De qué fecha a qué fecha? ¿El “desgranamiento” producido dónde? ¿Quiénes eran los republicanos moderados, y quiénes los liberales? Ellos ¿se acercaron, se confundieron, se transformaron en lo mismo? Efectivamente, ¿ello fue así? ¿Dónde, y de qué modo? Adamovsky debería facilitarnos algunos datos efectivos de lo que dice (más que citas desvinculadas entre sí, una que aparece por aquí, otra que aparece por allá), para que no parezca que lo suyo es simplemente afirmar lo que se tiene ganas de dar por probado (volveré sobre el tema más adelante). Puede que el autor no entienda o no haya estudiado con detenimiento qué es el republicanismo, o puede que sólo lo mueva el deseo ansioso de avanzar un cierto juicio, más allá del tema o “pantalla” del republicanismo del cual, según nos dice, está hablando.

Tampoco queda en claro contra quién o quiénes está hablando el autor, cuando critica a los “republicanos”. Dice que no va a ocuparse del uso del término republicanismo en un sentido académico o ideal, sino del “republicanismo nuestro, aquel que existe concretamente en nuestra sociedad” (porque sino –esto lo admite- quien escribe estas líneas llevaría la razón en el debate). Bien, aceptemos el específico debate que propone Adamovsky, restringiendo la reflexión sobre el republicanismo al ámbito no-ideal, “nuestro” o argentino. La pregunta es entonces: ¿de qué republicanismo “nuestro” vamos a hablar?

Adamovsky arremete contra algunos académicos (mi caso incluido), pero luego va mezclando sus críticas con invectivas dirigidas contra políticos de lo que era la oposición; burlas a figuras perdidas del pasado; sarcasmos contra periodistas de poca monta. Pero entonces: ¿de quién está hablando, precisamente, cuando critica a los “republicanos”? ¿A quién o quiénes está criticando? ¿Qué rasgos, efectivamente, unirían a esos supuestos “republicanos”?

El texto presenta una política de “blanco móvil” completo: cada vez que alguien quiera desmentir al autor, él podrá respondernos diciendo que, en verdad, se encontraba hablando de otra persona. La crítica se presenta entonces como crítica global, a partir de objeciones que nos refieren, en cada caso, a una persona diferente. Falacia de composición plena.

La reconstrucción que hace el autor del republicanismo argentino o “nuestro” (aquél que se propone más específicamente discutir) resulta también muy rara. En su traslado desde el republicanismo más “ideal” al republicanismo argentino, Adamovsky pasa, de un párrafo inicial en el que (citándome), asocia al republicanismo con “Rousseau, Marx o Artigas”, al siguiente, en donde ya habla de “Domingo Cavallo” y su partido “Acción para la República”, o “Mauricio Macri” y su “Propuesta Republicana”. Repito, de un párrafo al que le sigue, el autor pasa de Karl Marx a Domingo Cavallo, y todo queda entonces amontonado en la misma hoguera. La operación es por completo objetable, pero a la vez más que interesante, por el modo en que desnuda la fragilidad del análisis. Dicha operación demuestra que, sin saber de qué hablamos todavía, podemos saltar de un siglo al otro sin explicación alguna; podemos pasar, sin transición de ningún tipo, de un filósofo revolucionario a un economista de derecha, y hablar de todos ellos como si pertenecieran a la misma categoría (el autor no ha hecho, por caso, el esfuerzo para mostrar qué “invisible hilo en común,” podría poner juntos a dichos republicanos –un trabajo sobre el que, en lo personal, he estado interesado).

Del mismo modo, conforme con el enfoque que Adamovsky nos propone, es posible asociar al republicanismo con la derecha, simplemente, porque un partido de la derecha escogió el término en cuestión para darse nombre. Ésta es, tal vez, la maniobra más pobre de todas las emprendidas. Se trata de una aproximación al republicanismo tan llamativa como la que resultaría de asociar al socialismo con el nazismo simplemente porque, en algún momento, en algún lugar, alguien escogió nombrar a un partido nazi con el apelativo de “nacional-socialista”. “El socialismo está íntimamente vinculado con el nazismo,” podríamos decir entonces, siguiéndolo. Conocemos bien, del mismo modo, la forma en que el concepto de “derechos humanos” fue utilizado habitualmente por la derecha para justificar invasiones a países “díscolos”, o represiones de movimientos sociales. Lo mismo ocurre con las nociones de lo “nacional y popular” –términos que han aparecido, ocasionalmente, asociados con partidos y movimientos de ultra-derecha. La manipulación o uso abusivo de tales términos, de ningún modo “mancha” la noble historia de aquellas categorías. Para mantener a salvo tales conceptos (derechos humanos; nacional y popular; republicanismo) es necesario saber de qué estamos hablan do cuando los designamos, en lugar de alentar la confusión para sacar provecho del “río revuelto” escogido.

