R. Valle

Una vejez con pilas para no ser el abuelito de Walking Dead

Esa temida etapa que hoy atraviesan nuestros padres puede ser un aprendizaje para que, cuando nos toque a nosotros, la disfrutemos en lugar de padecerla. Una cuestión de actitud haría la diferencia.

No sé si será tan así como me la contaron. Es apenas un dato anecdótico que se disparó en una charla familiar y, como se verá más adelante, abre una cuantas reflexiones en torno de la vejez, esa etapa a la que se le tiene más miedo que respeto. Menos comprensión que rechazo.    

Hablando acerca de padres que cruzaron peligrosamente la barrera de la cuarta edad, un primo me contaba que el creador de The Walking Dead, Robert Kirkman, se había inspirado para crear la famosa serie de zombies en su abuelo, un anciano que ya estaba más muerto que vivo y que, como efecto colateral, "consumía" las energías de sus familiares en apariencia sanos. 

Esto, lógicamente, disparó las especulaciones de cómo sería llegar a esa edad crítica y cuán preparados nos encontraría para no considerarla con resignación como el último tramo del camino sino -y con viento a favor- una etapa más. Una estación donde la experiencia del periplo transitado y lo previsores que hayamos sido ayuden a menguar el impacto de años, achaques y pérdidas.

Honrando al obvio Perogrullo, la primera conclusión a la que arribamos es que envejeceremos como vivimos. No podremos resetearnos al llegar a determinada edad y ser otros, pero sí ser inteligentemente flexibles. Seguiremos siendo los mismos, aunque con voluntad para potenciar nuestras mejores características y apostando a probar cosas nuevas que le inoculen entusiasmo al día a día. Así, especulamos ambos, la pelea con el tiempo no resultaría tan desigual.

Gerentólogos con probado oficio y abuelos de envidiable sabiduría coinciden en que lo básico es tener un proyecto, por pequeño que sea. Seguir el paso a paso de un jardín, recopilar esas memorias que se acopian al cabo de tanta historia, aprender un oficio, redescubrir un hobbie olvidado o postergado (pintar, escribir, dibujar, hacer artesanías, etc.), viajar, conocer lugares soñados, hacer tareas solidarias. Soñar. 

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Las opciones son tantas como tantos los dispuestos a tomarlas y hacer de su vida un tránsito más disfrutable. Porque de eso se trata, de disfrutar aunque las condiciones físicas y económicas a veces no sean las mejores. Ante todo, fomentar una cuestión de actitud. Sino, ¿cómo entender el contagioso optimismo de esa abuela de 79 años, en silla de ruedas, amasando, tejiendo, organizando encuentros familiares donde siempre es el centro de la fiesta o cultivando la amistad con mujeres de su edad que coinciden en que no todo empieza criando hijos para terminar malcriando nietos? 

Puede que la síntesis más apropiada de ese espíritu atemporal se refleje en el título del programa de Fanny Mandelbaum: Juventud acumulada. Un homenaje a los que aman la vida. A aquellos que dicen "siempre se puede, no importa la edad. Importan las ganas". Esos que nos recuerdan con su ejemplo que estamos malgastando el tiempo, desaprovechando esa experiencia vital que un día puede servirnos para tomar a la edad apenas como un número, no como una sentencia.

Por miedo a terminar como aquel abuelito de Walking Dead, la charla entre primos cincuentones concluyó con una promesa compartida: pongámonos las pilas desde ahora. Se puede, no importa la edad. Importan las ganas.   

Opiniones (1)
25 de noviembre de 2017 | 07:42
2
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25 de noviembre de 2017 | 07:42
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  1. EN MIS PALABRAS, ME SIENTO TAN JOVEN COMO LAS COSAS QUE TENGO GANAS DE HACER Y PODRÍA SER TAN VIEJO COMO LAS COSAS QUE VAYA DEJANDO DE HACER.- P.D.: cumplí 57 el 27 de octubre... jejeje
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