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¡Que vienen los robots!

¡Que vienen los robots!

 La ciudad china de Kunshan, muy cercana a Shanghai, es conocida por albergar uno de los centros de manufacturas electrónicas más importantes del mundo. Allí se fabrican y ensamblan parte de los componentes de los iPhone o iPad y también allí viven algunos cientos de miles de trabajadores de las empresas que eligieron esa ciudad para desarrollar su negocio. Pero algunos supimos de esa ciudad por primera vez en mayo del año pasado, cuando la BBC se hacía eco de una noticia para muchos preocupante: Foxconn, el gigante tecnológico mundial, reducía la plantilla de su factoría de Kunshan de 110.000 a 50.000 trabajadores. La razón de esta drástica medida no fue otra que la introducción de robots.

Desde una perspectiva humana parece comprensible sentir conmoción ante noticias así, especialmente en aquellos trabajadores que desarrollan tareas rutinarias y por tanto fácilmente automatizables. Sin embargo, haríamos bien en tener presente que los cambios tecnológicos no son cosa de los últimos años ni de las últimas décadas. Para algunos, de la talla de Robert Gordon, ni siquiera lo que estamos viviendo en la actualidad es clasificable como un cambio radical comparado con las revoluciones que supusieron la electricidad o la invención del motor de combustión interna algún siglo atrás. ¿Y si estuviéramos sufriendo una suerte de pánico tecnológico? Esto podría ser, especialmente si tenemos en cuenta que a los efectos de la robotización se han unido otros, más intensos, que también nos son cercanos: los de la Gran Recesión y su masiva destrucción de empleo. Como se pueden imaginar, nuestra preocupación por estos cambios tampoco es algo nuevo. Ya en 1930 el aclamado John Maynard Keynes advertía de las consecuencias que sufriríamos por los avances tecnológicos en su famoso ensayo "Economic Possibilities for our Grandchildren":

"(...) Nos está afligiendo una nueva enfermedad de la cual algunos lectores todavía no habrán oído el nombre, pero de la que oirán mucho en los años venideros - esto es, el desempleo tecnológico. Esto significa desempleo debido a nuestro descubrimiento de medios para economizar el uso de la mano de obra que supera el ritmo al que podemos encontrar nuevos usos para ese trabajo."

¿Los robots nos quitan el trabajo?

La primera reacción es preguntarse si esto ha sido así, es decir, si la tecnología es responsable de aumentos en el desempleo. Y la primera respuesta que podríamos dar es que no. O no a largo plazo, al menos. Sin duda, los niveles de desempleo que observamos en algunos países europeos son preocupantes, aunque poco tienen que ver con la introducción de robots en las empresas. Continuamente descubrimos nuevas formas de "economizar el uso del trabajo", como diría Keynes, pero debemos tomar esos cambios más como una oportunidad que como una amenaza. Esto no es una arbitrariedad: la historia nos ha enseñado -de momento- que mientras algunas profesiones desaparecían como consecuencia de los avances en la tecnología, surgían otras nuevas hasta entonces desconocidas. De la misma forma, no debemos dramatizar cuando leemos por ejemplo que un 50% de los empleos serán automatizables en un futuro próximo: eso no quiere decir que el 50% de los trabajadores no volverán a trabajar nunca. Quizá no permanezcan en ese trabajo, pero podrán hacerlo en otro. A ese atajo, donde la automatización implica restar puestos de trabajo a un stock fijo de trabajadores, llegamos con una concepción estática del mercado de trabajo y del número de trabajadores. Pero la realidad es mucho más compleja que un modelo de equilibrio estático.

De hecho, en uno de los trabajos pioneros sobre el tema elaborado por Georg Graetz y Guy Michaels en 2015 y en el que analizan datos de 17 países avanzados de 1993 a 2007, encuentran que, como se ve en la siguiente imagen, allí donde más aumentó la "densidad robótica" (es decir, la cantidad de robots por millón de horas trabajadas), aumentaron en mayor medida tanto la productividad del trabajo como el valor añadido por trabajador. También lo hicieron la productividad total de los factores (TFP), así como los salarios medios de los trabajadores. Este uso cada vez más acusado de robots les lleva a estimar que la robotización ha contribuido en algo más de una décima parte al crecimiento agregado durante esos 15 años, una cifra nada desdeñable.

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¿Y qué hay sobre el empleo? A pesar de que un aumento de la "densidad robótica" parece no tener efectos sobre el número total de horas trabajadas, sí encuentran efectos desiguales en función de la cualificación de los trabajadores. Mientras aquellos con una alta cualificación parecen haber ganado, los peor parados son los que cuentan con unos niveles de cualificación media y, sobre todo, baja. Para estos últimos, especialmente, la introducción de robots ha podido suponer una reducción de horas trabajadas y de salarios. Como comentan Graetz y Michaels, estos resultados irían en consonancia con las teorías del cambio tecnológico sesgado hacia los trabajadores mejor preparados: la tecnología sirve tanto de complemento de ciertas tareas como sustituta de otras.

¿Nadie sale ileso?