***

Entre argumentos circulares y afirmaciones dogmáticas. A partir de una base conceptual tan endeble y esquiva como la citada, Adamovsky dedica el resto de su artículo a probar algo (la extendida insinceridad de la crítica al kirchnerismo, por parte de supuestos republicanos comprometidos en verdad con la promoción de políticas de derecha) que el autor parece dar ya por cierto desde antes de comenzar a exponer su argumento. Por ello mismo, el artículo no resulta persuasivo, ni puede tampoco convencer a nadie, salvo a los ya convencidos. Se trata de parámetros –el de hacer afirmaciones contundentes sin argumentar de modo acorde; el de dar por cierto lo que debió en todo caso haberse probado- que se extienden a lo largo de todo el artículo, y alcanzan todos los temas que toca, hasta terminar por darle al texto su carácter más distintivo. Presento a continuación tres grupos de ejemplos de lo dicho (afirmaciones sin el mínimo respaldo argumental necesario, dogmatismo):

Su crítica al “republicanismo bobo”. Sin haber hecho más que juntar un collage bastante insólito de citas, Adamovsky inaugura una sección subtitulada “Nuestro pobre republicanismo” afirmando, directamente (y sin que nada en el desarrollo previo pudiera relevarlo de ofrecer pruebas de lo que afirma) que “es indudable (sic) que se vienen utilizado las instituciones y los valores republicanos de manera instrumental y falaz para excluir a supuestos “enemigos de la República”, para defender privilegios de grupos minoritarios y como estrategia de marketing para políticas y políticos de derecha, más interesados en limitar o torcer la soberanía popular que en defenderla”. Se trata de una contundente afirmación que al comienzo del artículo aparecía como el principal interrogante a responder, y que ahora –sin pruebas en el medio- se presenta como cuestión ya respondida (“es indudable” en razón de qué?). Luego de enunciar esta contundente frase, y como último intento de dotarla de algún sentido, el autor busca apoyarla con un ejemplo. El ejemplo es el de los bloqueos judiciales “indebidos”, sufridos por una Ley de Medios “legalmente canalizada”, que habrían venido a “torcer la voluntad popular”, y que habrían sido apoyados por los supuestos “republicanos”.

Las preguntas que surgen entonces son obvias ¿esos fallos fueron apoyados por todos los “republicanos”? ¿Quiénes? En qué casos? ¿Frente a todos los fallos? Y, ¿para quienes lo hicieron, puede decirse que se apoyaron en malas razones o en razones apropiadas? Ninguna de tales preguntas, sin embargo, es jamás contestada: sólo nos encontramos con anécdotas. En el camino, el autor se horroriza de que en una democracia constitucional se exprese, además del poder legislativo, el poder judicial (lo que reafirma una constante en su texto, esto es, un cierto desconocimiento de lo que significa una democracia constitucional, y más específicamente, un desconocimiento de los asuntos vinculados con el derecho y la interpretación constitucional); dogmáticamente sostiene que la Ley de Medios estuvo legalmente bien “canalizada”, cuando eso es lo que justamente niegan los fallos judiciales del caso; y da por sentado (en lugar de probar) que las decisiones judiciales que repudia fueron “indebidas”. Ello así, cuando lo cierto es que la propia Corte, al avalar en general la Ley de Medios, y anticipando la posibilidad de previsibles abusos en su aplicación, sostuvo que podían llegar a producirse declaraciones de inconstitucionalidad contra la misma, si es que esas fallas previsibles no se solucionaban. Lo que resulta obvio, en todo caso, es que el autor no puede dar por sentado, simplemente, que los fallos judiciales que le disgustan son “interferencias indebidas”, mientras que los fallos que encuentra alineados con sus preferencias son valiosos, para sostener luego que la Ley de Medios estuvo “legalmente canalizada”. Su argumentación es falaz y circular, en este caso, pero el autor quiere presentar sus impresiones y prejuicios como fuera de discusión, como si fueran observaciones “naturales.” Para decirlo de modo crudo: Adamovsky cree demostrar que el republicanismo es “insincero” e “ilegítimo” porque avala fallos judiciales que –Adamovsky simplemente asume- eran “indebidos”. Argumento plenamente circular. Lamentablemente, exactamente aquello que el autor asume es lo que debía haber probado (En lo personal, aclaro que en cantidad de artículos, y de modo paralelo a la Corte argentina, avalé la Ley de Medios en general, y critiqué cantidad de situaciones particulares de abuso, como la composición y funcionamiento del AFSCA, o los criterios con que este instituto aprobó y rechazó “planes de adecuación” de distintos grupos empresarios, propietarios de medios).

