opinión

Venezuela: El odio

 ¿Estamos los venezolanos atrapados en una cultura del odio?

Los militares por formación conciben la realidad en las nociones amigo/enemigo. Los estalinistas la conciben como una lucha de clases en la que una de ellas, el proletariado debe terminarse imponiendo.

Ambos grupos consideran que la violencia es la partera de la historia.

También algunas élites económicas desprecian las capacidades de los que no le pertenecen y eso sin duda es otra forma de violencia.

En los últimos 18 años los venezolanos hemos estado atrapados en la exacerbación de estos tipos de retórica.

Pero hay más. Para los estalinistas la democracia solo es una oportunidad para luego terminarse imponiendo.

Para los militares un estorbo en los momentos de decisión de un conflicto.

Para ciertas élites económicas algo que deben aguantar y a lo mejor podrían estar mejor sin ella.

La democracia moderna, de la sociedad de información es un estorbo, un problema, una incomodidad para todos estos grupos.

Es cierto que el chavismo, que llegó al poder con una retórica policlasista, contra la inseguridad y la corrupción se promovió en un principio con un discurso cohesionador que partía de la esperanza y del reconocimiento del otro, especialmente de quiénes resultaron invisibilizados por una democracia que no se renovó a tiempo lo suficiente aunque tenía el diagnóstico de su enfermedad. Es cierto, repito, todo eso pero también que esa cohesión, esa potencia política fue usada desde muy temprano en contra de quiénes no estuvieran de acuerdo con su posición. No con la intención de buscar acuerdos y consensos sino de imponerse.

Dos ejemplos tempranos de esta cultura de la imposición, que es sin duda una deriva de la lógica del enemigo, son el Proyecto de Ley Orgánica de Educación, que fue consensuado entre diputados opositores y chavistas, aprobado en primera discusión, que era un importante progreso frente a lo que se tenía pero que el gobierno decidió caerle a batazos para que no fuera aprobada. El otro ejemplo es la lista Tascón, luego perfeccionada como Maisanta que identificar potenciales opositores para segregarlos y excluirlos de trabajos y derechos que debe garantizar el estado.

El chavismo tuvo una clara oportunidad de reconstruir el país a partir del diálogo y el consenso, pero la despreció.

Sostengo que lo hizo porque culturalmente estos dos grupos dominantes (militares y estalinistas) tienen escasa formación democrática. Conciben el mundo fundamentalmente​con una guerra (contra enemigos o de clases). No quiere esto decir que en elchavismo no existieran grupos movilizados en función de políticas de identidad sino que estos siempre fueron secundarios y utilitarios para la retórica. Sus dos grandes logros fueron desmontados paulatinamente: la incorporación explícita de los derechos humanos en la Crbv y la transformación policial. En el primer caso desde el segundo gobierno de Chávez se comenzó el andamiaje de una serie de leyes que aprobadas o no constituyeron una clara regresión en materia de derechos humanos. Y con respecto a la transformación policial la política de las OLP puede resumir el desmontaje.

Al dominio a lo interno del chavismo de sectores de cultura no democrática debe añadirse que este hizo todo lo que estubo en sus manos para crear y fortalecer una nemesis. En lugar de apaciguar a las élites conservadoras para imponer una agenda progresista como hizo Betancourt con Caldera. Se le exarcerbó. Para hacerlas más visibles, para "incrementar las contradicciones de clase" y tener un enemigo al cual vencer. Un enemigo, un culpable, alguien a quién dedicar "los cinco minutos de odio".

La descalificación y el insulto...

El insulto y la descalificación es tu una estrategia política. Bien usada inclusive forma parte de las herramientas disponibles en una campaña. Pero su abuso puede ser más bien signo reactivo de la fosilización de una ideología incapaz ya de adaptarse.

En Venezuela parte de la oposición abusó de menospreciar a un sector de la población pero sin duda fue el chavismo quién en boca de sus principa les líderes políticos quien hizo del insulto una clara marca de su discurso político. No hay líder opositor que en elchavismo que no tenga un epíteto, una descalificación para ser nombrado.

La democracia moderna, actual, es un raro equilibrio entre la decisión de las mayorías, el respeto a las minorías, la separación de poderes, la competencia entre agendas y sectores y la vigilancia mutua entre grupos y ciudadanos. No es perfecta pero es de lejos mejor que el control del poder por una persona o una pequeña camarilla. Por supuesto es un balance en contanste pugna. O mejor dicho en competencia. Un tipo de competencia que premia la colaboración en forma de construcción de consensos en el que todos deben ganar sin vencer al otro.

¿Pero que nos depara a los venezolanos luego de 18 años en que la polarización, la retórica del odio, las contradicciones fueron exarcerbadas hasta el extremo posible al punto al punto de que ya hay quiénes plantean como solución la guerra civil o la división del país?

Afortunadamente son una minoría quiénes plantean ese tipo de soluciones. Pero la no es tan minoritario el país radicalizado en su manera de entender el país. La retórica del odio y la polarización dejaron su huella. Una huella que hay que desandar, que hay que desalambrar.

La apuesta debe ser por reconocer al otro. Por entendernos y respetarnos. Por construir un país en el que cada quien pueda aportar,pueda crecer y prosperar. Un país para el encuentro de todos.

(*) Rodolfo A. Rico es periodista y escritor venezolano. Podés leer más de sus columnas haciendo clic aquí.


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