De cualquier forma, como es habitual en el mundo académico la evidencia inicial es complementada por trabajos posteriores que intentan aportar novedades a lo hallado hasta el momento. Justo eso han hecho Acemoglu y Restrepo en un recién publicado artículo (aquí resumen). Explotando variaciones entre áreas económicas (commuting zones) e industrias de Estados Unidos encuentran que los trabajadores de aquellas más expuestas a la robotización han sufrido pérdidas tanto de salario como de empleo. Aunque los más afectados parecen ser los trabajadores menos cualificados y quienes desempeñan tareas rutinarias -como ya adelantaba el trabajo de Graetz y Michaels-, los efectos negativos alcanzan a todo el espectro educativo y ocupacional. Nadie sale ileso.

Pero la aportación más novedosa de Acemoglu y Restrepo procede de la introducción de un modelo que permite aproximarse a los efectos secundarios (positivos) de la robotización. La sorpresa es que, aun teniendo estos en cuenta, el resultado de su estimación es negativo: los aumentos de productividad y sus efectos derrame no son capaces de compensar las pérdidas de empleo iniciales causadas por los robots. A pesar de eso, los autores indican que sólo una pequeña fracción de empleos está siendo afectada por la automatización, y concluyen que "no hay nada aquí que apoye la idea de que las nuevas tecnologías harán desaparecer la mayoría de los trabajos y a los humanos en gran parte innecesarios".

Los robots: sustitutos, pero sobretodo complementarios

Otro trabajo fundamental sobre esta tendencia es este magnífico ensayo publicado en el Journal of Economic Perspectives por David Autor en 2015, donde escribe:

"(...) Los periodistas e incluso los expertos comentaristas tienden a exagerar el alcance de la sustitución de la maquinaria por el trabajo humano, e ignoran las fuertes complementariedades entre la automatización y el trabajo que aumentan la productividad, aumentan los ingresos y aumentan la demanda de mano de obra".

Esto es clave. El mecanismo por el que la automatización de tareas rutinarias puede aumentar la demanda de trabajo está perfectamente explicado en este reciente trabajo de Gregory, Solomons y Zierhan centrado en países europeos, en el que identifican tres canales diferentes: dos positivos y uno negativo. El negativo es la reducción de la demanda de trabajo a través de un efecto sustitución, pues una reducción del coste del capital (robots) supone un incentivo a las empresas para llevar a cabo la inversión. Pero los efectos positivos parecen más fuertes. Por un lado, el primer efecto positivo es la reducción de los costes de capital se traduce en una reducción del precio del producto y, en consecuencia, en un aumento de su demanda (vía mayor competitividad). Por otro lado, el segundo efecto positivo es el incremento de la demanda de trabajo local, impulsada por los aumentos de ingreso que generaría ser más productivos. Cómo se conjuguen estas tres fuerzas marcará el resultado final que, en los casos analizados se salda con un efecto conjunto favorable. Es decir, el aumento de la demanda de producto y su "efecto derrame" en el empleo local más que compensan el efecto sustitución.

Hemos hablado aquí de evidencias mixtas pero, como habrán comprobado, este artículo no pretende ser una sentencia. Tan solo intento exponer la cantidad de fuerzas que operan detrás de un proceso de semejante complejidad, y en el que con frecuencia nos encallamos en el aspecto de la pérdida o sustitución sin tener en cuenta las complementariedades -que son muchas. No hay aquí una conclusión contundente porque no puede haberla. A pesar de que en el pasado los cambios tecnológicos se saldaron con ganancias, esta vez podría ser diferente. Con todo, podríamos concluir que: a) los más afectados por la automatización son los trabajadores menos formados y los que desempeñan tareas más rutinarias, b) la robotización genera ganancias de productividad que pueden revertir positivamente aunque a corto plazo desplacen trabajadores, y c) tendemos a sobrestimar el efecto sustitución y a infraestimar la complementación.

Lo que suceda con el futuro del trabajo dependerá de muchos factores, algunos controlables y otros menos, que deben ser tenidos en cuenta y sobre los que debemos actuar. A saber: un mercado de trabajo y sistema educativo flexibles, y capaces, por un lado, de absorber con agilidad los cambios repentinos y, por otro, de ofrecer las competencias adecuadas; una protección decidida de los trabajadores que pierden a corto plazo, que los hay. Sería deshonesto contar las bondades y obviar que aquí, como en la globalización, no todos son ganadores; unas políticas activas de empleo y de reciclaje eficaces, que identifiquen correctamente las deficiencias y aumenten la empleabilidad, evitando dejar obsoletas las capacidades previamente adquiridas; y, finalmente, con el nivel de inteligencia artificial que los humanos seamos capaces de dotar a estas criaturas, algo que marcará el alcance de la sustitución entre las tareas humanas y robóticas. Veremos, más pronto que tarde, hasta dónde hemos llegado.

Gonzalo López (Albacete, España, 1988) es licenciado y doctorando en Economía por la Universidad Complutense de Madrid, y máster en International trade, Finance and Development por la Barcelona Graduate School of Economics. Interesado en temas de economía laboral y economía política, actualmente es ayudante de investigación en la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF). Colabora en Agenda Pública. Columna publicada por Politikon.es.


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