***

Su crítica al macrismo. Uno de los hechos determinantes a partir de los cuales Adamovsky considera que está probada la crítica “insincera” de los “republicanos” –la “doble vara” de los republicanos, a la que califica como “pasmosa”- es (“naturalmente”, agrega) el “hecho inédito” de que Macri designara a “dos jueces para la Corte Suprema por decreto simple mediante un artilugio legal” sin crítica alguna por parte de los “republicanos.” Se trata de un hecho frente al cual él hubiera esperado una “consternación republicana” –declara indignado. Ahora bien, resulta obvio que este “hecho inédito” que subraya el autor se encuentra francamente mal escogido. El error de Adamovsky se advierte, por un lado, porque (él mismo se ve obligado a reconocerlo apenas unos renglones por debajo de su afirmación contundente referida al silencio y la “pasmosa doble vara” de los republicanos), algunos sí pusieron (lo llama así) “algún tibio reparo” frente a aquellos decretos de Macri (De hecho -convendría aclararle- fuimos muchísimos quienes pusimos reparos muy enfáticos frente a tales decretos. Pero a esta altura ello no importa, porque en el texto, pareciera, ya “todo vale”).

De todos modos, la demostración más clara del yerro del autor al escoger el ejemplo de Macri designando jueces por decretos…es que Macri no logró designar ni a un solo juez por decreto, y que por el contrario –enfrentado a críticas muy severas (las que muchos le hicimos)- se vio obligado a frenar su impulso, retroceder en su iniciativa, e iniciar el proceso de designación de sus candidatos por medio del procedimiento abierto, participativo y legal, establecido en la Constitución y en el decreto 222. Es decir, otra vez, Adamovsky dio por cierto un hecho no concretado (no concretado a partir de un “retroceso” presidencial que, justamente, y contra lo que sugiere, bien podría tomarse como uno de los pocos méritos “republicanos” de este nuevo gobierno).

Su defensa del kirchnerismo. A lo largo de todo su artículo, Adamovsky hace una defensa fuerte (no exenta de críticas) del kirchnerismo, que concentra en particular en la sección organizada bajo el título “República y republicanos hoy”. Por supuesto, cualquiera puede encontrar aspectos positivos y negativos en el kirchnerismo, y no cabe esperar de nadie que, en un artículo de opinión breve, en una revista no académica, haga un examen científico (cargado de precisas notas al pie) sobre cada uno de sus dichos. Salvo que…salvo que, como en este caso, esa defensa resulte esencial para hacer la crítica que el autor lleva a cabo a lo largo de todo su texto. En efecto, el autor necesita demostrar que “los republicanos” han criticado falsa y tramposamente al kirchnerismo. Para ello, Adamovsky necesita mostrar al menos dos cosas: que 1) el kirchnerismo no era merecedor de muchas de las principales críticas que le hicieran los republicanos, mientras que 2) los republicanos estaban en verdad interesados en defender políticas “de derecha.” Sobre lo segundo, ya procuré demostrar que el autor no logra en absoluto su cometido (como mucho, nos encontramos con la anécdota de que X o Y, que no sabemos si eran republicanos o no, hicieron comentarios que podrían vincularse con “la derecha”), así que me concentro ahora sobre lo primero. La pregunta es entonces: ¿es cierto que los “republicanos” se dedicaron a avanzar críticas inmerecidas contra el kirchnerismo (en este caso, críticas insinceras)? Para lograr su objetivo, Adamovsky debería ser más cuidadoso en su defensa del kirchnerismo impugnado. En lugar de ello, el autor vuelve a la modalidad de siempre, al camino ya señalado: dar por cierto aquello que debiera haber demostrado.

