opinión

Las personas no desaparecen

Los que no están tienen que aparecer y no se puede hacer política con una situación de la que son responsables (más o menos) todos en la política.

Las personas no desaparecen

 Las personas no desaparecen. Están o no. Viven sobre la paz de la Tierra o no: están muertas. Por lo tanto, y sobre todo después de la dictadura sufrida por la Argentina, tener personas que "desaparecen" resulta intolerable y cuando hay sospechas de que ello haya ocurrido en manos del Estado -que debe garantizar la vida de todos- la reacción tiene que buscar igualar la proporción de esa fuerza, aunque jamás se lo logrará por la dimensión del victimario frente a la víctima.

Por desgracia, ese método del que tan liviana, cruel e insolentemente habló el dictador Jorge Rafael Videla cuando definió, encogiéndose de hombros y hasta aguantando una sonrisa como "¡no están! ¡Son desaparecidos!", siguió practicándose en democracia. En manos de agentes del Estado, de sectores paraestatales y de grupos del crimen organizado como el inmenso negocio de la trata de personas.

La otra desgracia es la utilización partidaria de las tragedias. Como sucedió recientemente con el #NiUnaMenos, estar en contra de la permanencia en esa inexistente condición de "desaparecidas" de las personas debería ser un factor de unión y síntesis de la ciudadanía y no uno de división y diferenciación. ¿Hay partidos políticos en la Argentina que promuevan la desaparición o exterminio de personas? En su momento existió dentro del gobierno democrático anterior a la dictadura la Triple A y lo que se verificó luego fue el Estado montado para exterminar a quien no adhería su pensamiento unificador y autoritario. Tras la recuperación de la democracia, resabios de personal formado en aquella metodología y de sectores que se creían con derecho a matar para imponer sus ideas, desde la política, persistieron en su tarea macabra.

Hay una organización que critica a todos por igual y que lleva una lista de casos de desapariciones y ataques desde el Estado a las personas. Se llama Correpi (Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional) y no tiene atenuantes contra nadie. Tampoco fue coptada por el kirchnerismo cuando consiguió que muchas otras entidades defensoras de los derechos de las personas callaran frente a las atrocidades que pudieran suceder con tal de no perjudicar a "su" gobierno. Para Correpi, desde 1983 hay en la Argentina 210 personas desaparecidas, 69 asesinatos en el marco de protestas y manifestaciones sociales y 4.278 muertas por gatillo fácil.

Asimismo, evaluó que 3.070 personas fueron asesinadas por el represión estatal durante las gestiones kirchneristas (2003-2015), una cifra que representa el 65 por ciento del total de los casos de violencia institucional desde la vuelta de la democracia.

Por ello nadie puede "escupir para arriba". Porque nadie cree que el kirchnerismo mandara a matar o "desaparecer" a nadie, pero ocurrió. Los aparatos represivos en las provincias con sistemas semifeudales jamás se desactivó y allí hay, en todo caso, una responsabilidad política. La misma que tiene hoy el macrismo, puede decirse, en que no aparezca Santiago Maldonado, el joven bonaerense que decidió unirse al reclamo de las comunidades mapuches de la Patagonia y no aparece, luego de que participara de una movilización reprimida por la Gendarmería.

No hay "desaparecidos" y es triste que ya se trate de un término manoseado no solo por los dictadores sino por la política y también, por situaciones cotidianas de desapariciones puntuales que se vuelven "apariciones" en una sociedad convulsionada por el miedo a las redes de trata que no terminan de ser desarticuladas y que, por lo tanto, ante una ausencia de horas genera una cadena nacional de solidaridad que -por suerte- muchas veces se desactiva.

Hay que llamar a las cosas por su nombre y no hay que seguirle el juego, aun hoy, a un asesino como Videla e insistir con ello. Quienes están vivos deben aparecer y volver a sus ámbitos de vida y quienes estén muertos, hallados, al igual que los culpables directos de que ello ocurriera. Buscarlos hasta encontrarlos. A los llamados "niños perdidos" que los hay y muchos y son otros "desaparecidos"; a las mujeres y hombres que se llevaron para el tratamiento como esclavos y que sus familiares buscan desesperadamente. A los que se sospecha que fueron víctimas de sectores del Estado que no se acomodan a la democracia tantos años después de haberla recuperado.

Que aparezcan todos y que caigan los culpables. Pero también, que nunca más tengamos que vivir en vilo sosteniendo un término que es un engendro creado para ocultar, meter miedo y controlar a los demás. 


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