opinión

El desvalimiento de los niños trabajadores

"Los Mocosos Nos Miran" No al trabajo y a la Explotación Infantil,10 de octubre, 19 hs., Sala Tejada Gómez del Le Parc. A propósito de la presentación de este libro, nos escribe el prestigioso filósofo.

El desvalimiento de los niños trabajadores

 El tema del trabajo de los niños me impresionó desde que era muy pequeño. Como hijo de maestros de escuela rural, muy cerca de Ferrol -el gran puerto del noroeste español-, vivía en el gran centro escolar que regentaban mis padres. Y me encantaba colarme en la escuela de los chicos. A los mayores les gustaba mantenerme "escondido" entre ellos, en los pupitres dobles. Y yo estaba muy atento a cuanto allí acontecía. Así se explica que a los cinco añitos leyera perfectamente El Quijote.

Pues bien. Una de las cuestiones que más me afectaron en esa tierna edad fue la lucha -cordial y decidida- que mi buen padre sostenía con los campesinos para conseguir que enviaran a sus hijos a la escuela y no los retuvieran en el trabajo todo el día. En aquel tiempo, los campesinos gallegos sólo hablaban gallego en sus casas. Si los niños no asistían a la escuela, permanecían analfabetos en cuanto al castellano, la lengua oficial y universal. ¿Qué iba a ser de ellos si no podían prepararse para ingresar -como aprendices- en el arsenal de Ferrol, donde entonces se formaban los mejores profesionales de toda Europa? Mi padre los preparaba para el examen, gratuitamente, una vez terminadas las horas lectivas. Pero, si no asistían a clase, perdían esa oportunidad.

Más tarde fui conociendo el terrible destino de otros niños, que no trabajaban dentro del círculo familiar -en el campo o en el mar, como mis paisanos-, sino en fábricas sórdidas o en minas insalubres, con gente extraña y, a menudo, desalmada. Aparte de la dureza de su tipo de trabajo, estas criaturas se veían privadas de su niñez, del cobijo espiritual de que tanto hablan hoy los biólogos y antropólogos -la famosa "urdimbre afectiva" de nuestro gran Juan Rof Carballo-. Y, lo que es todavía peor, se quedaban sin un futuro asegurado por una buena formación humana y profesional. No hacían, los pobres, con tanta fatiga, sino preparar un futuro fallido.

En ciertos lugares de la tierra, tuve ocasión de encontrarme con personas mayores que me pidieron con gran empeño que les enseñara un poquito a leer y escribir, porque andaban por la vida sin el menor apoyo para valerse por sí mismas. No me lo decían con estas palabras, pero sí con su mirada anhelante.

Lo triste, y casi increíble, es que, después de tantos años, una multitud de niños y adolescentes sigan corriendo esa misma suerte. Por eso sirve de consuelo y de estímulo saber que hay personas y organizaciones que no se resignan a ello, sino que se remangan y se ponen decididamente al trabajo. Trabajo que no siempre es todo lo eficaz que ellos quisieran, pero que sigue dando vida a la parábola del buen samaritano que tanto nos impresiona cuando la recordamos.

Es para mí un verdadero honor haber podido dirigir estas sencillas palabras a quienes se dedican a mitigar el duro destino de esas gentes desvalidas. Y pienso en esta mañana: Si el Señor dijo que no quedará sin premio dar un vaso de agua a un sediento, ¿qué no dirá de quienes salvan la vida escolar de tantos niños y adolescentes, y, con ella, su autoestima y su felicidad?

Mi entrañable felicitación les envío desde esta España tan lejana, en el espacio, y tan cercana para quienes compartimos unos mismos ideales.

(*) Alfonso López Quintás es doctor en Filosofí­a, catedrático de Filosofí­a en la Facultad de Filosofí­a de la Universidad Complutense (Madrid) y miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Polí­ticas (Madrid). Su labor investigadora se ha centrado en la Hermenéutica y Metodologí­a filosófica; teorí­a de los valores; manipulación del lenguaje; formación ética a través de la literatura; formación de los jóvenes. Es fundador y promotor del proyecto educativo "Escuela de Pensamiento y Creatividad" (Madrid).

Opiniones (1)
16 de diciembre de 2017 | 22:46
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16 de diciembre de 2017 | 22:46
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  1. Mientras se tengan a la vista los extremos . . . No a la niñez trabajando. Sí a la cultura del trabajo. Por allá por 1.970, con 13 años y siendo hijo de un oficial de policía y una señora con estudios terciarios (idónea de farmacia, épica para esa época), durante uno o dos meses de todas las "vacaciones" de mi secundario, coseché manzanas, duraznos, escardillé cebollas, cargué camiones. Y los sueldos fueron a parar a ropa o útiles para el comienzo de clases; y no me degradó, me enseñó lo duro que era la vida en el campo, la importancia de seguir estudiando, Cuando hoy veo que la legislación PROHIBE el trabajo de menores, no me queda otro remedio que disentir y confirmar que nuestro país cuando no puede controlar, prohibe y de ninguna manera esa es la solución.
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