opinión

Ego: con los humos en la cabeza

No siempre esta altanería es perceptible a simple vista. En ocasiones viene disfrazada de conductas altruistas, aparentemente nobles y en pos de terceros.

Ego: con los humos en la cabeza

Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo

Licenciados en Psicología

Carina Saracco | Facebook

Mauri Girolamo | Facebook

El amor propio o la autoestima, son aspectos preponderantes en el desarrollo del ser humano. Un buen despliegue de seguridad, confianza y valoración positiva, aseguran un bienestar personal en todas las áreas en las que una persona se desenvuelva. En esta línea de pensamiento, es que se puede considerar que una cuota de egoísmo sano también se relaciona con la autoestima positiva, ubicada en un escalón saludable y constructivo. Podríamos mencionar a la autoestima como un aspecto necesario de equilibrio, entre la inseguridad en un extremo y el ego desmedido, en el otro.

El problema se suscita cuando esa dosis justa, proporcionada y limitada de valor personal, sobrepasa un techo invisible, entrando en la zona del egocentrismo, soberbia, pedantería o fanfarronería. No siempre esta altanería es perceptible a simple vista. En ocasiones viene disfrazada de conductas altruistas, aparentemente nobles y en pos de terceros. Es realmente placentero beneficiar y sentir que se puede hacer un bien al prójimo, pero los egocéntricos se interesan, principalmente, en lo que puedan obtener de los otros a cambio. Forzando admiración por sus acciones. Es por eso que las personas con estas características tienden a ocupar cargos de relevancia pública, para poder ser objeto de atención y recibir gratificaciones notorias, elogios, aplausos y adulación; alimentados por la obsecuencia de las personas que hacen eco de su ego, magnificando la repercusión.

Podemos decir que caer en las fauces del ego es tan tentador como el "deseo de poder" en la conducta humana. De hecho, en muchas ocasiones ambas se encuentran finamente asociadas y una le da de comer a la otra, para seguir en ese podio de grandeza creída y vanagloriada por el entorno. Tal como lo reflejó el filósofo Hegel en "La Lucha del Amo y del Esclavo", la clave está en la participación de un tercero, que es el público, los que observan, miran y validan que en esa relación existe alguien que está por encima y otros por debajo.

El egocentrismo no tiene que ver solo con conductas aprendidas, sino también con el grado de desarrollo del cerebro. Dentro de las fases del desarrollo infantil, encontramos la etapa de egocentrismo, donde la característica principal consiste en la omisión de aquellos puntos de vista que no sean los propios, por tanto al niño pequeño le cuesta empatizar y socializar. Y es que requiere un esfuerzo especial, ver el mundo desde otra mirada que no sea la propia. Mientras más inmaduro es el cerebro, las neuronas del encéfalo aún no están muy interconectadas entre sí, mediante zonas de materia blanca, por lo cual le resulta difícil pensar ideas relativamente abstractas, y no puede realizar "simulaciones" acerca de lo que ocurre en el cerebro de otro. También le resulta difícil poder reflexionar sobre sí mismo, sobre cómo está actuando o sobre cómo desearía actuar. Lo cual impide hacer una autocrítica, provocando al mismo tiempo el no asumir sus responsabilidades, y por consiguiente no sentir la necesidad de disculparse cuando comete un error. El adulto egocéntrico necesita recibir cumplidos y respeto constantemente, rechazando la ayuda de los demás, sintiéndola como signo de vulnerabilidad, preocupado por sentirse valorado mucho mejor que los demás, y al mismo tiempo sin reconocer el éxito o saber ajeno. De este modo podemos decir que la madurez es primordial para conservar la sencillez, si la persona no es madura, el ego se sube.

Básicamente las personas egocéntricas tienden a ser inmaduras, mostrando inseguridad de sí mismas, presentando un gran vacío existencial y con tendencia a profunda tristeza. Intentando llenar dicho vacío hablando todo el tiempo de sus logros, usando justificaciones externas cuando algo no sale bien, sin reconocer su responsabilidad. Las personas con buena autoestima no tienen la necesidad de hablar tanto de sí mismas, ni de sus logros, sino que saben escuchar y se alegran con los logros ajenos. Muestran humildad ante los errores cometidos, por lo que no se justifican ante estos, sabiendo pedir perdón, haciendo experiencia y aprendiendo de los mismos. Es importante registrar el sentimiento que aflora cuando se consigue un logro importante, habitualmente despierta orgullo, pero sin creer por ello que uno es más que otro, ya que de este modo se puede caer en las garras del ego.

En esa línea que va de la baja autoestima, pasando por la conducta humilde pero reconocedora de lo bueno de si, hasta llegar al ego desmedido; nos detendremos en el extremo absurdo y banal de sentirse más que los demás. Algunos lo harán desde el poder económico, otros desde el poder jerárquico, pero nos interesa uno, y es el poder del conocimiento. Porque he aquí un profundo error. Saber mucho no siempre es "ser" más. Se compromete tanto el albañil en la construcción de una casa, como el médico en el cuidado de la salud. Un docente en la enseñanza cotidiana del alumno, como un enfermero en los cuidados del enfermo. La sociedad en la que vivimos vanagloria algunas profesiones y ocupaciones, en detrimento de otras. Por lo que es fácil ver como existen seres encumbrados en lo más alto, pero a la vez tristemente distantes desde lo humanamente accesible. Los grandes, hacen su trabajo sin tanto aplauso, sin la necesidad de mostrarse. A los de los egos desbordantes, les gusta la palestra, el podio, la tarima. No practican el espíritu de equipo, ellos desean ser seguidos. Quizás sea esta nuestra reflexión. La de humildad. Pero la humildad bien entendida. No las cáscaras de humildad por fuera, ni tampoco la de carencia de amor propio.

Aprender a domar las ansias de poder, los deseos de gloria y el bullicio de los aplausos, por tentadora que sea. La vida relajada y comprometida, disfrutable y abnegada, gustosa y productiva, está en el llano. En el contacto uno a uno, con los otros semejantes. Los lugares iguales, hombro a hombro, son espacios de tranquilidad y camaradería. El amor propio, como todos los amores, también tiene que tener sus límites. Para que deje espacio de auto observación que permita la autocrítica, el examen de conciencia, la reflexión profunda. Los lugares empoderados en lo alto, son lugares efímeros y vacíos. Dependientes del público, pero solitarios cuando miran al costado y desconfían de quienes se acercan. Por cuanto la vida se disfruta, a sabiendas de la franqueza de los amigos, de la consistencia del trabajo cotidiano y del acompañamiento constante de nuestros pares. En el más fiel, bondadoso y gratificante, camino de humildad. 

Opiniones (1)
20 de noviembre de 2017 | 11:43
2
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20 de noviembre de 2017 | 11:43
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  1. La peor de las soberbias es la falsa modestia.
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