Señalo rápidamente algunos ejemplos en este sentido. Adamovsky quiere demostrar, por ejemplo, que el gobierno no avanzó políticas represivas, y para ello se eleva hacia lo obvio o lo absurdo (la llegada del kirchnerismo al gobierno no implicó –nos dice- el “ascenso de un régimen igual al de Mussolini, con grupos armados y todo”), dejando de ese modo oculto lo que es grave y verdadero –por ejemplo, las decenas de muertos en situaciones de protesta social, que organizaciones de derechos humanos como el CELS o CORREPI verificaron y cuantificaron con contundentes datos. Adamovsky sostiene, contra ello, que los espacios públicos pudieron utilizarse “para la protesta sin incidentes”. Para Adamovsy, según parece, las muertes por decenas y las balas de goma reiteradas resultan en el peor caso “incidentes”, que por fortuna ni siquiera ocurrieron. Las sistemáticas represiones con Gendarmería, ordenadas típicamente en la Panamericana, desde el Ministerio de Seguridad (con Berni a la cabeza) contra los obreros de Lear, Kraft, Pepsico y Donnelley, por ejemplo, no existen en su artículo. El espionaje contra trabajadores y militantes de izquierda, a través de Proyecto X, no existe tampoco. No se trata de temas menores: si quisiera tomar a los críticos del kirchnerismo en serio, Adamovsky vería que muchas de las objeciones que los republicanos “hicimos” contra el kirchnerismo, no eran ociosas ni insinceras, sino merecidas, y además consistentes con un ideario de izquierda e igualitario. Adamovsky oculta en cambio lo que muchos de nosotros visibilizamos. Lo mismo en la crítica a los medios públicos, utilizados durante el kirchnerismo para que se escuche sólo la voz oficial, o para “escrachar” a los que pensaban diferente. No se trata de quejarse por tonterías, sino de impugnar un uso temerario del aparato del Estado.

Adamovsky critica a los republicanos alegando que ellos temen las “discusiones políticas ásperas” (una tontería repetida por el kirchnerismo más bobo, hasta el cansancio) Pero, caramba, podría responder alguno: Adamovsky acusa a los opositores por temer las “discusiones ásperas”, mientras avala la operatoria de un gobierno que redujo al mínimo las voces críticas en los medios públicos; que no hablaba con la prensa; que ocultaba los datos y mentía los números; que llenaba los canales públicos de pagados aduladores. ¿Quién sería entonces el que le tenía tremendo miedo a la “aspereza”?

Para que se entienda bien lo que digo: no me interesa aquí sostener que el kirchnerismo fue peor o mejor que tal o cual partido o gobierno anterior, en tal o cual aspecto. Ésa es una discusión interminable, que aquí no resulta relevante. Lo que digo es que si Adamovsky quiere mostrar que las críticas de los “republicanos” al kirchnerismo fue insincera, porque ellos hicieron (“hicimos”) objeciones frente a asuntos irreprochablemente resueltos por el kirchnerismo, entonces él debiera hacer un esfuerzo que no hace, para probar que en esas áreas sensibles que criticamos –pongamos, las que nos refieren a la represión contra la clase obrera; al espionaje contra los militantes de izquierda- lo hecho por el kirchnerismo fue impecable. Adamovsky no hace, entonces, lo que (dados los objetivos que él mismo se había propuesto) debiera haber hecho. Por el contrario, otra vez, toma a esos hechos en cuestión como hechos obviamente probados.

