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Un lobby por Mendoza u otra calesita de las vanidades

La necesidad de construir un liderazgo colectivo y no autoritario, que busque que ganemos como provincia y no triunfos individuales.

Un lobby por Mendoza u otra calesita de las vanidades

Las "evocaciones" del voto, de cada uno de los votos, de la acción individual de ir a la escuela y emitirlo en la mesa indicada por el padrón electoral, son la clave del por qué votamos por quien votamos. Los consultores en materia electoral le otorgan un peso relevante a los recuerdos que se despiertan a la hora de votar y quienes reciben el castigo o el apoyo son los candidatos más visibles que figuran en la boleta. Claro que no es el único factor posible. Sin embargo, el peso de las emociones, positivas o negativas, e inclusive las neutras que nos empujan a la indiferencia sobre determinados partidos o personas, tienen una incidencia importante.

Eso es lo que probablemente nos impida -en ocasiones intermedias, transicionales o rutinarias- como la que tendremos con las próximas Primarias o las elecciones legislativas definitorias posteriores, tomar una actitud de índole colectiva. No queremos "sacar" a nadie del poder ni tampoco "poner"; tampoco se nos presenta como objetivo la "necesidad" de avanzar hacia tal o determinado sentido. Será una elección (o dos pasos de un mismo acto), por lo tanto, bastante azaroso.

Distinto sería si comprendieramos -por alguna razón que pudiera alcanzar la cima de las expectativas colectivas- la dimensión que tendría considerar a la elección legislativa como la oportunidad de conformar, por ejemplo, un lobby mendocino en Buenos Aires. Es lo que le hace falta a un estado que siempre está a punto de ser grande, pero que nunca lo alcanza, como es Mendoza.

Cuando votamos lo hacemos por decenas de factores. Y cuando los candidatos en esta campaña se nos presentan a nuestra vista, también. Pretenden representarnos como ciudadanos mostrándose como son, como no son, como quisiéramos que fueran, pero pocas veces como un conjunto de personas capaces de llevar al centro de las decisiones del país, Buenos Aires, y aun más allá de sus futuras tareas meramente parlamentarias, un reclamo sectorial, una bandera provincial.

Todos y cada uno podrán lanzar en la campaña argumentos provincialistas, pero en definitiva, una vez que consiguen el cargo, una fuerza parece cambiarlos y llevarlos nuevamente al verdadero centro de sus plataformas hacia esas bancas: el partido que los llevó hasta allí, la persona del partido que los propuso, las convicciones más personales que los mueven e inclusive, hasta sus propias sensaciones o evocaciones personales, cuando les queda algún margen de individualización.

Luego, llegará la tarea de imponerse, que es más personal que de grupo. El Congreso no permite que "cualquiera" se destaque y Buenos Aires no admite ingenuidades: va aniquilando el peso específico que cualquier individuo o grupo pueda alcanzar a exhibir si no tiene la suficiente fortaleza política, ética y técnica para combatir su siempre creciente hegemonía centrípeta.

De tal modo, hemos tenido legisladores súper simpáticos que a la hora de llegar al trabajo en el Congreso lo han hecho como uno más de cualquiera de nostoros y ese logro conseguido por impulso del voto de miles de comprovincianos, se ha vuelto no más que un empuje "buena onda" para que consiga un trabajo o un poco más que un orgullo personal en la escalera de la vida.

Mendoza no tiene un lobby en Buenos Aires. Algunas individualidades consiguen tener algún nivel de peso, pero desde hace muchos años no consigue, como provincia, imponer una agenda propia sin que antes sea desarticulada por el siempre vigente interés imperioso del status quo de la Pampa Húmeda. Tampoco se trata de un proceso secesionista o de chauvinismo berreta: simplemente hablamos que si los partidos tuvieran equipos permanentes e ideas más o menos sólidas, si sus candidatos vinieran del trabajo en esos equipos y fuesen conocidos por ello y, además, si la ciudadanía con derecho a voto conociera cabalmente la necesidad de imponer la opinión de Mendoza como colectivo en el Congreso y sus poderosos alrededores, una elección sería algo más que una calesita de vanidades con jingles de fondo.

Hay un objetivo superior y común todos más allá que imponer algún criterio de sector o particular. El problema está en que consigamos a alguien o a algunos que tengan la capacidad de liderar un proceso capaz de ponerlo a la vista. Y para ello, es fundamental la humildad de poder convocar a todos y, de parte de ese "todos", demostrar la capacidad de anteponer un valor en común antes que el propio.

Opiniones (1)
18 de noviembre de 2017 | 12:35
2
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18 de noviembre de 2017 | 12:35
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  1. Creo que tiene mucha incidencia que los representantes elegidos por el pueblo, después no responden al pueblo, sino a las órdenes de su partido que obviamente tiene su cabeza en Buenos Aires.
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