opinión

Cuando el presidente no representa al presidente

Cuando el presidente no representa al presidente

 En las últimas semanas estamos viendo en la prensa americana titulares como este: "Ignore Our Crazy President, U.S. Government Tells North Korea" (ignorad al loco de nuestro presidente, el gobierno de los Estados Unidos le dice a Korea del Norte).

Es ridículo, pero cada vez más, este parece ser la postura de la administración Trump sobre los comentarios, diatribas, salidas de tono y tweets intempestivos del presidente. En la crisis coreana, Trump, sin pedir consejo ni avisar a nadie en el Pentágono, departamento de estado o Casa Blanca amenazó con fuego y furia como el mundo nunca ha visto a Pyongyang. Insinuar que vas a utilizar armas nucleares de forma salvaje no acostumbra a ser la clase de cosas que un presidente de los Estados Unidos dice así improvisadamente en una reunión sobre el consumo de drogas, pero Trump es la clase de persona al que siempre le ha hecho ilusión decir eso que "¡nuestras palabras están respaldadas por armas nucleares!"* y no pudo contenerse.

Si esto fuera un caso aislado la cosa no pasaría de anécdota, pero Trump suelta comentarios parecidos cuatro veces por semana. La respuesta del sistema político americano, cada vez más, parece ser asentir, reírle la gracia al abuelete, y actuar como si nada hubiera pasado. En política exterior, James Mattis y H.R McMaster se pasan la vida explicando a aliados que lo que dice el presidente es broma (Tillerson parece que se aburre en la oficina). En el Congreso, los líderes republicanos en las dos cámaras han decidido ignorar las exhortaciones presidenciales a destruir la sanidad, y se han puesto a trabajar sobre impuestos. Tanto Paul Ryan como Mitch McConnell parecen estar hartos que desde la Casa Blanca se les exijan leyes pero nunca vengan acompañadas de propuestas. Muchos en el partido, incluyendo el vicepresidente, están preparándose para unas primarias republicanas el 2020, asumiendo sin demasiados reparos que Trump quizás no repita.

Por supuesto, es difícil decir que Donald Trump es ahora mismo alguien irrelevante. Sigue siendo el presidente de los Estados Unidos, y su administración, especialmente aquellos nombramientos con experiencia de gobierno, sigue siendo capaz de introducir grandes cambios regulatorios. En temas como medio ambiente, justicia, derechos laborales, neutralidad de la red o derechos civiles la administración Trump está siendo muy activa deshaciendo políticas pasadas. Es cada vez menos probable que consigan sacar alguna ley medio compleja adelante en el congreso (incluso bajar impuestos se les está atragantando), pero sólo con nombramientos judiciales ya van a ser capaces de afectar la política americana durante décadas. El presidente tiene además el altavoz más potente de todo el sistema político, y si algún día deja de decir bobadas y se disciplina un poco puede meter casi cualquier tema en la agenda.

Parece algo improbable, sin embargo. Ahora mismo, Trump está en guerra con su propio partido, peleado con su fiscal general, aparentemente forzando que su director de comunicaciones juegue a la ruleta rusa en el cargo (echaremos de menos a Mooch), diciendo bravuconadas sobre política exterior por el mero placer de hacerlo y consiguiendo que nadie se lo tome en serio. Y eso sin hablar del cada vez más grave escándalo ruso como ruido de fondo.

Quizás este señor de 71 años aprende a comportarse como un jefe de estado y de gobierno en un sistema político complicado y cargado de tradición y consigue recuperar el respeto del resto de actores y políticos. Me sorprendería bastante que esto sucediera.

*: No lo voy a negar - si algún día soy el presidente de un país con armas nucleares (poco probable, afortunadamente), me costaría mucho no empezar todas mis intervenciones sin hablar de destrucción masiva y el fulgor devastador de mil soles. Cualquiera que haya jugado a Civilization se moriría de ganas de hacerlo.

 Roger Senserrich es politólogo, por mucho que insista en hablar un poco de todo. Dejando de lado una extraña obsesión con los ferrocarriles, su principal interés es la interacción entre sistemas políticos y economía, y cómo las instituciones favorecen o obstaculizan la elaboración de buenas políticas públicas. Actualmente vive en New Haven, Connecticut, trabajando como coordinador de programas y lobista ocasional en CAHS, una ONG centrada en temas de pobreza. Sus columnas pueden leerse haciendo clic aquí.

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19 de octubre de 2017 | 18:44
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