opinión

Apostando por el desastre

Apostando por el desastre

 La multitudinaria manifestación del domingo en Barcelona constata varios hechos importantes sobre la situación de Cataluña hoy. Me temo que caerán en oídos sordos.

Primero, se ha acabado la movilización asimétrica entre unionistas e independentistas. Durante años, los segundos han salido a la calle a protestar de forma casi obsesiva, mientras que las convocatorias de los primeros acostumbraban a ser encuentros familiares. El domingo cientos de miles de catalanes salieron a la calle para pedir quedarse, una señal que los no-independentistas están movilizándose.

Segundo, los unionistas, tras años de tener auténticos cenutrios defendiendo su causa en voz alta (Pablo Casado daba ayer el do de pecho en esta particular disciplina), por fin han puesto a alguien delante de las cámaras que puede dar un discurso convincente. Josep Borrell es un político complicado por el que siempre he sentido especial debilidad, y no sólo porque es el padre de la red de ferrocarriles de alta velocidad en España. El domingo dio un discurso francamente bueno, tomando ese papel de Gordon Brown que llevo meses reclamando*.

Tercero, es importante constatar que muchos sectores del independentismo son básicamente inmunes a esta clase de movilizaciones. La cobertura mediática de los medios independentistas (Ara, El Nacional, Avui, etcétera), TV3 (que hace tiempo abandonó cualquier atisbo de neutralidad) y opinadores y contertulios de cabecera del movimiento (Soler, Graupera, Bassas, Boix, Dedeu y demás) se movió entre la conspiranoia (todos los manifestantes eran de Móstoles y Albacete), el llamar a todo el mundo fascista, insistir que eran cuatro gatos o hablar sobre como el 1-O moló mucho y eso les da la razón.

Cuarto, el equilibrio político no ha cambiando, por mucho que la movilización fuera enorme. Hasta ahora, todos los sondeos indican que la secesión no tiene una mayoría social clara; los resultados electorales del 2015 y 2016 (en Cataluña se votó tres veces, no lo olvidemos) confirman esa impresión.

Quinto, el conflicto principal sigue siendo entre dos Cataluñas, no entre Cataluña y el resto de España. Es obvio, a estas alturas, que el poble no es ni homogéneo, ni está unido, ni clama por la secesión con una sola voz. Muchos secesionistas siguen obviando este hecho, en parte por estrategia, en parte porque viven en su propia burbuja mediática.

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El problema es que estos cinco factores no parecen importar a los líderes secesionistas. La combinación entre una sociedad partida por la mitad, dos grupos crecientemente movilizados y unos líderes en la Generalitat que parecen convencidos que no tienen oposición real en Cataluña es peligrosa. Uno diría que cuando llevas años justificando tu causa en la voz del pueblo y el clamor en las calles el hecho que una movilización gigante de los del otro lado aparezca de repente debería llevarte a actuar con un poco más de cautela para evitar una confrontación, pero parece que los líderes secesionistas no lo entienden así.

Los independentistas, de hecho, parecen querer que haya confrontación. La hoja de ruta que se dio a conocer ayer es un documento delirante; aunque el mismo análisis reconoce que no hay mayoría social real para la secesión (página 10 - "l´unionisme es mostra molt estable i entorn d´un 40%. L´independentisme està per sobre, pero no arriba al 50%"), sus autores establecen como estrategia una declaración unilateral de independencia para generar un conflicto. Nadie de la Generalitat, Omnium, ANC y allegados ha negado que sea cierto. Viendo las acciones del gobierno de la Generalitat estas últimas semanas, parece claro que el documento es real.

Es también una estrategia de una irresponsabilidad increíble. Buscar una escalada de tensiones, una serie de choques, un conflicto abierto y cada vez más intenso crea un riesgo de conflicto civil real y prolongado. Los secesionistas, en este documento, no temen la ulsterización. La quieren provocar.

No sé que hará Puigdemont hoy. Todo apunta que la declaración unilateral de independencia será proclamada esta tarde en un parlament rodeado de una multitud entusiasmada. Simplemente, la coalición que sostiene al gobierno de la Generalitat no aceptaría otra cosa. La proclamación seguramente vendrá rodeada de adornos florales como un retraso en su puesta en práctica y una petición más de mediación que la Generalitat no tiene la más mínima intención de aceptar realmente, sumada a otra retahíla de medidas que serán sumariamente invalidadas por los tribunales en resoluciones que la Generalitat ni siquiera fingirá ya acatar. No importa que el resultado del referéndum del 1 de octubre no sea remotamente democrático o tenga las más mínimas garantías, o que la ley de transitoriedad fuera aprobada por una mayoría que ni siquiera bastaría para sacar adelante una ley electoral catalana. Quieren una confrontación, y la quieren ahora.

Si Puigdemont hace la declaración unilateral de independencia, o dice aplicar la ley de transitoriedad (derogando la constitución en Cataluña, según dice explícitamente la ley), me temo que el gobierno de Rajoy no tendrá más remedio que aplicar el artículo 155 y suspender la autonomía. Los secesionistas creen que eso les favorecería; la verdad, no sé si es cierto o no. Mi impresión es que sin la maquinaria institucional de la Generalitat y el ceremonial parlamentario, la movilización social será mucho menos efectiva, pero Dios sabe. Lo que parece obvio es que los catalanes no podemos tolerar que el presidente de la Generalitat tenga el conflicto civil como estrategia política.

Qué manera más triste, patética e innecesaria de destruir el autogobierno de Cataluña, y echar a perder 40 años de convivencia y prosperidad. Qué triste.

En fin, ojalá me equivoque. Por el bien de todos.

*Aunque ese discurso de Brown sigue siendo mejor. Es, de hecho, uno de los mejores discursos de la última década, en boca de un tipo que nunca nadie había creído carismático. Vale la pena verlo y analizarlo con calma; podrías traducir la mitad del texto para Cataluña y sería igual de potente. 

 (*) Roger Senserrich es politólogo, por mucho que insista en hablar un poco de todo. Dejando de lado una extraña obsesión con los ferrocarriles, su principal interés es la interacción entre sistemas políticos y economía, y cómo las instituciones favorecen o obstaculizan la elaboración de buenas políticas públicas. Actualmente vive en New Haven, Connecticut, trabajando como coordinador de programas y lobista ocasional en CAHS, una ONG centrada en temas de pobreza. Sus columnas son publicadas en Politikon.es

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