***

Concluyendo. A partir de lo expresado anteriormente, entiendo que el trabajo de Adamovsky sobre republicanismo y kirchnerismo resulta muy defectuoso. Las críticas que el autor hace al republicanismo parten de un concepto de “republicanismo” que jamás define, por lo que no se sabe nunca qué es lo que está criticando. Sus argumentaciones son incompletas y superficiales, a menudo falaces, y con frecuencia circulares. Para colmo, ellas presuponen aquello que están obligadas a probar. Una estrategia central en el artículo es la que llevó al autor a esconderse frente a toda crítica, disparando para un lado para luego –frente a cualquier objeción posible- dejar abierta una puerta o coartada, que le permita escapar en la dirección contraria. Si uno le replicara entonces “yo no he dicho tal cosa” (pongamos, “yo no he defendido nunca políticas de la derecha”), él podrá responder, “pero sí lo ha hecho tal otro” (llámese Elisa Carrió, Luis Alberto Romero, o el Presidente Macri). Si uno le demostrara que ha hecho las críticas que él reclamaba (por ejemplo, las críticas a los decretos iniciales de Macri, la crítica a sus primeras acciones represivas, la crítica a su plan económico, la crítica al levantamiento de las retenciones mineras), él podrá responder (como de hecho hace en el texto) diciendo que, en cambio, “la UCR sí apoyó en bloque” tal otra cosa. Si uno le mostrara que las denuncias que levantó contra el gobierno anterior eran denuncias probadas (la “represión terciarizada,” como la que terminara con la vida de Mariano Ferreyra; el espionaje montado a través de Proyecto X, etc.), él podrá responder (como también lo hace en el texto) diciendo que la diputada Carrió, abrazada a su “muñeca Republiquita” hizo denuncias “francamente bizarras”. Si se le mostrase que uno defendió sólo políticas genuinamente de izquierda y republicanas (la democratización de la política tanto como la democratización de la economía), él sostendrá entonces que “Domingo Cavallo bautizó Acción por la República” a su partido, para contaminar de ese modo a todo el republicanismo, presentándolo como una concepción que se ha transformado, subrepticiamente, en “la derecha.” Es como si, en lugar de argumentar, el autor simplemente dijera aquello que tiene ganas.

Por supuesto, nadie duda de que los gobiernos kirchneristas (como cualquier otro gobierno) recibieron –también- críticas de mala fe y críticas desde la derecha política. Pero el punto que interesa aquí es otro: la afirmación de Adamovsky según la cual “el republicanismo nuestro” fue en buena medida insincero, y procuró con sus críticas ocultar su predilección por políticas de la derecha, es por completo falsa, y el autor la da en buena medida por verdadera. Para decirlo con un ejemplo: el hecho de que Juan, Pedro y María -quienes, por lo demás, difícilmente puedan ser clasificados como republicanos bajo cualquier acepción medianamente inteligible del término- hayan presentado, ocasional o habitualmente, críticas insinceras e interesadas al kirchnerismo (que es lo que nos muestra Adamovsky, a través de citas y anécdotas entre sí desconectadas), no nos dice nada sobre el republicanismo, nada sobre la izquierda, nada sobre la derecha, y nada siquiera sobre los sujetos nombrados. Se trata, en todo caso, de un mero muestreo de historietas amontonadas.

Expuestas ya las razones de mi crítica al artículo de Adamovsky, agrego una impresión final, que es sólo una corazonada. Creo que ocurre con el autor lo que ocurriera en estos últimos años con otros intelectuales que se acercaron al kirchnerismo desde la izquierda. En términos de la política local, nada les ha dolido tanto como las críticas que, frente al gobierno anterior, muchos (les) hemos hecho desde una cosmovisión izquierdista. Esas críticas demostraron, una y otra vez, que se encontraban apoyando medidas que –conforme a los ideales que ellos mismos habían sabido invocar- debían haber criticado. Por ello la ansiedad por mostrar que “nuestras” críticas eran “insinceras”; por ello la urgencia por decir que “nuestros” argumentos eran interesados; por ello la desesperada vocación por probar que en realidad “los republicanos” nos “pasamos de bando”. Si ésa es la pretensión, deberán seguir trabajando. Sigo, como seguimos tantos, afirmando los mismos ideales igualitarios que afirmaba hace tiempo, y creyendo que ellos estuvieron situados en el lugar equivocado. Sigo pensando que ellos callaron lo que debieron hablar. Sigo pensando que defendieron políticas que debieron haber enfrentado.

- El artículo original está aquí: http://www.revistaanfibia.com/ensayo/republicanismo-kirchnerismo-y-derecha/#sthash.RbbJXdqk.dpuf 

¿Quién tiene razón?

Resultado parcial
81 votos
Ezequiel Adamovsky
Roberto Gargarella
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16 de agosto de 2017 | 10:55
1
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16 de agosto de 2017 | 10:55
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