opinión

Un país que cobra y no paga

Un país que cobra y no paga

 La deuda soberana de los países es un tema apasionante y al mismo tiempo muy duro para los grandes deudores. Cuando un estado se endeuda, achica sensiblemente su capacidad para atender los requerimientos de su población. Vivienda, salud, educación, alimentación y otros rubros de la canasta de bienes y servicios de un pueblo se ven afectados porque los recursos del estado están disponibles para los acreedores y no para el consumo interno.

En nuestro país vivimos ese situación a fines del siglo pasado cuando todo se derrumbó y el final no deseado fue un presidente que se escapó en helicóptero, la represión dejó más de 30 muertos y en pocos días los centros de abastecimiento se vaciaron de stock dejando a la población en zozobra. Apareció el trueque y así fuimos tirando durante varios años.

El mundo cambió desde esos años aciagos, pero aparecieron otros desafíos no menos preocupantes. La tan mentada globalización solamente alcanzó a los sectores de las finanzas y al informático. Para resistir a ese avance de las corporaciones mediáticas y financieras, los pueblos radicalizaron sus posturas nacionalistas y hoy varias regiones nacionales claman por su independencia.

Pero las naciones europeas con años o siglos de existencia perduran más o menos bien.

Un caso típico de deuda soberana asfixiante, es el de Grecia. Ese país, cuna de la civilización occidental, madre de la democracia moderna y maestra de las ciencias y las artes, enfrenta una situación desesperante. Debe pagar mucho más de lo que produce. Su deuda es varias veces su PBI. En buen romance, Grecia está fundida y no tiene un padrino rico que la banque.

Pero siempre hay que revisar la historia.

A principios del siglo XX, con más precisión en 1919 el Imperio Alemán firma en Versalles el tratado del mismo nombre ante los vencedores de la Primera Guerra. El pacto se rubricó con las bayonetas francesas apuntadas al cuellos de los ministros alemanes.

De ese acto se desprenden dos consecuencias graves para Alemania y con el correr de los años, terribles para la Humanidad. Desaparece el Imperio y surge la República de Weimar. Esa nación artificial era pobre, endeble y tenía fuerzas armadas decorativas. Los alemanes se comprometen a pagar una abultada compensación por los daños ocasionados en la guerra y a no volver a emprededr ninguna aventura militar en el futuro. La deuda no la pagaron y en 1933 asume Adolfo Hitler como canciller del Reich (estado) alemán. Todos sabemos como siguió esta historia. A fines de 1945, tras la derrota de Alemania, los ganadores se reparten el suelo germano en cuatro zonas de ocupación: una francesa, otra inglesa, una de EEUU y el oriente para la URSS. En la zona occidental se crea la Repùblica Federal de Alemania y en la oriental la República Democrática Alemana. Ninguna de las dos pagó nada. Sigue la historia, Alemania se unifica y se transforma en una potencia económica.

Y ahora viene lo lindo. En la Segunda Guerra, Alemania ocupò Grecia para enmendar errores de su socio italiano. Por esa ocupación los germanos se comprometieron a pagar a los helenos todo lo consumido más un plus por daños. Esa cifra, el términos reales al dia de hoy es de 300 mil millones de euros, el triple de la deuda griega. Deuda que fue reclamada y nunca pagada.

Grecia pasaría a ser una país próspero si los alemanes le pagan. Pero estos terrible acreedores, que cobran a las buenas o las malas, no pagan sus deudas. Y sus socios europeos no hacen nada para que paguen a estos pequeños estados lejanos en el espacio y en el pensamiento.

Poco pueden hacer los griegos. Los estados poderosos le dan la espalda. Los que se parecen a ellos no tienen peso para obligar a los alemanes.

Como dicen en mi barrio, griegos vayan a llorar a otro lado o pedí un milagro a tus santos y dioses, porque Merkel y compañía no te pagarán ni un marco, dracma o euro.

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15 de diciembre de 2017 | 08:08
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15 de diciembre de 2017 | 08:08
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    Leopardo al acecho
    7 de Diciembre de 2017
    Leopardo al acecho