opinión

Cien años de Rulfo: ecos, fragmentos y representaciones

El mundo académico recuerda el natalicio de Juan Rulfo, escritor mexicano de impronta universal que introdujo en las letras un modo de narrar particular que perturba y estremece al lector.

Cien años de Rulfo: ecos, fragmentos y representaciones

Son contadas las ocasiones en que una obra trasciende a una época. El parnaso literario lo sabe y es por eso que, desde la aparición de Pedro Páramo (1955) en las letras mexicanas promediando el siglo veinte, reserva un lugar destacado a la figura de Juan Rulfo.

Una prosa breve pero altamente sugestiva configura un ambiente, desolado y perturbador, que es una proyección del sentir de sus personajes condenados eternamente al abandono, al despojo y a la humillación. El látigo del poder los subyuga de tal manera que no es azaroso ver cómo el régimen de una esclavitud, recientemente trastocado por el impulso revolucionario, cambia de manos y se metamorfosea en un cinismo estatal que estafa, promete y se burla.

El estallido de la Revolución Mexicana en 1910 tuvo como impulso inicial el reparto de las tierras entre sus trabajadores, resquebrajando un sistema verticalista de explotación que derramaba abusos y malos tratos. Sin orden ni dirección, el movimiento fue decantando en enfrentamientos individuales, en ambiciones personales y en reclamos absurdos que hicieron de las balas, una fiesta. Juan Rulfo nace cuando la fase armada termina. Sin embargo, su familia sufrió las consecuencias de esa política del saqueo, motivo por el cual la visión que dará el escritor de esos años de convulsión será la de un sinsentido, la de un ‘todo vale', la de ‘chingar para que no te chinguen'. La mística revolucionaria, de este modo, encerrará el alma mexicana, al decir de Octavio Paz, en el laberinto, fatal y exitista, de la soledad.

La obra de Rulfo evidencia esta sensibilidad. Su labor antropológica lo vincula de manera directa con los desheredados y su mirada devuelve el sentido que, históricamente, fue suplantado por cruces, palacios y haciendas. Los cuentos de El llano en llamas (1953) manifiestan, en un primer nivel de análisis, la lucha del individuo por subsistir en un entorno adverso. La desolación que mueve a sus personajes, la más de las veces, es producto de la decisión de otros quienes, olvidando su condición de igual, sorprenden por su crueldad. En un nivel más profundo, son símbolo de una cultura aplastada por el peso de la norma, ninguneada por el foco del progreso y librada a su propia suerte, aunque siempre vigilada para que no transgreda sus límites. El sistema funciona de manera tan natural que, cualquier perturbación, conduciría al desastre.

Pedro Páramo

De este modo, dos dimensiones entran en conjunción en la narrativa rulfiana: una primera, cuyo referente, palpable y visible, configura pueblos y comunidades alejadas de los centros urbanos y enmarcadas en un paisaje agreste y yermo y una segunda dimensión en la que la realidad de lo onírico, de las supersticiones y de las fantasmagorías se manifiesta y se pone en contacto con el imperio de lo comúnmente aceptado como real. Dos planos que son uno y que no se pueden disociar.

Si el mérito de un texto literario reside en los vacíos que el lector debe ir llenando, en Rulfo los silencios hablan: son murmullos, son recuerdos, son memoria de lo que antes era un Todo y que, en el presente de la enunciación, ha sido pulverizado tanto por desidia como por inacción. Son ecos de una identidad fragmentada pero que aún resuenan y necesitan reconstituirse: el espejo humeante de Huitizilopochtli y la caída de Quetzalcóatl. Al ver su rostro, el dios huyó por oriente prometiendo regresar. Sin embargo, la imagen de tez blanca y rostro barbado sustituyó al verdadero reflejo que todavía clama por su representación.

El compromiso literario de Rulfo lo llevó a escribir solamente lo imprescindible. Con un método tan riguroso como obsesivo su narrativa se reduce a un puñado de obras. No obstante, la condensación del sentido es tal que, todavía, siguen proponiendo lecturas novedosas.

Este año se conmemora el centenario del nacimiento del escritor en un pequeño pueblo de provincia. De una manera u otra, la visión de quien estrecha vínculos con la tierra es el fundamento en el que se basan sus escritos: son seres incompletos y atormentados por algún trauma inicial, que buscan su identidad para lograr la redención. El lastre de la orfandad mestiza junto con el sentimiento de culpa impuesto por la espada se unen para dar como resultado la imagen de un individuo condenado a renegar de su presente, a imaginar su pasado y a idealizar su futuro: la historia de todo un continente escrita con el efectivo impacto de la brevedad. 

Nicolás Abadie, Dr. en Letras en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y Mgtr. en Literatura mexicana en la  Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP)  

Pedro Páramo, la gran novela de Rulfo  fue llevada al cine en varias ocasiones. 


Opiniones (1)
15 de diciembre de 2017 | 09:32
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15 de diciembre de 2017 | 09:32
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  1. Excelente análisis de un gran libro, un imprescindible!
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Leopardo al acecho
7 de Diciembre de 2017
Leopardo al acecho