opinión

Seamos viejos dignos

Seamos viejos dignos

Si bien es cierto que no existe edad precisa a partir de la cual un ser humano puede considerarse viejo, convencionalmente se la ubica en los 70 años. Y es razonable que así sea, por cuanto la "Esperanza de Vida" en los países desarrollados ronda los 79 años para las mujeres y los 72 para los hombres.

Esa proximidad al final estadístico de la existencia para la mayoría de los humanos, es propia de la vejez, de manera que quienes hemos sobrepasado los 70 años, somos viejos y estamos en la etapa postrera de nuestras vidas, mal que nos pese.

A los viejos actuales, entre los que me incluyo por estar próximos a los 78, nos ha tocado una mala época del mundo para transitar la senda que nos traza Átropos. Y es que hoy, la vejez es resistida y hasta rechazada por una gran mayoría de los humanos. Los viejos pretenden que aún no han llegado a ella, los jóvenes la ignoran, y los "maduros" hacen esfuerzos desesperados para evitarla.

La senescencia es un proceso fisiológico que se inicia desde el mismo nacimiento, y es tan inevitable como los cambios que se sufren en la pubertad, por ejemplo; pero el mundo moderno no la acepta, como si con ello pudiera evitarse.

El mundo, hoy padece Gerascofobia, es decir fobia a los viejos.

De más está decir que esto no es nada nuevo, el temor a envejecer, plenamente justificado por el deterioro progresivo que la senectud implica, ha preocupado al hombre desde que el mundo es mundo.

Desde las primeras civilizaciones se intentó encontrar formas de evitarla apelando a elixires, pócimas y aguas milagrosas.

Una de las leyendas más bonitas es la de la Fuente de la Eterna juventud, magistralmente interpretada por Lucas Cranach el Viejo, quien en siglo XVI, pinto una de sus obras maestras, titulada precisamente Fuente de la Juventud:

Estudiando la obra, se advierte en el tercio izquierdo de la misma, un paisaje yermo, sobrecogedor, por donde arriban de distintas maneras, mujeres viejas, varias de las cuales requieren de ayuda para trasladarse a la fuente. En el tercio medio, la Fuente propiamente dicha, donde tiene lugar la transformación de izquierda a derecha de las ancianas, en bellas jóvenes que se dirigen a unos vestidores para luego concurrir a un magnífico banquete en medio de un ámbito pleno de verde y alegría.

Según esta leyenda, solo las mujeres se rejuvenecían con las aguas milagrosas. Uno se pregunta y qué de los hombres. Pues la solución era por demás brillante: los hombres echaban marcha atrás el calendario, copulando con las nuevas jóvenes.

En la mitología griega y romana eran Hebe y Juventus las respectivas diosas de la Juventud, en tanto que Geras y Senectus lo eran de la vejez.

La Piedra Filosofal, por su parte, utopía de los alquimistas especialmente de la Edad Media, buscaba no solo la transmutación de metales ordinarios en oro, sino también la juventud perenne y aún la inmortalidad.

Los viejos hemos conocido tiempos mejores; las primitivas civilizaciones ágrafas constituían Consejos de Ancianos con funciones legislativas y con el poder de tomar decisiones políticas claves, tales como el inicio de una guerra o la celebración de una paz.

En Esparta, el órgano principal de gobierno era la Gerusía, del griego geras: anciano, y era un consejo constituido por los ciudadanos más viejos y sabios.

El respeto por los ancianos y el acatamiento de sus recomendaciones, se mantuvo con variantes hasta la Revolución Industrial del siglo pasado, pero sólo hasta hace poco tiempo se tiene conciencia de ello, cuando se ve que el anciano ya no es el eslabón que ata al pasado, sino un aspecto residual de la nueva sociedad que, ni siquiera reconoce su positiva contribución al logro de todo cuanto hoy disfruta.

El fenómeno actual, es que el primero en no tolerar la senectud, es el propio viejo.

El cambio más notorio lo han experimentado los varones, que recurren a procedimientos de pretendido rejuvenecimiento, hasta no mucho atrás patrimonio exclusivo de las mujeres.

Teñirse el cabello, circular con auriculares y celular en mano por el parque, ignorando el concierto de los chalchaleros o el sonido de la cantarina cascada del agua que ingresa al lago por el norte, y, lo que es peor aún, perdiéndose la maravilla de escuchar el silencio; más grave cuando lo hacen conduciendo vehículos, dado que a la natural disminución de la velocidad de los reflejos, le agregan la sordera relativa y la distracción que el escuchar implica; apelar a implantes de distintos tipos para levantar lo caído, copiar jergas juveniles distorsionadoras del idioma, vestir con ropas y colores ridículos, que no ocultan el temblor parkinsoniano o la inseguridad en el caminar. Someterse a cirugía oftalmológica para no usar anteojos (con la excepción de la cirugía de cataratas), porque "avejentan".-Implantes de cabello, cremas "anti edad" y "antiarrugas", tostados corporales artificiales, etc. etc., son conductas admitidas y estimuladas por el fabuloso negocio que se oculta detrás de cada una de estas medidas. Hoy mismo se puede ver en televisión como el "Ensure", aumenta la masa muscular en una pareja de ancianos que recupera la fuerza y la velocidad perdidas, para caminar y aún correr.

Me encantaría que el laboratorio Abbot, mostrara estudios doble ciego en poblaciones mayores de 70 años, que ratifiquen lo que alegremente aseguran en su propaganda.

Y los ancianos, legítimamente esperanzados se someten a una y otra farsa:

LA EDAD ES IRREVERSIBLE, SEÑORES.

Lo malo, es que lo hacen porque no se toleran así mismo, y yo me pregunto: nunca se introducen en su intimidad, que, descarnadamente, les muestra la propia realidad?

Pueden dormir tranquilos sabiendo que mañana hay que montar de nuevo la mentira de la juventud, ante la falaz sociedad que le manifiesta su aprobación, cuando en los corrillos comentan cuán ridículo se lo ve al vejete?.

Yo, con mis arrugas, mis manchas cutáneas en las manos, mi discreta hipoacusia, mis anteojos sin los cuales se me distorsiona la realidad, con algún que otro dolor articular, pero con la mente lúcida, la capacidad no solo conservada sino exacerbada para disfrutar del canto de los pájaros, del perfume de mi pasto recién cortado, o de las habas recién cosechadas con mis propias manos, agradecido de poder caminar y conducir, saber quién soy y dónde estoy, incito a mis coetáneos a que juntos, tal y como somos, con legítimo orgullo de haber sido protagonistas del mundo que hoy manejan los verdaderos jóvenes, trepemos con dignidad los últimos escalones de la cuesta en cuya base nos depositaron al nacer.

Somos viejos, no hay de que avergonzarse, no pretendamos ocultarlo que a nadie embaucamos. Sin nosotros, la juventud que nos sucede, simplemente no existiría, aunque nos ignoren y se burlen.

No temamos al "qué dirán" de nuestro aspecto, seamos legítimos y orgullosos de ser originales

SEAMOS VIEJOS DIGNOS

Eduardo Da Viá

DNI 6890012

Opiniones (1)
15 de diciembre de 2017 | 18:47
2
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15 de diciembre de 2017 | 18:47
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  1. Que bueno el artículo, felicitaciones eduardo, en verdad que es así, los años llegan inexorablemente, hay que acostumbrarse a esto, no sin intentar practicar deportes, caminar, bicicleta, la natación que confieso nunca me gustó, etc. Porque la actividad física, que si realizo, junto a una dieta equilibrada, que no hago por glotón, nos aseguran una vejez mas digna, seguramente
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